93. Cortar de raíz
Cortar de raíz
Las declaraciones de los tres testigos del colegio Picos de Europa fueron rápidas.
Comenzó Diego Benavides, el profesor de Matemáticas que instruyó el expediente sancionador contra Nacho por acoso.
Medía en torno al metro setenta, era muy delgado y en el pelo apenas se le adivinaban canas.
Según los datos que constaban en la documentación judicial, estaba a punto de cumplir los cuarenta. Parecía relajado ante el micrófono.
El profesor aclaró que él nunca había dado clase ni a Nacho ni a Alba, y que por eso le asignaron la investigación, para mantener la máxima objetividad.
Además, cinco años atrás había desempeñado el cargo de jefe de estudios durante bastantes meses, mientras Joaquín estaba de baja tras el fallecimiento de su hija pequeña, y eso lo familiarizó con los protocolos.
El caso era muy delicado y los padres de ambos eran gente importante que podía hacer mucho daño al colegio si daban un paso en falso, así que el director insistió en asignárselo a él.
De entrada, dijo, lo ocurrido le resultó extraño: pese a que también se daban situaciones así en bachillerato, el acoso solía producirse en etapas anteriores.
Además, no era habitual que el presunto acosador fuese menor que la persona acosada, y tampoco que ese comportamiento tuviera lugar en el aula con los profesores delante o a la vista de cualquiera en las redes sociales.
Quizá, musitó, la timidez de Alba o sus problemas en el pasado envalentonaron a Nacho.
En cualquier caso, las pruebas eran contundentes, irrebatibles, y, sumadas a lo que llevaba sucediendo desde la vuelta de las vacaciones, conducían a una conclusión inequívoca: la conducta se había convertido en algo reiterado, persecutorio y cada vez iba a más, y había que tratarla como lo que era: un asunto grave.
Los padres de Alba estaban muy preocupados, y los de Nacho también, incluso desesperados, porque no sabían cómo lograr que su hijo parara.
Sin embargo, cuando el chico regresó al colegio tras los cinco días de expulsión cautelar, lo hizo cambiado, con un desinterés total por Alba, o eso aparentaba.
Todo se calmó de forma sorprendente, y ese fue el motivo de que él no planteara como sanción la expulsión definitiva del centro, sino varias semanas sin acudir a clase.
—El director estudió mi propuesta, pero no llegó a tomar una decisión. Tenía dudas y, mientras lo valoraba, ocurrió la desgracia… —finalizó con tono lúgubre.
El siguiente testigo, José Luis Pardo, el director, corroboró todo lo que había explicado el profesor de Matemáticas y se lamentó por no haber actuado con más celeridad. Unos minutos más tarde, se marchó de la sala con rapidez, como si tuviera prisa por dejar todo aquello atrás.
Su lugar frente al estrado lo ocupó Joaquín Martos, el jefe de estudios, que dejó caer su corpachón en aquella silla desangelada, y el magistrado anunció que después de su declaración harían un receso.
El testigo habló con voz queda y coincidió con sus compañeros en sus respuestas. Además, admitió que quizá tendrían que haber sido más duros desde los primeros incidentes, sobre todo teniendo en cuenta el acoso que Alba aseguraba haber sufrido en el otro colegio.
—Pero la mañana del 20 de enero sí decidimos que había que cortarlo de raíz —contestó cuando Paula se interesó por esa apreciación—.
Yo había salido a hacer un recado y, cuando me avisaron, volví corriendo.
El profesor de Lengua estaba con Nacho delante de la jefatura de estudios.
Lo hicimos pasar y nos sentamos con él, pero ya se veía que no estaba ni mucho menos arrepentido.
Lo dejamos allí esperando y fuimos a hablar en privado con el director.
Los tres analizamos lo ocurrido en su despacho y al final José Luis decidió mandarlo a casa cinco días, para evitar que fuera a peor.
Su madre, Olivia —añadió, y la observó de soslayo—, fue a recogerlo destrozada, llorando.
—¿Y cómo vio usted a Nacho en ese momento?
—Igual que antes de que llamáramos a su madre. Desafiante, altivo…
—¿Diría que estaba eufórico? —inquirió Paula. No había olvidado el calificativo que Rafa había empleado para describir la actitud de su amigo la noche del 20 de enero.
El jefe de estudios la miró mientras se rascaba el lunar que tenía en un lado del cuello y que se extendía casi hasta la nuca.
—¿Eufórico? No, eso no.