98. Precipitarlo todo
Precipitarlo todo
Pasaban unos minutos de las cuatro cuando Paula terminó de comer y se sentó junto a su hijo en el sofá, que veía en la televisión unos dibujos animados de fútbol.
Ella le revolvió el pelo y el niño fingió enfadarse, aunque casi al instante se le escapó una carcajada.
A unos metros, Teresa se deleitaba contemplándolos.
—Qué, ¿muchos deberes para hoy, cielo? —le preguntó Paula con una sonrisa.
Martín compuso una mueca y, medio en broma medio en serio, respondió que no pensaba hacerlos. Paula miró divertida a Teresa, que dirigió la vista al techo como pidiendo paciencia.
—Venga, anda, que lo primero será ir a clase de inglés —le dijo Teresa mientras daba golpecitos a su reloj de pulsera—. Ve preparándote, que te llevo en unos minutos.
Martín remoloneó durante unos instantes. Luego se levantó y fue a su habitación a cambiarse de ropa.
—Hay que ver, así todas las tardes —dijo Teresa con evidente arrobo, y se acomodó al lado de Paula.
—Se te ve afectada, ¿eh?
—Sí, mucho… Oye, ¿tú no vas al despacho?
El semblante de Paula se oscureció. Estaba agotada tras aquella larga mañana de interrogatorios.
El solo hecho de pensar en regresar al bufete para preparar las siguientes declaraciones y ponerse al día con todas las llamadas perdidas y correos le producía ansiedad, como si una mano invisible le aferrara el cuello y se lo retorciera sin piedad.
—Me quedo un poco con vosotros. Últimamente tengo la sensación de que no paro de ir de un lado para otro… —musitó, y apoyó la cabeza en el hombro de Teresa.
—Siento decirte que no es una sensación —le contestó ella acariciándole el pelo—. Es solo una mala racha.
—Sí, que se alarga demasiado… —replicó Paula con un tono cada vez más apagado. Al cabo de unos segundos recuperó la postura inicial y, casi como si conversara consigo misma, añadió—: Cuando acabe este juicio, creo que le pediré a Antonia una reducción de jornada…
Teresa se volvió hacia ella, extrañada.
—¿Una reducción? Pero si siempre has dicho que con el tipo de casos que llevas es imposible. Que acabarías trabajando lo mismo y cobrando la mitad…
Era cierto: en más de una ocasión le había contestado eso porque, en el fondo, lo pensaba.
Pero ¿y si estaba equivocada? ¿Y si su maldita tendencia a involucrarse emocionalmente en cada caso, su perfeccionismo y la necesidad de controlar hasta el último detalle le habían impedido razonar como era debido?
Apenas conocía a penalistas que hubieran optado por una medida así para conciliar sus dos mundos, aunque ¿significaba eso que no fuera posible?
¿Es que los abogados litigantes no podían organizarse la vida como cualquier profesional?
Se daba cuenta de que, desde hacía ya un tiempo, estaba más pendiente de Alba que de su propio hijo, y eso solo podía ser un error.
Tal vez la solución no fuera cambiar de empleo, como había creído un año atrás, sino la forma de gestionar su trabajo, y también a sí misma.
O quizá que Antonia asumiera que, debido a la enfermedad, no podría reincorporarse en un futuro próximo y contratara a más gente.
—Hablaré con ella —repitió con determinación.
—Pero si le dan los resultados el jueves, ¿no?
Imagínate que son malos. Y aunque sean buenos.
No es el momento, Paula. Tienes que esperar un poco y pensarlo bien.
Estás cansada y estas cosas no se deciden en un minuto.
Métete en la cama un rato y después ve al despacho.
Y esto ya lo hablaremos más adelante. Ahora esa chica te necesita.
Desbordada por un pesimismo que no lograba comprender, Paula murmuró que siempre había alguien que la necesitaba, y siempre lo habría.
Pensó que esa, para bien y para mal, era la esencia de la abogacía: la vocación de servicio, la ayuda a quien precisaba auxilio.
Aunque tal vez bastara con que se volviera más fría y se implicara menos.
Pero ¿cómo hacía para que la perspectiva de una posible condena de Alba no la afectara tanto?
—Estás nerviosa por el veredicto y se te nota —le leyó la mente Teresa—. ¿Has hablado del juicio con Antonia?
Paula le contestó que sí, que de camino a casa la había llamado y habían charlado un rato.
No quiso abrumarla con el caso, pero sí le había resumido las novedades, y Antonia se mostró tan perpleja como optimista por lo ocurrido en la sala de vistas.
Según su jefa, si aquellos puntos de incertidumbre y cabos sueltos se mantenían durante el resto de las jornadas o incluso se incrementaban, la absolución estaría al alcance de la mano.
Solo debía insistir, no cejar en el empeño.
—Es como si caminara con Alba y sus padres por una cornisa, ¿entiendes? —le confesó Paula—. Y cuanto más nos acercamos al viernes, más miedo tengo de que nos despeñemos.
No pudo continuar sincerándose, pues su móvil empezó a sonar. Suspiró. Era el número del bufete. Teresa le dio un suave beso en la mejilla y le dijo que iba a comprobar si Martín se estaba vistiendo.
—Hola, Marina —contestó.
—Buenas tardes, Paula. Perdona, ya sé que estás descansando un poco, pero ha llamado el padre de Raquel Peña y me ha parecido que no podía esperar. Dice que su hija quiere hablar contigo.
Paula frunció el ceño. Hasta ese momento, la chica siempre había rechazado reunirse con ella. No era la única persona que había decidido actuar así desde la detención de Alba, cerrándose en banda.
—¿Te ha explicado por qué?
—No, nada. Pero al parecer su hija tiene entrenamiento de tenis en un rato y me ha pedido que vayas a su casa cuanto antes. ¿Le digo que irás?
Paula lo meditó unos instantes. ¿Y si se trataba de algo importante?
—Sí, gracias. Salgo enseguida.
Cortó y se quedó mirando el teléfono, pensativa.
No podía imaginarse que las palabras de Raquel acabarían precipitándolo todo.