100. La exclusiva
La exclusiva
Liencres
Santiago cogió un naipe del mazo y sonrió para sí.
Llevaba varias horas viendo la televisión y jugando a la brisca con su madre, que se mostraba entusiasmada e incansable.
Él había perdido casi todas las partidas, pero, a juzgar por la carta que acababa de tocarle, esta iba a ganarla.
No le importaba la derrota, desde luego, aunque le divertía ver cómo ella se enfurruñaba cuando se le escapaba la victoria.
De pequeños, durante las vacaciones de verano, su hermano y él siempre jugaban con su madre y los abuelos en el pueblo, en una localidad próxima a Oviedo, y aquel rato tranquilo le estaba sirviendo para retrotraerse a aquellos tiempos felices.
No es que el presente no lo fuera, pero echaba de menos aquella época, y también a su padre, que falleció de un infarto con cuarenta años.
Su padre ejerció como abogado y siempre tuvo la espina clavada de no haber sido juez, y Santiago no dudaba de que, si lo veía desde arriba, estaría orgulloso.
Sabía que su madre también lo estaba, aunque ella le repetía que la vida eran muchas más cosas, y por eso se alegró tanto de su matrimonio con Macarena.
Hasta entonces, él había tenido algunas relaciones, siempre inestables.
Con Macarena era diferente, se sentía lleno, completo, y desde hacía algo más de un año había decidido que no iba a echarlo todo a perder por su estupidez y su frustración con algunos casos.
De repente, oyeron que se abría la puerta principal. Era ella, que regresaba después de haber intervenido en Las tardes con Penélope . Había vuelto a brillar como colaboradora analizando el impacto del anónimo y la sorprendente ausencia de Andrés en el juicio.
—Qué bien vivís —saludó jocosa al tiempo que se acercaba para besarlos—. Estás teniendo buena guardia, ¿no?
—Ya ves —rio Santiago, y señaló el Nokia—. Por una vez, este cacharro me deja tranquilo. Te hemos visto en la tele.
Ella sonrió y, mientras se quitaba el abrigo, dijo:
—Oye, ¿te has enterado de lo de Andrés, el testigo?
Santiago frunció el ceño. Prefería no hablar de ese tema con ella, pero cedió a la curiosidad.
—No. ¿Hay alguna noticia o qué?
—Vaya si la hay, aunque si te vas a poner como la otra vez, mejor la buscas tú…
Al juez ese comentario le pareció innecesario y revelador de un rencor que desconocía que su mujer aún albergase, pero no quería discutir y decidió pasarlo por alto. Además, tenía que reconocer que la última vez se había comportado como un gilipollas.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó con tono suave.
Ella pareció satisfecha y se sentó con ellos.
—Los de El Diario Montañés acaban de sacar la exclusiva. Deben de tener una buena fuente… Por resumir, el chaval sufrió una intoxicación por sobredosis de droga esta mañana, justo antes de que fueran a despertarlo para ir al palacio de justicia.
—Qué cojones, ¿una sobredosis? —repitió el juez, desconcertado—. ¿A esas horas?
—Me imagino que le estaría dando a la droga desde la noche, pero a saber. Sus padres lo encontraron desplomado en su habitación y llamaron a urgencias a toda prisa.
—¿Y por qué coño la madre no dijo el motivo cuando llamó a la oficina judicial? —se indignó él.
—Hombre, ponte en su lugar. Con el susto, al principio no sabría bien lo que había ocurrido. Y, en cualquier caso, no es algo agradable. Habrá retenido la información todo lo posible, para que no trascendiera. Con lo mediático que es este juicio… En unos minutos la noticia estará en todos sitios.
—¿Y de qué ha sido la sobredosis? —preguntó de pronto la madre de Santiago.
—Ni idea. No se sabe. Es todo bastante extraño —murmuró Macarena mirando de refilón a su marido.
Santiago se había sumido en sus pensamientos.
No tenía la certeza de que la organización criminal a la que estaban investigando le hubiese facilitado a Andrés la droga que lo había conducido al hospital, pero le parecía probable.
Durante los seguimientos, la policía había constatado que Rafa y Miguel eran clientes habituales de Hamilton.
Cabía suponer que Nacho también lo fue en su momento, puesto que los resultados de los análisis toxicológicos realizados en el marco de la autopsia dieron positivo.
Pero a Andrés, por algún motivo, nunca lo habían visto relacionándose con ese camello, y concluyeron que él no consumía.
Sin embargo, aquella noticia parecía desmentirlo.
El juez apretó los dientes. Se dijo que, aunque siempre habría puntos de venta donde adquirir alguna dosis, su trabajo era meter en la cárcel cuanto antes a todos esos delincuentes.
No debían demorar más el cierre de la operación Leo, sobre todo con aquel concierto de música electrónica a la vuelta de la esquina.
Decidió que, en cuanto terminara de hablar con Macarena, bajaría a la calle para llamar a la inspectora Moreno e insistirle en que el operativo debía estar listo para intervenir el jueves.
Sin excusas. Esa vez nada podía fallar.