114. Algo más
Algo más
La expectación era máxima cuando Andrés flexionó las rodillas y se arrellanó en la silla. No cabía una persona más en la sala de vistas y, sin embargo, no se oía un solo bisbiseo.
La prensa llevaba tiempo alimentando la teoría de que esa declaración podría dar un giro radical al caso.
Sin embargo, a las acusaciones no les interesaba algo así y, en cuanto comenzó el interrogatorio, resultó obvio que la fiscal no iba a asumir ningún riesgo.
Moduló la voz para dirigirse al testigo y, después de interesarse por su estado de salud, le hizo varias preguntas muy acotadas para que se limitara a responder sobre hechos que ya estaban acreditados.
Andrés, que no dejaba de ejercer presión sobre su reloj y parecía preparado para salir corriendo en cualquier momento, repitió de forma milimétrica lo que sus amigos habían contado dos días antes, como si no quisiera salirse de una narración acordada.
—Después fuimos al Babylon y allí, en la pelea, Nacho arañó a Rafa en el cuello —apuntó sin que nadie le hubiera preguntado por ello—. Yo lo vi. Vi cómo sangraba entonces.
La fiscal se permitió esbozar una pequeña sonrisa y lanzó una mirada triunfal al jurado. Con esa afirmación se despejaba cualquier duda sobre el modo en que la piel de Rafa había acabado bajo las uñas de la víctima. Se desbarataba, al menos parcialmente, una de las estrategias de la defensa.
Paula trató de bucear en los ojos del chico, pero no pudo determinar si mentía. A su lado, oyó que Alba se lamentaba.
A continuación, Andrés explicó que, un poco antes de las cuatro, se despidió de Nacho y entró en casa, en el número 11 de la calle Joaquín Costa, a unos ciento setenta metros del banco de madera.
—¿Iban ustedes discutiendo o gritando en ese instante? ¿Puede que alguien les oyera? —prosiguió Inés Calderón.
—No.
Respecto al teléfono desaparecido, Andrés le aseguró a la fiscal que su amigo lo sacó cuando se aproximaban a la calle Joaquín Costa.
Según él, al ver que se le había apagado, volvió a metérselo en el bolsillo izquierdo de la cazadora mientras mascullaba insultos contra sus padres por no haberle regalado otro y obligarle a utilizar ese cacharro.
Además, también se quejó a voz en grito de que no le pagaban la puta ampliación de la nube y por su culpa se había quedado sin un montón de archivos cuando perdió su móvil.
—Llevaba todo el camino muy cabreado y saltaba a la mínima. La pelea con Rafa le había afectado —murmuró Andrés.
A la fiscal no le interesaba profundizar en los conflictos paternofiliales después de lo que Raquel había declarado la jornada anterior, así que renunció a hacer más preguntas. Villar la imitó.
Cuando el magistrado informó a Paula de que tenía el uso de la palabra, la abogada se dio cuenta de que la camisa se le había pegado a la espalda por el sudor.
Era consciente de que aquella intervención podría ser decisiva.
El futuro de su clienta se hallaba ahí, condensado en los próximos minutos.
Trató de calmarse mientras estudiaba durante un segundo a los miembros del jurado. Ninguno pestañeaba.
Agarró el bolígrafo y, sin dar rodeos, le preguntó al testigo si era cierto que Nacho había ideado la estratagema de acosar a Alba para perjudicar a su padre en su nuevo trabajo.
Andrés le sostuvo la mirada a la vez que su rostro se teñía de púrpura, las venas del cuello se le marcaban y la garganta se le contraía en una suerte de espasmo.
—Señor Gil, tiene que contestar —dijo Murrieta.
Por un segundo, Paula temió que el chico se doblara sobre sí mismo y comenzara a vomitar.
—Sí… Fue… fue por eso —reconoció dejando caer la barbilla, y entonces sí se desató una oleada de comentarios entre el público—. Él… él nos lo dijo.
—¿A quiénes?
—A los tres —musitó Andrés—. Los tres lo sabíamos.
La abogada vio confirmado lo que ya venía sospechando desde la declaración de Raquel: Miguel y Rafa habían mentido al asegurar que la conducta de Nacho no tenía una causa concreta, o que al menos ellos la desconocían. Pero ¿por qué lo habían hecho? ¿Y por qué Andrés parecía tan asustado?
—Usted sabe algo más sobre los motivos de la conducta de Nacho, ¿no es cierto?
El testigo comenzó a balbucear sílabas ininteligibles, y Paula lo taladró con la mirada.
—Señor Gil, ¿se da cuenta de que hay una joven acusada de cometer un crimen terrible, a la que se le pide una pena de hasta veinte años de prisión?
—le espetó sin contemplaciones—. Si sabe algo, tiene que colaborar.
Está obligado a hablar. A ayudar a que se haga justicia.
¿Qué ocultaba Nacho? ¿Qué estaba ocurriendo?
Él se llevó el pulgar y el índice a los lagrimales.
—Señor Gil, conteste —le ordenó Murrieta.
Andrés bajó la cabeza y luego se quedó inmóvil, como si le hubieran disparado.
Unos segundos después, derrumbado sobre sí mismo, compartió la verdad que tanto tiempo llevaba torturándolo.