La doble víctima 91. Caer
66%

91. Caer

Caer

Santiago se encontraba en el despacho del juzgado de guardia.

Acababa de hablar con uno de los policías asignados a la investigación del anónimo y las noticias no eran buenas.

No habían hallado huellas dactilares en la nota que había recibido la mujer, ni siquiera parciales.

Y, por más que habían inspeccionado los alrededores del domicilio, no habían dado con ninguna cámara de vigilancia que les pudiera resultar de utilidad.

Las pesquisas no habían hecho más que empezar y ya estaban en un punto muerto.

Intentó concentrarse en una denuncia por una tentativa de hurto en una tienda de ropa, pero la vibración de su móvil en la mesa lo distrajo enseguida. Miró la pantalla. Era Macarena. Él le había escrito un wasap hacía unos minutos, y su mujer le estaba respondiendo. Releyó primero su propio texto:

Supongo que ya sabes lo del anónimo

Espero que no le deis bombo a esa mierda…

A continuación, pasó a los mensajes de su mujer:

No empieces, por favor. Haremos lo que corresponda

Tu trabajo en esto acabó

Sigo en sala

Nos vemos luego. Buena mañana

Negó con la cabeza. En cierto modo se esperaba esa reacción.

El autor de la nota misteriosa sabía de sobra que aquello era carnaza para la prensa y que los periodistas no lo pasarían por alto.

Al contrario, en un juicio que ya era de los más seguidos, un giro como aquel multiplicaría el interés de la gente.

Los medios le sacarían partido, pero ¿a qué precio?

¿Y si el jurado se desorientaba y le daba al anónimo una importancia que en realidad no tenía?

Alzó la vista al oír que alguien llamaba con los nudillos a la puerta.

—Adelante.

Era la inspectora Amanda Moreno, del Grupo de Estupefacientes de la Policía Nacional. Alta, de piel clara, con los ojos verdes ligeramente rasgados, el cuerpo atlético y los cabellos castaños y ondulados, era ella quien dirigía la operación Leo.

—Pase —la invitó Santiago.

—Buenos días, señoría —lo saludó con una sonrisa. Llevaba una carpeta bajo el brazo—. Menudo jaleo que tienen hoy aquí.

—Ya sabe, el jurado. Está todo el mundo revolucionado.

—Pues a los reporteros se les van a acumular las noticias esta semana —dijo ella con triunfalismo—. Hay novedades.

—Por fin. Me alegra escucharlo. Siéntese.

La inspectora abrió la carpeta y le entregó varios folios grapados. Tenían el escudo de la Policía Nacional.

—Lo primero, puede usted estar tranquilo —afirmó—. Hamilton no ha hilado tan fino como usted creía.

—No la entiendo.

—El inspector Sorozábal me comentó ayer que estaba usted preocupado por algunos detalles que había dado ante el jurado.

—Ah, sí, lo del seguimiento que se le hizo a Rafael Santamaría.

—Eso mismo. Bueno, pues le garantizo que Hamilton no se huele nada. No sospecha que los vigilamos. Aunque su teléfono ya no lo tenemos pinchado, el de su hermano, DiCaprio, sí, como usted sabe, y siguen hablando con total normalidad. De hecho, nos han dado la pista que estábamos esperando.

Santiago ojeó los folios que le había entregado. Era la transcripción de una conversación telefónica intervenida la noche anterior.

—Lo importante está en la página cuatro, donde DiCaprio le cuenta que un cliente de confianza le ha pedido que el jueves por la noche lo lleve a Santoña.

El juez localizó el pasaje al que se refería la inspectora.

—Ya sabemos lo que eso significa —continuó ella—: ha quedado con los narcos colombianos.

Meterá a un yonqui en el asiento trasero con unos cuantos billetes en la cartera por si alguien les da el alto y lo llevará hasta allí fingiendo que va a una cena, a ver a la familia o algo por el estilo.

Luego volverá con la droga metida en las caletas del coche —agregó.

En el argot policial, con el que el juez ya estaba más que familiarizado, las caletas eran los dobles fondos de los vehículos—.

Si lo paran, justificará el trayecto con el cobro del servicio previo.

Y después, lo de siempre: a distribuirlo por Cantabria con la colaboración de su hermano y los demás.

Santiago levantó la vista de los papeles.

—Bien. Hay que preparar el dispositivo. Esta vez tenemos que cogerlos —sentenció.

—Aún no sabemos la hora y el punto de Santoña en el que se producirá la entrega, pero no tardaremos en enterarnos, espero. Seguimos analizando todas las conversaciones en las líneas intervenidas.

—Debe caer toda la red de taxistas, inspectora. Toda. Y los tres narcos también.

—A ellos y a DiCaprio los detendremos en el momento del pase.

Y a su hermano y los demás los arrestaremos a la vez en sus domicilios o sus vehículos.

Desplegaré agentes para que sigan a los que estén de servicio con el taxi.

No se preocupe: ahora sí tenemos todo bien documentado y acreditado.

No se librarán —afirmó con contundencia—.

Y en Galicia nuestros compañeros también están preparados para detener a los traficantes que ayudan a introducir la droga en el país.

Todo estará coordinado para que no escape nadie.

Santiago repasó mentalmente las pruebas que manejaban.

En efecto, habían sido muy meticulosos, y de ahí el tiempo que se había alargado la investigación.

Pensó que él también debería ponerse en contacto con el juez de instrucción de A Coruña para sincronizar la operación desde el punto de vista judicial. Lo llamaría enseguida.

—Buen trabajo, inspectora —la felicitó—. No deje de informarme, por favor.

—Por supuesto, señoría.

Cuando Amanda Moreno salía de su despacho, Santiago se imaginó las portadas del viernes con la noticia del importante golpe asestado al tráfico de drogas en Cantabria.

Satisfecho, salió tras ella para hacerse un café.