104. Cortar el cuello
Cortar el cuello
Alguien llamó a la puerta del despacho del juzgado de guardia.
—Adelante —dijo Santiago.
—Señoría, la inspectora Moreno, del Grupo de Estupefacientes, desea verlo con urgencia —explicó uno de los funcionarios—. Está esperando fuera.
El juez despegó la vista del montón de papeles en cuya lectura se hallaba absorto y le pidió que la hiciera pasar.
En cuestión de unos segundos, Amanda Moreno estaba sentada frente al juez. Los separaba el escritorio, sobre el cual la policía había colocado varios folios grapados.
—¿Otra escucha? —preguntó Santiago sin cogerlos—. Mañana hay que intervenir sí o sí. Ya se lo dije.
—No, no, no es eso, señoría. Léalo.
—Resúmamelo. Tengo mucho trabajo y varios detenidos esta mañana.
Ella asintió solícita.
—Se trata de una conversación entre los hermanos Linares. Se produjo ayer a última hora de la tarde, después de que se filtrara lo de la sobredosis de Andrés Gil. Ya sabe, el testigo del juicio del «crimen del Carnaval». No es mi asunto, pero estoy enterada.
—¿Y qué?
—Como se imaginará, hablaban en clave e intentaban ser ambiguos, igual que hacen todos los de su calaña. Pero Hamilton estaba muy alterado, y más o menos se le entendía.
—Inspectora, por favor, vaya al grano.
—Al parecer, Andrés sí fue cliente de Hamilton, pero, a diferencia de Miguel y Rafa, ya no lo era. Ahora, literalmente, «contrata los servicios de otra compañía».
—Si me lo dice para que me sienta menos culpable por su sobredosis, no se preocupe por…
Ella negó con la cabeza.
—No, no es por eso, señoría. Según hemos deducido de la conversación, la última vez que Andrés «contrató sus servicios» fue unos días después de la muerte de Nacho, y el chaval le preguntó si su amigo también lo había hecho la noche del crimen.
Santiago se tomó unos segundos para traducir esas palabras.
—¿Me está diciendo que Andrés le preguntó a Hamilton si le había vendido a Nacho la droga que consumió en la fiesta?
—Eso hemos interpretado. Y luego Andrés cambió de camello.
—Es raro.
—Sí, pero lo más extraño es que, después de la hospitalización del chico y de que no haya comparecido en el juicio, Hamilton se muestre tan inquieto. Le ha venido a decir a su hermano que tiene miedo de que «le joda».
—¿Que le joda cómo?
La inspectora se encogió de hombros.
—Ha sido muy escueto, no sé qué decirle. De hecho, nos ha costado un poco darle algún sentido a la conversación. Por eso no he venido antes. Pero intuyo que le preocupa que declare y desvele que les vendía droga a ellos y a Nacho, y que deje al descubierto su negocio.
—¿Y para qué iba a hacer eso? Sería un temerario. Se juega que después le corten el cuello. Además, eso es irrelevante para el veredicto.
—Yo tampoco lo entiendo. Lo único que se me ocurre es que Andrés crea que alguien relacionado con el mundo de las drogas tenía motivos para matar a su amigo.
Y que Hamilton piense que, si declara, lo señalará a él.
Eso explicaría la sobredosis del chico, por los nervios.
No sería el primero que intenta tranquilizarse así.
Puede que sienta el deber de decir lo que sabe y que, a la vez, no se atreva a hacerlo por miedo…
—expuso la policía—. En los medios ya hay periodistas barajando algo así.
Santiago hizo un aspaviento.
—Venga, inspectora, no me joda usted a mí, ¿eh? Eso no son más que conjeturas. Nunca ha habido indicios de ninguna deuda ni ajuste de cuentas, si es lo que sugiere, y Sorozábal puede confirmarle que las pruebas contra Alba Ferrero son más que contundentes.
—De todos modos, es extraño —insistió ella, meditabunda—. Hamilton dijo algo más que aún no entendemos.
—¿A qué se refiere?
—A una foto que, según él, explicaría algunas cosas.
—¿Algunas cosas sobre qué? —escupió el juez al tiempo que cogía los folios—. ¿Cuál es la foto?
—No lo sabemos. No hablaron más. DiCaprio le dijo que se callara de una puta vez y que lo veía en un bar en veinte minutos.
—¿Y no los siguieron?
—Sí, un compañero que está pendiente de los movimientos de DiCaprio. Pero no tuvo tiempo de poner micros ni pudo acercarse lo bastante para escucharlos o ver lo que miraban en el móvil. Habría echado por tierra la operación Leo.
Santiago soltó un exabrupto. Todo aquello le parecía absurdo. Aun así, dijo:
—¿Le han puesto seguridad a ese chaval? No vaya a ser que esos hijos de puta le hagan algo en el hospital.
—Sí, pero discreta. Ahora mismo sigue en Urgencias, en observación.
—¿Y ha habido algún movimiento sospechoso?
—No. De momento, no.