115. Alguien
Alguien
Con un hilo de voz, Andrés explicó que Nacho había empezado a acumular rencor contra sus padres desde el traslado a Santander.
De repente, y sin apenas tiempo para asumirlo, tuvo que abandonar su vida anterior, a sus amigos, su instituto, su ciudad natal, y se vio abocado a un nuevo comienzo muy lejos de allí.
Según Andrés, los primeros días Nacho se sintió muy solo.
Las clases aún no habían empezado, y su madre se pasaba las horas trabajando en el juzgado o inmersa en la escritura de su próxima novela mientras su padre se esforzaba por demostrar su valía en su nuevo puesto, con los jefazos de la naviera.
Cuando se inició el curso, Nacho hizo amistad con Rafa, Miguel y él, y poco a poco pareció que se olvidaba de su pasado y su ánimo se recomponía.
Los cuatro formaban una pandilla popular, y muy pronto fueron a fiestas con la gente mayor del colegio e incluso con universitarios.
Nacho ya había coqueteado con las drogas en Barcelona, una cosa llevó a la otra y, al final, varios de ellos —evitó dar nombres— terminaron consumiendo casi todos los fines de semana cuando salían por la noche; marihuana y alguna pastilla de MDMA, nada del otro mundo.
Todo fue bien hasta que llegó la última semana lectiva de diciembre y a Nacho le dieron las notas.
Los demás del grupo tampoco es que fueran buenos estudiantes, pero lo de Nacho, confesó Andrés, fue un desastre.
Y sus padres, siempre ausentes, de pronto aparecieron para echarle una gran bronca, gritarle que los había decepcionado e imponerle castigos y una reducción drástica de la paga.
De unos sesenta euros semanales, Nacho pasó a recibir quince o, en el mejor de los casos, veinte.
En Navidades, los días que estuvo en Santander no le impidieron salir, pero no pudo seguir el ritmo que ellos llevaban.
A eso se sumó que no recibió un solo regalo en casa y que, además, tuvo que cancelar la fiesta que quería dar por su cumpleaños, y ya había invitado a muchísima gente.
Para Nacho aquello último fue humillante, sobre todo porque sus padres ya habían pagado al dueño del local donde iba a celebrarlo y les dio igual perder el dinero.
Le dijeron que la situación se mantendría así hasta que les demostrara que mejoraba en los estudios.
Fue entonces cuando, consciente de que eso le llevaría muchas semanas, quizá meses, explotó.
Al volver a clase, descargó su ira sobre Alba sin importarle que los profesores lo vieran.
En realidad, era eso lo que pretendía, con el fin de que su comportamiento llegara a oídos de Julio Ferrero.
Poco después, Nacho les contó que sus padres ya habían entendido por qué estaba actuando así y que parecían desesperados.
Si nada cambiaba, pronto se saldría con la suya y recuperaría lo que había perdido sin necesidad de estudiar más.
—Pero no fue así, al menos al principio —murmuró Andrés, sombrío—. Ese finde, el primero tras las vacaciones, dejaron de darle dinero. Salió con nosotros y tuvimos que prestarle algo. Creo que aquello no se lo esperaba, y por eso a la semana siguiente…
—Provocó el incidente más grave con Alba, el del viernes 20 de enero —dedujo Paula al instante.
El chico asintió y, con voz queda, admitió que, tras lo sucedido aquella mañana, pensó que se pasarían una buena temporada sin volver a verlo.
Sin embargo, se equivocaba.
Esa tarde Nacho se presentó en casa de Miguel para jugar a la PlayStation y, sorprendentemente, parecía más animado que nunca.
—¿Eufórico? —sugirió la abogada, recordando la expresión utilizada por Rafa.
—Mmm…, sí. Yo lo vi cuando íbamos a salir de fiesta, y sí…, estaba eufórico.
—¿Sabe a qué podía deberse?
—Pues al principio pensé que era porque estaba castigado y se había enfrentado a sus padres escapándose de casa. Pero no, no era por eso… —dijo, y su tono se volvió cada vez más lúgubre—. Era… era por lo que llevaba encima.
—¿A qué se refiere? —inquirió Paula, y notó que el pulso le restallaba en las yemas de los dedos, como un látigo.
La sala quedó en silencio. Solo se oía la respiración trabajosa de Andrés, como si el corazón fuera a salírsele por la boca.
—Tenía dos papelinas pequeñas de cocaína. No sé cómo las consiguió —gimió aferrando su reloj.
