La doble víctima 101. La llamada
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101. La llamada

La llamada

Santoña

La mujer que estaba utilizando el teléfono al fin colgó.

Lo hizo con un golpe seco, estampando el auricular contra la base con una violencia innecesaria.

A Alba no se le escapaba el motivo: esa reclusa, llegada unos días atrás, pretendía amedrentarla y marcar territorio.

Allí el respeto de las demás, a menudo, se ganaba usando la fuerza bruta.

La mujer, de unos treinta y pico años y con el pelo prácticamente rapado, se dio la vuelta, pasó junto a Alba y la empujó con el hombro.

La chica retrocedió dos pasos, pero logró mantenerse en pie.

No protestó. No quería problemas. Las semanas previas, Paula le había insistido en que no podía permitirse ninguna pelea.

Si se filtraba a la prensa un episodio así y llegaba a oídos del jurado, podría ser el fin.

Sonaba duro, cruel, pero era preferible que no se defendiera, aunque la hicieran pedazos.

La recomendación de la abogada era que se mantuviera alejada de las internas más peligrosas y se pegara a los funcionarios de prisiones.

Miró a su espalda. En ese momento no había ninguno cerca, pero por suerte aquella presa se dio por satisfecha y se marchó mascullando algo así como «Puta Cuervo… ».

Alba fue hasta el teléfono, introdujo su tarjeta y llamó a sus padres.

Hablaban algunas veces entre semana. Eran pocas y durante escasos minutos, lo que estaba permitido en la prisión.

A ella siempre se le pasaban en un suspiro.

La noche anterior apenas le había dado tiempo a comentarles cómo se había sentido en el tribunal.

Esa tarde se lo cogió su madre, que después de saludarla afectuosamente activó el altavoz para que Julio se uniera a la conversación.

—Cariño… —dijo él.

—Hola, papá…

—Nos ha alegrado mucho poder verte hoy allí —murmuró Sofía con voz trémula—. Quiero decir, no allí, sino…

—Mamá, te he entendido, no te preocupes —respondió Alba, y se permitió esbozar una sonrisa mientras una lágrima de añoranza se le descolgaba de los ojos—.

Yo también… yo también me he alegrado de veros.

Mucho. —La voz se le entrecortó, y luego añadió—: Me habría encantado ver también a Nico… ¿Cómo está?

—Con los abuelos en el pueblo —contestó Julio, sin precisar más.

Alba no dijo nada. Aquella semana era lectiva y su hermano tendría que estar en Santander para ir al colegio.

Que lo hubieran enviado a aquella aldea perdida de Liébana solo podía significar que estaba llevando muy mal todo aquello o que sus padres temían por él y habían decidido alejarlo de cualquier fuente de mayor dolor.

—Mira, cariño —dijo entonces Sofía—. Hay una novedad sobre el juicio. Bueno, sobre Raquel.

—¿Raquel? —se sorprendió Alba—. ¿Qué…?

—Ha aceptado hablar con Paula.

—¿Ahora? ¿En serio?

Sofía le dijo que sí y luego aprovechó al máximo los minutos que les quedaban.