113. El último testigo
El último testigo
Cuando el magistrado decretó el receso, Andrés ya se encontraba en el pasillo acompañado por sus padres.
Algunos periodistas que lo descubrieron allí al salir de la sala de vistas amagaron con acercarse a él.
Sin embargo, los vigilantes y los guardias civiles encargados de la seguridad del edificio ya habían previsto esa posibilidad y actuaron con rapidez para cerrarles el paso y ahuyentarlos.
Paula observó a Andrés desde la distancia.
Era espigado, en torno al metro ochenta, de rasgos finos y atractivos y con el cabello moreno y cortado de una forma que a la abogada le recordó a los Beatles.
Advirtió en su rostro los vestigios de la sobredosis: unas ojeras pronunciadas, los ojos todavía enrojecidos y la piel como cuarteada.
Tenía las pupilas clavadas en la punta de sus zapatillas y hacía girar su reloj de pulsera metálica una y otra vez, como en una especie de tic nervioso.
Decidió alejarse de allí con los padres de Alba, que también escudriñaban al chico preguntándose qué diablos ocultaba.
Los condujo a las dependencias del Colegio de la Abogacía, donde contarían con cierta tranquilidad y ella podría concentrarse en repasar su estrategia.
La fase probatoria del juicio llegaba a su recta final y no debía descuidarse.
Mientras tanto, en el juzgado de guardia, el juez Belmonte se reunía con los inspectores Sorozábal y Moreno.
Sorozábal ya estaba enterado de los detalles de la operación Leo y de la información obtenida a través de la intervención del teléfono de DiCaprio.
También sabía que se encontraba entre el público que asistía al juicio.
Él tampoco alcanzaba a comprender qué se les estaba escapando y había decidido desplazarse hasta allí.
—Señoría, voy a bajar a la sala de vistas —informó Sorozábal mientras veía cómo la inspectora salía a atender una llamada—. Quiero estar presente cuando se reanude el juicio. Me gustaría escuchar lo que declaran ese chaval y la acusada y ver cómo reacciona el tal DiCaprio. Todo esto no es normal.
—No me parece mal, pero sea discreto. Le recuerdo que la operación antidroga es fundamental y no quiero echarla a perder sin necesidad. Lo más probable es que esas escuchas no signifiquen nada o que solo tengan que ver con el tráfico de drogas.
—Sí, eso espero —contestó Sorozábal justo cuando la puerta volvía a abrirse y la inspectora Moreno entraba con el móvil aún en la mano.
—Me cuentan mis compañeros que DiCaprio acaba de llamar a su hermano —informó ella—. Le ha dicho que, de momento, nada, y que están en un receso.
—Lo que les interesa es el interrogatorio de Andrés —razonó Sorozábal, que fijó de nuevo la mirada en el juez—. ¿Ha hablado usted de todo esto con la fiscal y el magistrado presidente?
Santiago sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
Llevaba toda la mañana pensando en ello, pero se repetía que si hablaba con ellos solo lograría preocuparlos sin necesidad.
Inés tenía que seguir centrada en el juicio, persiguiendo la condena de la acusada.
En cuanto a Murrieta, no quería correr el riesgo de que se inquietara y empezara a lanzar miradas a DiCaprio que pudieran alarmarlo. No, era mejor no precipitarse.
—He estado valorándolo, pero… —Sacudió la cabeza con ímpetu, como para reafirmarse en su decisión—. Mire, seguramente todo esto no signifique nada. El juicio debe proseguir con la información y las pruebas que están a disposición del jurado, nada más.
Ninguno de los policías se lo discutió y los tres se sumieron en sus pensamientos, cada uno tratando de adivinar lo que sucedería en los siguientes minutos.
—¿Cree que ese chico, Andrés, es el autor del anónimo? —inquirió entonces Sorozábal.
El juez lo sopesó unos segundos.
—No lo sé. Pero no me extrañaría.