Paula hizo un cálculo rápido: como mínimo, eso costaba unos cuarenta euros.
—Y en la cartera, además, llevaba un billete de cincuenta —añadió el chico—. Fue todo muy raro… No entendíamos nada. No entendíamos que sus padres le hubieran vuelto a dar dinero después de lo de Alba.
—¿Y él no se lo explicó? —preguntó la abogada al tiempo que observaba de soslayo a Samuel y a Olivia. Se percató de que tenían los ojos anegados en lágrimas. Parecían a punto de romperse.
—No. No quiso.
—Entonces ¿las semanas siguientes siguió apareciendo con drogas y dinero?
Andrés se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Sí… Y cada vez abusaba más. De ahí vino el problema con Rafa, por no controlar y tontear con su novia…
—Entiendo. Hábleme del tusi. Según el informe definitivo de la autopsia, Nacho pudo consumir esa droga la noche del crimen.
Una nube gris cruzó los ojos de Andrés.
—Trajo cocaína rosa, sí —murmuró empleando otro de los nombres que recibía el tusi—. Un gramo y medio… Eso nos dijo. Tuvo que costarle bastante dinero.
Paula frunció el ceño. Nunca se le había ocurrido que Nacho pudiera haber manejado tanta cantidad.
—Pero en el análisis toxicológico no consta un consumo tan elevado… —replicó.
—Porque la compartió con nosotros y con alguna persona más.
Para eso, Nacho era generoso —dijo Andrés, y tragó saliva—.
Era una droga que se había hecho conocida una semana antes.
La policía encontró varias bolsas en una redada en un bar de Madrid y, como allí había un famoso, la noticia se hizo viral.
Salió en todas partes. Estuvimos hablándolo en clase.
Nos llamó la atención. Yo ni siquiera sabía si alguien vendía cocaína rosa en Santander en aquellas fechas.
Pero supongo que sí, porque Nacho la consiguió. En unos días, ahí la tenía…
Paula volvió a mirar a los padres de Nacho.
¿De dónde sacaba el chico tanto dinero? ¿Y por qué habían ocultado el chantaje al que, al parecer, intentaba someterlos su hijo con el acoso a Alba?
¿Era posible que, a partir del 20 de enero, hubieran cedido a sus presiones dándole incluso más dinero que antes para que dejara en paz a Alba y los problemas se acabaran de golpe?
¿Acaso ellos le compraban toda esa droga?
De pronto, se le ocurrió otra posibilidad.
—Señor Gil, ¿cree que su amigo pudo empezar a pasar droga en esa época y que quizá por eso tenía acceso a otras más caras y poco habituales?
—Señoría, eso es irrelevante para el veredicto —se apresuró a protestar Villar—. Además, mi compañera está pidiéndole al testigo que haga hipótesis.
Murrieta, que parecía estupefacto por las declaraciones del joven, necesitó unos segundos para recomponerse y tomar una decisión.
—Es cierto, letrada. No se admite la pregunta.
—Pero, señoría, podría tratarse de un ajuste de cuentas. De alguien que lo estuviera esperando y…
—Letrada, no se admite.
Paula no quería que el jurado se distrajera en ese momento crucial con disputas entre abogados y jueces, así que asintió y optó por retomar el interrogatorio.
—Señor Gil, ¿es cierto que, a partir de lo sucedido el 20 de enero, Nacho no volvió a molestar a Alba en el colegio?
—Sí…
—Sin embargo, casi un mes después, en la fiesta, sí se rio de ella y la humilló cuando intentó besar a ese compañero de clase, Carlos…
—Pero todos nos reímos, y Nacho iba muy pasado… Creo que no tuvo nada que ver con lo del mes de enero.
—Y díganos, ¿por qué no le contó usted todo esto a la policía? ¿Acaso no le pareció relevante?
El chico cambió de posición en la silla. Su expresión era de desamparo.
—Yo… yo no quería meterme en problemas… Pensé… Creí que había sido Alba, que tenían pruebas, que por eso la habían detenido… No le di importancia a lo otro, a lo que vi, pero luego…
Los ojos de Paula se dilataron. Sentía que la verdad estaba muy cerca, tanto que casi la tocaba con la yema de los dedos.
—¿A qué no le dio importancia, señor Gil? ¿Qué era lo otro, eso que dice que vio?
El joven hizo girar su reloj a gran velocidad en la muñeca.
—Había alguien… Esa noche había alguien.