La doble víctima 112. Los expertos
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112. Los expertos

Los expertos

Sentada en el estrado junto a Alba, Paula escuchó cómo Jorge Casas, el médico forense del Instituto de Medicina Legal de Cantabria, se ratificaba en el informe de la autopsia.

Era la primera prueba pericial del día y, después de tres jornadas de interrogatorios, se notaba que algunos miembros del jurado acusaban cierto cansancio.

Aun así, en la mayoría de ellos se adivinaba gran expectación e incluso impaciencia, y Paula se figuraba que muchos aguardaban con ansia las comparecencias de Andrés, a quien la prensa ya había bautizado como «El último testigo», y de Alba, que tendrían lugar al final de la mañana.

El forense fue respondiendo a las preguntas de la fiscal y los abogados y, entre otros datos, indicó que, cuando se utilizaba un arma de ciertas dimensiones, como un cuchillo de doce centímetros, y se producían heridas en la axila, no era raro que el asesino no presentara restos de sangre, o que fueran mínimos.

Eso podía explicar, según su criterio, que solo se hubieran encontrado unas pequeñas manchas en la cazadora de la acusada, y nada en otras prendas.

Respecto a la reconstrucción de los hechos, reconoció que no podía pronunciarse sobre si la víctima se había defendido o no.

No presentaba cortes en las manos ni en los brazos, pero sí contusiones en el rostro sobre las que no podía establecer una cronología, lo que impedía determinar si correspondían a la pelea en la discoteca o a un ataque posterior junto al banco de madera.

Por último, en cuanto a los análisis de toxicología, manifestó que los resultados acreditaban consumo de alcohol, de cannabis y de varias sustancias que habitualmente integraban el estupefaciente denominado «tusi» o «tusibí».

—¿Podría explicarle al jurado en qué consiste esta última droga? —le pidió Paula durante su turno.

—Sí. En realidad, es una droga de diseño que no siempre tiene una composición idéntica.

Hay algunas variaciones, y ese es el gran peligro del tusi, porque quien lo consume no puede anticipar todos sus efectos.

Pero lo normal es que esté compuesto al menos de MDMA, ketamina y cafeína, que es lo que detectamos en la víctima, y a eso se le añade colorante rosa.

En algunos sitios se ha dicho que está reservado a gente pudiente o de la jet set , pero lo cierto es que sus ingredientes no son caros —adujo con gesto serio—.

Puede producir sensación de euforia, aumento de la energía y desinhibición, pero también incremento del ritmo cardiaco, distorsión de la percepción, ansiedad, ataques de pánico e incluso paranoias.

Todo ello se prolonga entre dos y ocho horas.

El interrogatorio llegó a su fin y después compareció un agente de la policía científica de Santander.

El hombre se ratificó en los informes técnicos que él mismo había firmado y respondió a las preguntas de la fiscal y del abogado de la acusación con un resumen de la inspección ocular de la escena del crimen, en la que había participado.

Relató que encontraron al fallecido tumbado boca abajo y ataviado con un mono rojo de una pieza y con capucha.

Encima llevaba una cazadora de un color similar, con dos bolsillos laterales pequeños que se cerraban con cremallera.

En el derecho hallaron un mechero, una bolsita de marihuana y un manojo de llaves, y en el izquierdo su cartera, con veinte euros. El fallecido, según dijo, era zurdo.

Añadió que, cuando la cazadora de la sospechosa apareció en el vertedero de Meruelo, la enviaron al laboratorio para su análisis.

Los resultados fueron positivos: el ADN de los cabellos que había en el cuello de la prenda correspondía a Alba Ferrero, y las manchas de sangre localizadas en la manga derecha, a la altura de la muñeca, eran de la víctima.

No había duda. Por otro lado, el agente indicó que los restos de piel encontrados bajo las uñas de Nacho Guerra pertenecían a Rafael Santamaría.

Paula se preparó para ejercer presión y empezar a desvelar el modo en que su defendida justificaría más adelante la presencia de sangre de Nacho en su cazadora.

Cuando el magistrado le cedió el uso de la palabra, pidió que se proyectaran en la pantalla las fotografías de la prenda. Después dijo:

—Agente, esas manchas en la manga de las que usted hablaba hace un momento, las que se ven ahí, un tanto alargadas e incluso rectangulares —concretó apuntando con el dedo índice—, ¿considera usted que, por su morfología, son necesariamente consecuencia directa del acto de apuñalamiento?

