105. La voz
La voz
Raquel había sido la última testigo propuesta de forma conjunta por las acusaciones y la defensa, y el magistrado había decretado un receso de veinte minutos antes de dar paso a los testigos solicitados exclusivamente por la defensa: Esmeralda Martos, compañera de clase de Alba e hija del jefe de estudios, y Saturnino Cuevas, el vecino que afirmaba haber oído voces la noche del crimen.
Con ellos se cerraría la tercera sesión del juicio, y el jueves solo quedarían las declaraciones de los peritos, de Andrés y de la acusada. El final estaba cada vez más cerca.
Cuando regresó al estrado y se sentó, a Paula la complació comprobar que las miradas de la mayoría de los asistentes seguían volviéndose hacia los padres de Nacho, que se habían cogido de la mano y mantenían la cabeza alta, como si no tuvieran nada que esconder ni de lo que avergonzarse.
Aunque los últimos acontecimientos la habían llevado a señalar como sospechoso principal a Samuel Guerra, no por ello iba a renunciar a la prueba testifical de Esmeralda, con la cual pretendía apuntar de nuevo hacia Rafa.
Por ahora no podía demostrar quién estaba detrás del crimen, pero sí hacer ver al jurado que había demasiadas incógnitas y varios culpables posibles.
Esmeralda entró en la sala de vistas con paso lento y saludó con un gesto a la abogada.
Solo ella y Saturnino habían aceptado que Paula los preparara para el juicio.
Al principio la madre de la chica se había opuesto férreamente a que declarara en ese caso, y menos a propuesta de la letrada de la defensa, pero Paula le explicó que, si no colaboraba, ella podría hacer que el magistrado obligara a su hija a testificar, y todo sería peor.
Al final, la madre cedió, y el padre también lo aceptó.
La joven tomó asiento y, a preguntas de la fiscal, dijo que ella fue compañera de la acusada durante casi un mes.
Empezaron a compartir aula a partir de lo ocurrido el 20 de enero con Nacho, cuando a Alba la cambiaron a su grupo.
Admitió que ella tampoco se percató del problema que podría suponer tener a Nacho y a Alba en la misma fiesta.
Se enteró de que él también estaría allí por una amiga que fue a merendar a su casa.
Su padre, que andaba por la cocina y las oyó, se mostró disgustado al saber que iban a coincidir con ese alumno conflictivo y sus amigos, pero ellas no pensaban renunciar a la fiesta.
—Usted no avisó a Alba, ¿verdad? —quiso asegurarse la fiscal.
—No. Me puse a hacer la mochila porque esa noche iba a dormir en casa de mi amiga para salir hasta más tarde, y ni siquiera pensé en Alba, la verdad. Aunque, si lo hubiera hecho, tampoco sé si le habría dado importancia. Aquel mes no había habido ningún problema.
—Ya, pero lo cierto es que, al final, sí lo hubo, ¿no? —replicó Inés.
Esmeralda asintió y la fiscal no hizo más preguntas. A continuación, Villar declinó intervenir.
Paula se remangó la toga, era su turno. Decidió dirigir rápidamente el interrogatorio hacia la pelea en la discoteca.
—¿Usted sabe a qué se debió el altercado en el Babylon?
Ella inclinó la cabeza con gravedad y repitió lo que en su día le dijo a Paula: que era evidente que Nacho intentaba ligarse a Gabriela.
Estaba descontrolado y, cuando Rafa los vio fumando muy juntos en la puerta, se lanzó contra él.
Se pelearon, se amenazaron de muerte y luego Nacho se marchó con Andrés.
Rafa abandonó la discoteca cinco minutos después.
—Gracias. Es todo —concluyó la abogada.
Se hizo un silencio sepulcral mientras Esmeralda se retiraba. Paula observó a los miembros del jurado: algunos tenían el ceño fruncido, otros parecían ausentes. Era incapaz de adivinar qué les rondaba por la cabeza.
La entrada de Saturnino Cuevas atrajo toda su atención.
Al sentarse, el hombre dejó su bastón a un lado y la saludó con un ademán.
En su fuero interno, la letrada agradeció que esa mañana el testigo tuviera tan buen aspecto y pareciera en sus cabales.
Aunque Saturnino le había reconocido que padecía principio de demencia, ella confiaba en que fuera capaz de resultarle creíble al jurado.
