La doble víctima 111. Perder el control
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111. Perder el control

Perder el control

La cuarta sesión del juicio iba a comenzar y Santiago no había podido resistir el impulso de acercarse a la sala de vistas para comprobar que todo iba bien.

Enfilaba el pasillo cuando el corazón le dio un vuelco.

Se quedó paralizado, sin dar crédito a lo que veía.

Allí, entre la multitud congregada junto a la puerta, había un tipo delgado que rondaba el metro ochenta y lucía un pelo rubio repeinado.

Estaba de perfil, pero sus rasgos al juez le resultaron inequívocos.

Era Máximo Linares, alias DiCaprio.

Santiago ahogó una maldición y dio unos pasos hacia atrás antes de sacar el móvil y marcar el número de la inspectora Moreno. Las manos le temblaban y le costaba tragar. No podía creer lo que estaba viendo. No podía ser una casualidad.

—Joder, ¡DiCaprio está aquí! —le espetó a la policía en cuanto ella respondió.

—Señoría, mis compañeros acaban de informarme. Ahora mismo iba a llamarle, disculpe. ¿Cómo sabe…?

—¡Porque acabo de encontrármelo! ¿Sus compañeros también están aquí?

—Sí, tres efectivos. Tenemos a los dos hermanos controlados.

—¿Y a Andrés?

—También. Aún está en casa, con sus padres. Pero me imagino que no tardará en salir para allá.

—¿Y Hamilton dónde está?

—En el taxi, trabajando.

Santiago guardó silencio unos segundos.

—No entiendo nada. ¿Qué hace DiCaprio aquí? ¿Qué pretende, cargarse al chico? —dijo, aunque en el fondo no lo creía posible—. ¿Intimidarlo tal vez? Porque, de ser así, tendría más lógica que estuviera rondando su casa, ¿no?

—No lo sé, señoría, pero piense que sus padres no le quitan el ojo de encima después de lo sucedido. No se han separado de él en ningún momento.

—Ya, y aquí tampoco lo harán, y encima habrá más gente… ¿Sabemos si Andrés conoce a DiCaprio, si verlo entre el público podría influirle de algún modo?

—No me parece probable, señoría. DiCaprio hace de transportista de la droga. No vende al por menor, y menos a chavales. Y en todo este tiempo jamás los hemos visto en contacto. Quizá solo quiera informar a su hermano de lo que ocurre en el juicio…

—Y si es así, ¿por qué no ha venido él?

—Tampoco lo sé, pero si yo fuera Hamilton no me arriesgaría a que me señalaran como traficante en público, y encima con la policía y un juez delante… En cambio, si quien está ahí es su hermano y Andrés no lo conoce…

Santiago se pasó la mano por la melena. La suposición de la inspectora tenía sentido, sí, pero no podían dar nada por sentado.

—Que su equipo esté atento a todos los movimientos que haga DiCaprio, ¿me ha oído?

También a las llamadas y los mensajes, por si se pone en contacto con su hermano.

Y si entra en la sala, que los agentes también lo vigilen —ordenó con el corazón acelerado—.

Esto no me gusta nada, inspectora, estamos perdiendo el control.

Ah, y hable ahora mismo con el inspector Sorozábal, por si necesitáramos su ayuda. Lo quiero al tanto de todo.

—Pero, señoría, el secreto de sumario…

—Tiene mi autorización. Póngalo al día y dígale que me llame.

Santiago colgó jadeando y sintió la necesidad de alertar a Murrieta de la situación. Sin embargo, ya era tarde. La funcionaria había salido al pasillo y estaba mandando pasar a la gente.

DiCaprio se apresuró a entrar.