La doble víctima 102. Por su padre
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102. Por su padre

Por su padre

Paula se despertó en el despacho, derrumbada sobre el escritorio. Su móvil vibraba con insistencia. Era Teresa. Acababa de sonarle el despertador en casa y, al girarse en la cama, se había dado cuenta de que el otro lado estaba vacío.

Paula trató de hacer memoria. Sí, ahora se acordaba.

Tras los acontecimientos de la tarde anterior, incluida la publicación de aquella noticia en El Diario Montañés que explicaba la causa de la hospitalización de Andrés, todo se volvió caótico.

Cuando se quiso dar cuenta, las horas se le habían escapado entre un cúmulo de llamadas y conversaciones.

No tuvo otra opción que cenar allí sola para terminar de repasar el expediente y ponerse al día con otros asuntos.

Por lo visto, el sueño acabó venciéndola.

Había sido una suerte que Teresa la llamara; el reloj marcaba las siete y veinte, y a las nueve comenzaba la tercera sesión del juicio.

Salió corriendo del bufete, desayunó en casa a toda prisa, se dio una ducha y llegó a la sala de vistas justo a tiempo.

Entró intentando contener la excitación.

Sabía que esa mañana el caso daría un vuelco.

El público y la prensa ocuparon sus asientos.

Desde la primera fila, los padres de Alba la miraron esperanzados, igual que la joven cuando los policías la condujeron al estrado y tomó asiento a su lado. Paula quiso comentarle un par de cosas por lo bajo, pero Murrieta se ajustó las gafas en su butaca y empezó a hablar:

—Buenos días. Comenzamos la tercera sesión.

Antes de nada, hago saber a las partes que, según nos han informado, es probable que hoy el testigo Andrés Gil reciba el alta médica, siempre que no sufra complicaciones.

Será citado para declarar mañana después de los peritos y antes de que lo haga la acusada, a fin de garantizar su presencia. ¿Están conformes?

La fiscal y los abogados no manifestaron objeción alguna.

Paula lo celebró en su fuero interno y se mostró de acuerdo.

Se dio cuenta de que el magistrado había tenido la delicadeza de no mencionar el motivo de su ingreso, probablemente por aplicación de la ley de protección de datos personales, aunque allí todo el mundo estaba al corriente de lo que le había sucedido a aquel chico.

—Que pase, pues, el primer testigo —dijo Murrieta—: Víctor Hermoso.

El joven que había organizado la famosa fiesta de carnaval accedió a la sala con el cuerpo encorvado.

Al sentarse, pareció relajarse un poco. Explicó que, tal y como le reconoció a la policía en su día, lo hizo sin que sus padres lo supieran.

Estaban invitados los alumnos de primero de bachillerato de Ciencias Sociales, las dos clases.

Él no tenía mucho trato con Nacho, pero no le importó que a última hora decidiera acudir.

Ni siquiera se le ocurrió que pudiera surgir algún conflicto con Alba; no se paró a pensarlo.

Confirmó el incidente entre ambos y que ella empuñó uno de los cuchillos.

Y finalizó diciendo que él no fue con los demás al Babylon, sino que se quedó en casa porque estaba cansado, y a Alba no volvió a verla.

Antes de que se retirara de la sala de vistas, se le mostró el juego de cuatro cuchillos incautados en su casa, y él se reafirmó en que Alba cogió uno idéntico.

El siguiente en declarar fue Carlos Alonso, quien en febrero de 2023 era compañero de pupitre de Alba.

Su interrogatorio no deparó ninguna sorpresa, pues se limitó a ratificar la versión dada durante la instrucción, incluido el intento de beso por parte de la chica.

Él adujo que no se lo esperaba y que no era consciente de que ella se sintiera atraída por él.

También fue tajante a la hora de decir que la cazadora que encontró la policía y que se estaba mostrando en ese momento en el juicio era igual a la que Alba vestía aquella noche.

Aclaró que después él también fue al Babylon, pero que no presenció la pelea entre Nacho y Rafa; se encontraba dentro, al fondo de la discoteca.

El magistrado le agradeció su intervención y le informó de que podía irse.

—Que pase Raquel Peña, la última testigo propuesta conjuntamente por las acusaciones y la defensa. Después, procederemos con las dos testificales propuestas exclusivamente por la defensa.

Raquel estaba pálida y caminaba arrastrando los pies. Durante el recorrido hasta la silla, evitó mirar a Alba. Al tomar asiento, exhaló un largo suspiro y colocó las manos en su regazo. Paula se fijó en que agarraba con fuerza la tela del pantalón y la retorcía. El silencio en la sala era absoluto.

A preguntas del magistrado, la chica admitió que en febrero de 2023 estaba muy unida a Alba, pero que, por motivos obvios, ya no era así. Desde su detención, no había vuelto a verla. Prometió no faltar a la verdad, y empezó el interrogatorio de la fiscal.

Raquel admitió todo lo que el inspector Sorozábal ya había dicho sobre ella en la primera sesión: que la noche del crimen se quedó en casa, que Alba la llamó llorando cuando huyó de la fiesta y que intentó tranquilizarla.

También que, cuando creyó haberlo logrado, las dos se despidieron y luego puso el móvil en silencio.

Por eso no oyó las otras cinco llamadas que Alba le hizo más tarde, cuando Nacho ya debía de estar muerto.

Tampoco leyó el mensaje que su amiga le envió un rato después, en el que le decía que había sucedido algo terrible, pero que era inocente.

—Cuando hablaron por teléfono, ¿dónde estaba Alba? —quiso saber la fiscal.

—En el banco de madera que hay a pocos metros de su casa. Eso me dijo.

—Bien. No hay más preguntas, señoría.

Villar se aclaró la garganta y nada más comenzar su intervención fue evidente que buscaba ahondar en el estado psicológico de la acusada.

Raquel le explicó que, desde lo ocurrido el 20 de enero, Alba estaba mucho mejor y que, además, se había ilusionado con Carlos Alonso.

Aseguró que, durante la llamada de teléfono, su amiga le dijo entre lágrimas que había cometido una estupidez cogiendo ese cuchillo en la fiesta y que nunca quiso matar a Nacho.

—¿De verdad le dijo eso? —preguntó Félix Villar con suspicacia.

—Sí —contestó ella muy seria, y por primera vez desvió la vista hacia Alba. Paula advirtió cómo su clienta murmuraba un agradecimiento y los ojos se le humedecían—. Estaba muy afectada.

—Sin embargo, esa noche volvió a llamarla hasta cinco veces. Primero tres seguidas, a las cuatro y ocho minutos, y luego otras dos al cabo de unos minutos. ¿No es extraño que…?

—Letrado —lo interrumpió el magistrado—, la testigo no va a pronunciarse sobre lo que es extraño o no. No se admite.

Villar no discutió y anunció que no haría más preguntas.

Por fin, le llegó el turno a Paula. Sintió las pupilas de los padres de Alba y las de su defendida clavadas en su rostro.

—Buenos días, señora Peña. ¿Usted presenció alguna vez los insultos y las vejaciones de Nacho a Alba?

La chica asintió y contestó que, pese a que no iban a la misma clase, hubo varios episodios en el patio y en los pasillos, y que ella fue testigo de algunos, sí.

—¿Usted sabe por qué Nacho empezó a tratarla de esa manera a partir del 9 de enero, coincidiendo con la vuelta a clase?

Raquel bajó los ojos y se pasó la mano por el rostro. De pronto, Paula tuvo la sensación de que el aire se volvía más denso.

—Creo… creo que fue por su padre.