La doble víctima 116. Remordimientos
85%

116. Remordimientos

Remordimientos

Ni siquiera Paula se esperaba una revelación así, y no pudo evitar sumarse a las exclamaciones de sorpresa que se elevaron entre el público.

—¿Cómo dice? —logró articular.

Con voz apenas audible, Andrés dijo que no sabía a ciencia cierta si alguien los seguía aquella noche, pero que, cuando estaban llegando a Joaquín Costa, se giró un momento al cruzar la plaza del Alto de Miranda y vio a una persona.

Caminaba por la otra acera, a no demasiada distancia de ellos y en su misma dirección.

Recordaba que era alta y vestía con ropa oscura.

No le vio el rostro. Lo único que pudo distinguir era el logo de Adidas que brillaba a la luz de las farolas, estampado en el lateral izquierdo de una capucha gris, que llevaba puesta.

Al principio, no le dio importancia. Pensó que sería algún chaval que, como ellos, volvía a casa.

Ni siquiera se planteó otra explicación a la mañana siguiente, cuando se enteró del asesinato de su amigo.

El policía que fue a interrogarle le preguntó directamente por Alba y por los cuchillos que había en la fiesta, y él, que había presenciado el ataque en la casa de Víctor Hermoso y la recordaba huyendo con uno en la mano, dio por hecho que sería la culpable.

Sin embargo, después comenzó a dudar y a cuestionarse si aquella tragedia no tendría algo que ver con la misteriosa forma en la que Nacho conseguía todas esas drogas y el dinero, y si el tipo de la capucha de Adidas no sería algo más que otro chico regresando a casa.

Se lo comentó a sus amigos, pero ellos le dijeron que ni se le ocurriese mencionárselo a la policía; si lo hacía, se acabaría sabiendo que todos ellos también consumían y era absurdo exponerse así, puesto que parecía obvio que la asesina era Alba.

Todo el mundo lo decía y la habían detenido.

Al final vio que tenían razón y guardó silencio durante meses.

Pero, cuando empezó el juicio y leyó lo que se publicaba en la prensa, descubrió que los padres de Nacho estaban mintiendo o que al menos no decían toda la verdad.

No era cierto que le hubieran dado a su hijo sesenta euros de paga todo el tiempo.

Eso era imposible. Además, habían ocultado a qué se debía el acoso a Alba, y ellos lo sabían.

No entendió por qué no estaban siendo sinceros y se preguntó si escondían algo y si Alba, después de todo, podía ser inocente.

Era lo que los padres de ella sostenían con insistencia.

Y, hasta donde él podía comprender, durante la primera sesión la abogada había puesto de manifiesto varios defectos de la investigación.

Al leer aquellas noticias, comenzó a tener remordimientos por callar y la tarde de ese mismo lunes quedó con Rafa y Miguel para decidir qué hacer al día siguiente.

Discutieron, pero no logró convencerlos de decir la verdad en el juicio. Fue imposible.

—Y por eso escribió usted el anónimo, ¿no es así? —aventuró Paula.

Los ojos del muchacho se tornaron vidriosos.

—No sabía qué hacer… Ellos declaraban antes que yo.

Pensé… pensé que igual eso ayudaría a que ustedes les hicieran más preguntas, a que los obligaran a hablar también…

No me atreví a poner sus nombres, pero supuse que con lo que se decía en el anónimo resultaría evidente…

—musitó—. Yo… sabía que en el jurado hay una mujer que tiene una peluquería en su propia casa.

Es la tía de un amigo, y él me lo había contado el finde anterior, cuando hablamos del caso.

Así que busqué la dirección y lancé el anónimo por encima del muro…

Luego, por la noche, me arrepentí… —gimió, cada vez más sudado—.

No sabía si había hecho una tontería, y por eso…

por eso el martes, antes de prepararme para el juicio…

—Se detuvo y se vio obligado a carraspear—.

Tomé algo para coger fuerzas, para no decir nada, para hacer lo mismo que harían Rafa y Miguel, pero…

—Se le fue la mano y acabó en el hospital —completó Paula con lástima.

Él asintió en silencio. Murrieta ni siquiera se molestó en solicitarle que verbalizara su respuesta para que quedara recogida en la grabación.

Paula miró a Alba, que se mantenía encogida sobre sí misma, como si no quisiera confiarse.

A continuación, la abogada observó a Andrés y resopló mientras se debatía sobre qué hacer.

Finalmente, se dijo que la policía ya se ocuparía de protegerle si fuera necesario; era su obligación.

La suya, en cambio, era salvar a su clienta de un destino injusto.

Debía utilizar todas las herramientas a su alcance.

—Señor Gil, ¿podría decirnos el nombre de la persona que le suministraba drogas a Nacho?

Al chico se le desencajó la mandíbula y, por el modo en que la miró, Paula confirmó que esa era la pregunta que tanto atormentaba al chaval.

—Yo… yo no…

—No me creo que no lo sepa, señor Gil.

Andrés comenzó a moverse en la silla de forma espasmódica, como si lo sujetaran unas cadenas de las que intentaba librarse.

Fue entonces cuando Murrieta decidió intervenir y ayudarlo.

Argumentó que, en puridad, esa pregunta no procedía porque estaban en la fase de juicio, y no en la instrucción, y que la abogada no necesitaba esa información para defender a su clienta.

—Pero, señoría, puede ser crucial para esclarecer lo que…

—Suficiente, letrada. ¿Quiere preguntarle algo más al testigo?

Paula apretó con fuerza su bolígrafo. La decisión del magistrado no era absurda, ni mucho menos, pero una respuesta del chico le habría permitido esgrimir ante el jurado la existencia de un sospechoso alternativo, probable y con nombre y apellidos.

O al menos con un alias, como era habitual en ese mundillo.

—Solicito un careo, señoría —dijo de repente, casi por instinto.

El careo era una forma de enfrentar a dos testigos en el estrado cuando se apreciaba que habían incurrido en contradicciones notables entre ellos. La prueba, aunque estaba regulada en la ley, era de práctica muy excepcional, pero ¿acaso todo lo que estaba ocurriendo en ese juicio no lo era?

Villar y la fiscal se opusieron de manera enérgica, y el magistrado le pidió a Paula que aclarara el motivo de su petición.

—Algunas declaraciones de los padres de la víctima no coinciden con lo testificado por Andrés Gil, señoría, y recaen sobre puntos esenciales, como la causa del acoso a Alba o el tipo de castigos que le impusieron a la víctima. El careo es imprescindible.

El magistrado se quitó las gafas y se frotó los ojos. Una vez más, la sala estaba envuelta en un silencio absoluto.

—¿Con quién de los dos quiere que se haga el careo? —suspiró.

La letrada se giró para observar a los padres de Nacho. Pensó en quién se vería más acorralado si lo acusaba de mentir.

—Con Olivia Canals, señoría.