96. Otra persona
Otra persona
Sofía tomó asiento en la sala de vistas casi como si la acusada fuera ella.
Vestía un jersey negro de cuello alto con pequeños restos de vómito y unos pantalones grises, nada llamativo y muy diferente de las prendas de vivos colores y de diseño que solía exhibir en el pasado, cuando todo iba bien.
La ropa era holgada y en parte ayudaba a disimular el temblor que le sacudía todo el cuerpo, aunque las manos y la barbilla la delataban.
Miró a Alba, que tenía los ojos vidriosos, y musitó un «Te quiero».
La chica, cariacontecida, cerró los párpados, a punto de echarse a llorar.
Paula, que asistía a la escena con un nudo en la garganta, le apretó la mano.
La imagen de madre e hija observándose era poderosa, y la abogada supuso que ocuparía todas las portadas.
El magistrado ordenó que se guardara silencio.
El momento era uno de los más esperados del juicio, y los periodistas y el público no dejaban de hablar.
Por fin, la estancia quedó en calma y, con tono seco y protocolario, Murrieta informó a Sofía de que tenía derecho a no declarar.
Ella al principio carraspeó, como si le fallara la voz, y después contestó que sí lo haría.
El hombre asintió con semblante inexpresivo y, tras los preliminares habituales, comunicó a la fiscal que la testigo quedaba a su disposición.
Inés comenzó preguntándole por el carácter de Alba y el modo en que se relacionaba con las personas de su edad en aquella época.
Sofía, que había ensayado con Paula la respuesta a cuestiones así, dijo que su hija era buena persona, cariñosa, introvertida, reservada y muy lectora.
Explicó que, tras lo sucedido en el colegio Peñas Arriba, donde sus escasos amigos la traicionaron y no declararon a su favor para no meterse en problemas, Alba se quedó completamente sola y encontró refugio en los libros.
Por suerte, al cambiarse de centro conoció a Raquel Peña, una chica de su edad que también se sentía aislada y había empezado a estudiar allí otro bachillerato, el de Humanidades, y enseguida se hicieron inseparables.
—Entonces ¿Raquel era su única amiga? —preguntó Inés, aunque conocía la respuesta.
—Sí. En la nueva clase había gente con la que se llevaba bien, pero no de la misma forma.
—Raquel es la chica con quien les dijo que saldría a tomar algo la noche del 18 de febrero, ¿verdad?
Sofía se pasó la lengua por los labios. Notaba la boca reseca.
—Sí. Nos dijo eso, pero fue porque…
—¿No es cierto que les mintió y que, en lugar de salir con Raquel, acudió sola a la fiesta en la casa de los Hermoso, en la avenida Reina Victoria?
—Sí, pero hay una explica…
—Con la respuesta afirmativa me basta, gracias. Ya analizaremos los motivos con la acusada.
—Pero yo puedo deci…
—Por favor, solo debe hablar cuando le formulen una pregunta —la cortó el magistrado.
Sofía cabeceó con abatimiento y la fiscal volvió a la carga.
—¿No es cierto, señora Ponte, que la mañana del 19 de febrero su hija repitió esa mentira ante la policía, cuando la subinspectora Andrea Soto habló con ella en su habitación?
—No. Fui yo quien le dijo a la subinspectora que Alba había estado por ahí con Raquel.
—Ya, pero ¿no es cierto que su hija confirmó esas palabras? ¿Las desmintió en algún momento?
Sofía agachó la mirada.
—Señora Ponte, es necesario que me responda.
—Sí, lo confirmó todo —admitió Sofía con un hilo de voz—, pero fue porque tenía miedo de…
—Oiga, ya le he dicho que las razones se las pediremos a la acusada, ¿lo comprende? —le espetó Inés Calderón, sobreponiéndose al pesar que le causaba ser tan cruel con una mujer que estaba sufriendo y no tenía la culpa de nada.
—Sí, sí… —musitó Sofía.
—Bien. Dígame: ¿le mintió también su hija esa misma mañana cuando, tras enterarse de que se había descubierto el cadáver de Nacho, le dijo que iba a visitar a su amiga Raquel?