Como cabía esperar, la fiscal se lanzó a desacreditarlo con un aluvión de preguntas sobre su estado de salud y la extraña y repentina nitidez de sus recuerdos.
El hombre se desenvolvió bien y aseguró que su enfermedad era leve y no influía en su percepción ni en su memoria.
Afirmó con rotundidad que él no sufría alucinaciones ni nada similar, y retó a Inés Calderón a examinar su historial clínico en busca de un episodio de ese tipo.
Sobre lo acontecido aquella noche, admitió que cuando fue al baño estaba aún medio dormido, pero se reafirmó en que oyó voces en la calle y que, sin duda, una era la del chico que encontraron muerto.
—A ver, ¿y cómo puede recordar ahora su voz y antes no?
—Ya le he dicho que estaba un poco adormilado.
Cuando la policía vino a preguntarme por ello, lo tenía como un recuerdo lejano, ¿entiende?
, casi como si fuera un sueño. Pero cuando esa abogada me puso aquella grabación…
—explicó señalando a Paula—, fue como si todo volviera con más fuerza. No sé si me comprende…
—Si pudiera ser más claro, se lo agradecería.
—Pues es lo que le estoy diciendo… Escuché esa voz de la grabación, muy grave y áspera, y supe al instante que era una de las que había oído desde el baño.
—¿Y cómo puede ser que recuerde la voz y no lo que decía? —inquirió la fiscal con una mueca de incredulidad.
—Pues porque no presté atención, lógicamente. ¿Qué me importaba a mí lo que dijeran, y encima a esas horas? Pero la voz… Era la misma. Estoy seguro —remató, y acompañó sus palabras con una inclinación de todo su cuerpo.
—Señoría —dijo entonces la fiscal—, la abogada no ha aportado la grabación que el testigo afirma haber escuchado. Así que solicito que su testimonio no sea considerado por el jurado para el veredicto.
Paula, que estaba preparada para esa alegación, se acercó al micrófono.
—Con la venia de su señoría, me gustaría aclarar que no la aporté porque ya figura en el expediente.
En concreto, en el atestado policial. Es uno de los vídeos que uno de los amigos de Nacho colgó en Instagram y que la policía utilizó para su investigación.
Si la fiscalía o la acusación particular lo desean, podemos visionarlo y pedirle al testigo que se ratifique en la identificación de la voz…
—sugirió ella con tono retador—. Es el anexo número 25.
La fiscal, que había comprendido que aquello no era un farol, prefirió que el jurado no presenciase cómo el hombre lo confirmaba en directo y rechazó la invitación de la abogada.
—¿Y las otras voces? —le preguntó Inés al testigo.
—No sé cuántas eran. Pero al menos había alguien más que también hablaba de forma furiosa, aunque creo que lo hacía más bajo…
—¿Y no recuerda si era de hombre o de mujer?
—Yo… he intentado hacer memoria. Creo… que era de hombre, si le digo la verdad. Pero me da miedo equivocarme.
—¿Y no le da miedo equivocarse al identificar la voz de la víctima? —replicó la fiscal con mordacidad.
—No. Era la misma —recalcó él, y frunció el ceño con indignación.
Si no hubiera resultado inapropiado, Paula se habría levantado y le habría aplaudido allí mismo.
—¿Y tampoco puede precisar la hora? —preguntó Inés sin rendirse.
—Es que mi despertador es de manecillas. Sé que lo miré, pero tengo esa imagen borrosa… Eran alrededor de las tres o las cuatro. Eso fue lo que le dije a la subinspectora en su día, pero tampoco me atrevo a…
—Le da miedo equivocarse —completó la fiscal con renovado sarcasmo.
—Sí. Aunque lo de la voz del chico sí que…
—Ya, ya, no hace falta que lo repita —lo cortó de malos modos—. He terminado, señoría.
Villar, que no quería empeorar aún más el resultado de ese interrogatorio, no hizo uso de la palabra.
Tras meditarlo durante unos segundos, Paula tampoco formuló preguntas y el magistrado dio por finalizada la tercera sesión del juicio.
—Esta tarde iré a verte —le susurró la abogada a Alba antes de que la policía se la llevara—. Lo repasaremos todo, ¿vale? Confía en mí.
La chica asintió y musitó un agradecimiento.