El hombre torció los labios y le lanzó una mirada de recelo.

—Son manchas de sangre. Y coinciden con el ADN del fallecido.

—Sí, pero no es eso lo que le pregunto.

—La interpretación de los patrones de las manchas de sangre en la ropa de los sospechosos es una técnica que no aplicamos en casos así porque…

—Perdone que le interrumpa, pero ¿está diciendo que no verificaron si las manchas de sangre halladas en la cazadora de mi clienta eran compatibles con el crimen?

—Claro que lo verificamos. La cazadora pertenecía a la acusada. La llevaba en el momento de los hechos y tenía cabellos suyos, así como sangre de la víctima.

—Ya, ¿pero analizaron y reconstruyeron el modo en que esa sangre llegó a la prenda? ¿Hay alguna posibilidad de que esas manchas tengan una explicación diferente al apuñalamiento? ¿Por ejemplo, porque la acusada tocara el cadáver por algún motivo?

Paula percibió algunos susurros entre el público.

—No, eso no lo analizamos —acabó admitiendo el hombre, ceñudo—. Pero ya le digo que no es algo que…

—Sí, disculpe. Contésteme también a lo último que le he preguntado: ¿hay alguna posibilidad de que las manchas tengan una justificación distinta a la comisión del crimen, como podría ser haber tocado el cadáver por algún motivo?

Se hizo un silencio absoluto. Hasta que el policía claudicó.

—Sí. Esa es una posibilidad, aunque no lo considero probable.

—No hay más preguntas, señoría —finalizó ella, y se complació al advertir el rictus de confusión de algunos jurados.

Seguidamente declaró un técnico del laboratorio de la policía científica, que confirmó lo que el otro agente acababa de referir sobre los resultados de los análisis.

Después comparecieron dos agentes expertos en informática y electrónica.

El primero habló, entre otros aspectos, del volcado de los datos del teléfono de la acusada y del examen de su contenido, y reconoció que no encontraron mensajes con la víctima que pudieran comprometerla, ni siquiera borrados.

El segundo se refirió al posicionamiento de los teléfonos conectados a las antenas próximas la noche del crimen.

Repitió lo que ya había dicho el inspector Sorozábal: que no era posible situar los móviles en una calle concreta de esa zona de El Sardinero ni determinar el itinerario seguido por la acusada.

Antes de retirarse, explicó que la última señal emitida por el teléfono de la víctima tuvo lugar a las tres y media de la madrugada, cuando debió de quedarse sin batería.

La última declaración antes del receso fue la del perito privado Narciso Poncela, director de un gabinete de criminología y criminalística técnico-científico con sede en Barcelona.

Paula lo había contratado para que estudiara la escena del crimen y el expediente judicial.

Era uno de los pocos expertos en España sobre patrones de manchas de sangre, formado en Estados Unidos, y había elaborado un informe en el que sostenía que, por su geometría y disposición, las manchas de la cazadora no tenían por qué derivar del acto de apuñalamiento.

—En mi opinión, más bien sugieren un arrastramiento del tejido —afirmó el hombre cuando la fiscal intentó rebatirlo—.

Da la sensación de que la manga de la cazadora entró en contacto con una superficie ensangrentada, como podría ser la ropa de la víctima, y se produjo la transferencia por impregnación.

Esto sucedería, por ejemplo, al intentar mover el cuerpo, registrarlo…

Pese al aspecto del perito, con bigote a lo Hércules Poirot, sombrero de ala ancha que sostenía en la mano, traje beis de espiga y pajarita de cuadros, Paula tuvo la impresión de que los miembros del jurado le dedicaban toda su atención, como si los estuviera convenciendo.

La fiscal y Villar, indignados ante las afirmaciones de un criminólogo al que consideraban poco riguroso y dispuesto a defender cualquier cosa a favor de quien pagara sus desorbitados honorarios, trataron de cuestionar su formación y sus métodos, pero el hombre no se amilanó y logró salir airoso.

Paula solo le formuló una pregunta:

—En definitiva, y según lo que ya ha expuesto, ¿considera usted que esas manchas de sangre acreditan que la acusada es necesariamente la autora del crimen?

—No, de ninguna manera.

—Nada más, señoría.

—Muy bien, puede marcharse, señor Poncela —dijo Murrieta—. Ahora haremos un descanso de veinte minutos. A la vuelta, declarará el testigo Andrés Gil.