¿No es cierto que, en vez de eso, fue a la estación de autobuses después de haberles cogido seiscientos euros en efectivo y de haber metido algo de ropa en una mochila?
La madre de Alba se encogió en la silla.
—Sí, me mintió.
—O sea, ¿que mintió hasta tres veces en apenas unas horas justo el día en que murió Nacho Guerra? —quiso recapitular Inés.
—Sí…
A poca distancia de la fiscal, en la misma mesa, Paula tuvo la tentación de pasarse la mano por la frente, pero se contuvo. Aquello no estaba saliendo como habían planeado. Sofía había empezado bien, pero estaba hundiéndose cada vez más.
—La noche del crimen —prosiguió Inés—, ¿usted oyó a su hija llegar a casa?
—No, estaba dormida. Hasta la mañana siguiente no la vi.
—No puede decirnos entonces qué hacía la acusada a las cuatro y cuarto de la madrugada todavía en la calle, según la cámara que la grabó, ¿verdad?
—No…
—Pues no hay más preguntas, señoría.
Paula maldijo por lo bajo. La fiscal había conseguido que en la sala planeara la idea de que la acusada era una mentirosa. Y si había mentido en tantas cosas, ¿por qué no iba a hacerlo al proclamar su inocencia?
Sofía pegó la espalda al respaldo de la silla, exhausta tras aquel intercambio dialéctico.
Sin embargo, no tuvo más que unos segundos de respiro, puesto que el abogado de la acusación tomó la palabra enseguida y le lanzó la primera pregunta: quería saber con detalle qué sucedió el resto del día en que apareció el cuerpo de Nacho.
Sofía intentó serenarse. Eso lo había repasado con Paula.
Podía hacerlo. Podía contarlo. Conteniendo las lágrimas, dedicó varios minutos a reconstruir lo que recordaba de aquellas horas que habían arrasado sus vidas.
—¿Su hija seguía teniendo problemas de autoestima? —inquirió Villar cuando ella dejó de hablar.
—Sí, pero estaba mucho mejor. Se la notaba más tranquila. Si no, no habría tenido ganas de salir aquella noche, y aún menos con tanta ilusión, créame. Alba estaba aprendiendo a quererse. El cambio de clase le había sentado bien.
—Ya, pero ¿le consta si las risas y las mofas seguían afectándole más de lo normal?
—¿Y qué es lo normal? —masculló Sofía.
—Señoría —decidió protestar Paula—, la testigo no es psicóloga ni psiquiatra…
Murrieta estimó la alegación de la abogada y ordenó al jurado que no tuviera en cuenta aquella pregunta.
—Nada más, señoría —dijo entonces Villar, dando por terminada su intervención.
—De acuerdo. Letrada, su turno.
Paula le dedicó una sonrisa alentadora a Sofía y a continuación, con un interrogatorio que habían preparado meticulosamente, logró que profundizara en las virtudes de su hija.
—¿Ustedes le han preguntado si mató a Nacho Guerra? —preguntó la abogada al cabo de unos minutos.
—Sí. Varias veces.
—¿Y qué les ha contestado?
—Que es inocente —gimió Sofía, y miró a los miembros del jurado, que la contemplaban impertérritos—. Fue otra persona, alguien que no está pagando por lo que hizo.
Villar hizo un aspaviento ante esa última observación de la testigo.
—Señora Ponte, limítese a contestar a la pregunta —la amonestó Murrieta—. Letrada, ¿algo más?
—Sí, señoría, solo una cosa. Señora Ponte, como ha dicho antes la fiscal, su hija fue detenida en la estación de autobuses con seiscientos euros metidos en la mochila.
No llevaba cartera, y la policía no ha sido capaz de encontrarla por ninguna parte.
¿Podría explicarnos, por favor, cómo era la cartera que usaba Alba?
Sofía se enjugó las lágrimas y respondió que era de cuero marrón y que estaba desgastada por el lomo, con un rasponazo longitudinal en la parte trasera. Era un diseño de hombre y había pertenecido al abuelo materno de Alba, fallecido unos años atrás.
—Alba se la quedó como recuerdo. Estaban muy unidos.
Paula asintió con la cabeza.
—Es todo, señoría.