La doble víctima 94. Fallar
69%

94. Fallar

Fallar

El final de la declaración del jefe de estudios sorprendió a Sofía vomitando en uno de los aseos del palacio de justicia.

Comprendió que el magistrado había decretado un receso cuando oyó estrépito en el pasillo y unas voces que se acercaban.

Se dijo que al menos eso le concedía un margen para recuperarse antes de entrar a testificar.

Durante gran parte de la mañana había conseguido mantener la entereza.

Sin embargo, al ver que Joaquín entraba a declarar, el miedo y las náuseas la invadieron, consciente de que sería la siguiente.

Tuvo que correr al servicio más próximo.

Ella, la exitosa actriz a quien desde hacía años reconocían por la calle y a la que antes se rifaban los directores de cine y los anunciantes, la que incluso había llegado a presentar importantes galas, ahora estaba aferrada a un retrete, vaciando el estómago cada vez que se imaginaba sentada frente a aquel micrófono, sometida a las preguntas de la fiscal y el abogado de la acusación y al escrutinio del jurado, pequeña y vulnerable como una hoja a merced del viento.

¿Y si fallaba en la declaración? Además, ¿qué diablos estaba ocurriendo allí dentro?

Antes, mientras aguardaba con Julio en el pasillo, se había metido con el móvil en un periódico digital y había descubierto una publicación que la había descolocado y aún no comprendía.

En aquel momento, la noticia todavía estaba pendiente de una elaboración completa, lo que daba a entender que el poseedor de la información se hallaba en la sala de vistas y la había transmitido de forma apresurada.

Se mencionaba que uno de los miembros del jurado había recibido en su casa un misterioso anónimo que acusaba a los padres de Nacho Guerra y a otras personas que declararían ese día de mentir y, a renglón seguido, se aludía a la incomparecencia de Andrés por una súbita hospitalización.

En otros diarios se recogía algo similar.

¿Qué significaba aquello? ¿Y qué implicaba?

¿Cambiaba de algún modo lo que ella debía hacer?

Ahora se arrepentía de no haber buscado a alguien conocido para que asistiera como público y le fuera filtrando lo que se decía, en la medida de lo posible.

Aquella treta se le había ocurrido semanas atrás, pero Paula fue tajante.

Según ella, era del todo innecesario llegar a ese extremo y no lo toleraría.

Se obligó a no pensar más en ello y procuró tranquilizarse recordando los consejos de la letrada: mesura y seguridad. Solo tenía que decir la verdad. No había nada que esconder. Eso debía hacerlo más fácil.

Escupió bilis y se secó las lágrimas mientras trataba de insuflarse ánimos.

Tenía que levantarse, serenarse, prepararse para dar lo mejor de sí misma.

Logró incorporarse justo cuando varias mujeres entraban en el aseo. Aguardó a que se metieran en las cabinas y entonces salió. No quería que nadie la viera así.

Al acercarse al lavabo, oyó una voz.

—Edgar, acabamos de salir de sala —mascullaba una mujer, que debía de haberse detenido a pocos metros de allí, en el pasillo—. Sí, sí, no vas a creerte lo que ha sucedido ahí dentro. Todo muy raro.

Sofía se quedó inmóvil frente al espejo, sin abrir el grifo, y aguzó el oído. Escuchó perpleja lo que aquella mujer, que parecía estar hablando por teléfono, contaba sobre lo acontecido en el juicio.

—Ay, tengo que colgar, que me está llamando el jefe.

Haz el favor de averiguar qué le ha pasado a ese chaval, ¿vale?

Ya, ya sé que por protección de datos estará difícil, pero manda a alguien a Valdecilla a echar un vistazo, no sé.

Yo en cuanto termine la sesión conecto con vosotros en directo para el informativo.

O hacemos ahora una transmisión a toda prisa, a ver qué me dice el jefe.

Habría querido seguir escuchándola, pero dos mujeres acababan de salir de las cabinas y la estudiaban sin disimulo, probablemente conscientes de lo que estaba haciendo. Se apresuró a lavarse las manos y se marchó.

Una vez en el pasillo, se giró hacia el punto del que procedía la voz.

La reconoció. Era Macarena Ortiz, periodista y esposa del juez Belmonte.

Durante la instrucción del caso, Paula les había hablado de ese atípico matrimonio y ella la había buscado en Google.

Sabía que la reportera no tenía la culpa de todo lo que ese hombre les había hecho sufrir con su errática investigación —o así la consideraba ella—, pero no pudo evitar fulminarla con la mirada.

Después, se dirigió con pasos raudos hacia la sala de vistas mientras aún analizaba sus palabras.

Vio a Paula en un lateral del pasillo, tecleando en su teléfono, y se encaminó hacia ella.

—Oye, pero ¿qué ha…?

La abogada dio un respingo al erguir el cuello y descubrir a Sofía delante de ella.

—No, no. No debemos hablar. Ya os lo expliqué —dijo.

Era cierto. Paula les había advertido de ello. Sin embargo, después de lo que acababa de escuchar, Sofía no pensaba quedarse callada.

—Pero ¿y ese anónimo? ¿Y Andrés? Sé lo que ha…

—Cálmate, por favor —le rogó Paula, y observó a su alrededor con evidente incomodidad—. Tienes que declarar enseguida y…

—Pero ¿cómo voy a calmarme? —explotó ella, lo que captó la atención de quienes estaban cerca.

—Sofía, no debemos…

—¡A la mierda las putas leyes!

En ese momento, Julio llegó a su altura con gesto de alarma.

—Por favor, cariño… Piensa en Alba.

Sofía, que volvía a tener los ojos desbordados de lágrimas, dejó caer los hombros y se alejó de la abogada.