La doble víctima 107. Una imprudencia
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107. Una imprudencia

Una imprudencia

Santander

—Mira, ahí está —dijo Samuel Guerra, que oteaba el otro lado de la calle desde el ventanal.

—¿Quién? —musitó su esposa, sentada en el sofá, con la mirada perdida en la pantalla negra de su teléfono, un Samsung Galaxy de última generación. Si le hubieran preguntado, Samuel no habría sabido decir cuánto tiempo llevaba así, hundida en el cuero.

—Julio. Está sacando a la perra.

Los pisos de ambas familias estaban tan cerca que, aunque por la diferencia de altura y la perspectiva no podían verse directamente por las ventanas, sí era posible saber cuándo había luz en la casa y cuándo salían.

Olivia no se inmutó. Que ese hombre paseara a su mascota no suponía ninguna novedad, aunque sí era un dato útil para no cruzarse con él.

Desde la muerte de Nacho, Samuel y ella evitaban por todos los medios encontrarse en la calle con los padres de Alba, y sospechaban que ellos hacían lo mismo.

Si no, no se explicaba que apenas hubieran coincidido en todos aquellos meses, al margen de esos últimos días en la sala de vistas.

Cuando lo hicieron por primera vez por puro azar en las inmediaciones del paseo marítimo, más de un año atrás, fue muy desagradable.

Miradas cortantes, rostros contraídos por las emociones, nada que decirse…

Julio y Samuel llegaron a encararse, y Sofía y ella fueron las que lograron calmar la situación y alejarlos.

Fue una suerte que, cuando aquello sucedió, ya hubieran pasado unos días desde el ingreso de Alba en prisión provisional y la prensa se hubiese retirado temporalmente de la zona.

Nadie se enteró. Ahora, sin embargo, con la celebración del juicio, la calle volvía a estar tomada por reporteros y fotógrafos y, aunque en los meses previos Samuel y ella habían hecho pequeñas declaraciones y alguna entrevista, su abogado decía que en esos momentos era preferible pasar desapercibidos y dejar que la justicia siguiera su curso.

Ella, como jueza, estaba de acuerdo. De hecho, con lo que había ocurrido en la sala de vistas los últimos días y, sobre todo, esa mañana, hablar con los periodistas era contraproducente. Una imprudencia.

Samuel se dio la vuelta. Cuando habló, lo hizo en apenas un siseo, y Olivia comprendió que lo inquietaba lo mismo que a ella:

—¿Qué vamos a hacer?

Ella lo escrutó en silencio. Advirtió que tenía las ojeras más pronunciadas que nunca.

Luego desvió la vista hacia una foto de su hijo enmarcada que colgaba a unos centímetros del televisor.

Era la misma que subió a Instagram el día en que apareció su cadáver: Nacho sonriente junto a la bahía de Santander en un día soleado. Lo recordaba bien.

La garganta se le secó.

—Nada.