106. Una mera coincidencia
Una mera coincidencia
Liencres
Habían visto a Macarena en Las tardes con Penélope , y ahora Santiago volvía a jugar a las cartas con su madre. Por suerte, esa mañana había conseguido despachar todos los asuntos de la guardia y el móvil seguía sin sonar. El reloj del salón marcaba las cinco y media.
—Hijo, ¡estás en otra parte! —se quejó la mujer al ganarle una partida con una facilidad insultante—. ¿Quieres que lo dejemos?
—No, no, perdona.
—Es por lo que ha salido en las noticias, ¿verdad? Por lo que ha pasado hoy en ese juicio…
Él no lo negó y soltó un suspiro. Había hablado con Inés antes de marcharse a comer y aún le costaba creerse lo que, según la fiscal, había declarado Raquel, la amiga de la acusada.
¿Cómo iba a querer Nacho hacer daño a sus padres, y encima de ese modo?
Era tan retorcido… Además, de ser así, ¿por qué lo habían ocultado Samuel y Olivia?
¿Por qué nunca lo mencionaron? ¿Acaso temían pasar a ser sospechosos?
Aquellos giros habían dado mucho de sí en el programa en el que participaba Macarena.
Ella apenas había hecho comentarios sobre el modo en que se había instruido el caso, pero otros colaboradores sí se habían referido a una posible falta de celo en la investigación. Y eso, obviamente, lo involucraba a él.
—Si os habéis equivocado no pasa nada —quiso tranquilizarlo su madre—. Para eso está el jurado. Ellos decidirán, ¿no?
Él hizo un gesto poco concluyente y pensó en la conversación que había mantenido con la inspectora Moreno al mediodía.
Según ella, en el hospital no se había producido ningún movimiento extraño y Andrés ya había recibido el alta.
Tenía a dos agentes vigilando su domicilio desde un coche aparcado a unos metros.
En cuanto a la operación Leo, los policías encargados de las escuchas habían interceptado algunas llamadas entre los narcos colombianos y DiCaprio, y ya había punto de encuentro: el aparcamiento de una nave a las afueras de Santoña, a las nueve y cuarto de la noche.
El operativo para detenerlos a ellos y a toda la red de taxistas se estaba preparando en esos mismos instantes.
Mientras veía a su madre barajar las cartas, se le ocurrió algo y se levantó.
—Pero ¿a dónde vas? —le preguntó ella.
—Lo siento… Necesito comprobar una cosa.
Se metió a toda prisa en el despacho que tenía en casa, cerró la puerta y encendió el ordenador portátil del trabajo.
Un minuto después, navegaba por la carpeta que un año atrás había abierto para el «crimen del Carnaval».
Allí guardaba el procedimiento completo.
Pinchó en los documentos remitidos por las compañías telefónicas a la policía, donde constaban los números que la noche del 18 al 19 de febrero de 2023 estuvieron conectados a las antenas próximas a la calle Joaquín Costa.
A continuación, accedió a otra carpeta, la correspondiente a la operación Leo, y localizó los números de teléfono de los dos hermanos taxistas.
Sabía que no debía cruzar los datos personales obtenidos en un procedimiento con los de otro.
Sin embargo, el miedo a haberse equivocado en la investigación de la muerte de Nacho Guerra había roto la brida de su autocontrol, y se dijo que nadie tenía por qué enterarse.
Tras un buen rato de consulta, las vías respiratorias se le cerraron de golpe. De pronto, comenzó a faltarle el aire. Aquello no podía ser una mera coincidencia.
Parpadeó varias veces, pero el dato seguía ahí, inamovible.
El móvil de Hamilton figuraba en el listado.
En concreto, figuraba en El Sardinero a la hora en la que estimaban que Nacho comenzó a bajar la cuesta donde murió: a las cuatro y dos minutos de la mañana.
Respiró hondo y procuró sosegarse. Eso no significaba necesariamente que fuera el asesino, aunque las probabilidades crecían de forma alarmante.
No podía negarlo. Pero, si lo era, ¿cómo sabía que Nacho volvería a casa a esa hora?
¿Acaso lo siguió? ¿Y cómo sabía que la chica acabaría sentada en el banco de madera con un cuchillo que luego podría coger y emplear contra Nacho?
¿O es que el camello tenía su propia arma blanca y, casualmente, era similar a la que Alba se había llevado de la casa de los Hermoso?
Aunque, en ese caso ¿qué diablos pasó con el cuchillo de ella?
¿Quién se lo llevó y por qué? Las preguntas se le amontonaban en la cabeza.
Hundió el rostro en las manos, sintiendo que se perdía en un laberinto.
Tras un rato en el que la angustia estuvo a punto de asfixiarlo, se convenció de que todo aquello no eran más que elucubraciones erigidas sobre meras sospechas y datos circunstanciales.
No había nada sólido. En cambio, los indicios contra Alba eran abrumadores.
Ella era la asesina. No tenía sentido que le diera más vueltas.
Era absurdo que llamara a Murrieta para ponerle al tanto de sus inquietudes.
Además, ¿qué pretendía que hiciera él? ¿Detener el juicio?
Por otro lado, no podía olvidar que la operación Leo se encontraba bajo secreto de sumario y que estaba a punto de explotar.
No podía echarla a perder por un mero detalle.
Debía calmarse y ser discreto.