90. El tercer testigo
El tercer testigo
Paula dio el interrogatorio por finalizado.
Tras reflexionarlo, había decidido que no merecía la pena insistir en los motivos de Rafa para matar a su amigo ni en los indicios que había contra él.
Aunque el magistrado admitiera esas preguntas, existía una alta probabilidad de que los miembros del jurado se aburrieran por la reiteración, la vieran desesperada y dejaran de tomarla en serio. Y, por extensión, también a su clienta.
No, no cometería ese error de principiante.
Hasta ese momento le parecía que todos habían estado atentos a cualquier detalle, absorbiendo cada palabra.
En eso había tenido suerte con la selección.
A algunos, como el estudiante de Física, incluso los imaginaba expectantes por conocer la versión que la acusada ofrecería sobre los hechos y, en particular, sobre cómo llegó la sangre de la víctima a su cazadora.
Albergaba la esperanza de que, cuando Alba declarara al final del juicio, todo cobrara sentido a ojos del jurado y la duda razonable anidara en su mente.
¿Y si condenaban a la persona equivocada?
¿No era preferible dejar en libertad a alguien quizá culpable que meter en prisión a un inocente?
¿Qué era más injusto, más doloroso? Quería que esas preguntas flotaran en su interior cuando se encerraran a deliberar el último día, que se acordaran de todo lo que no encajaba en aquel caso, de las cuestiones sin resolver que la policía había ido dejando por el camino.
Ese era su objetivo, aunque sabía que no resultaría sencillo.
Unas semanas antes, los padres de la chica le habían sugerido que durante la primera sesión desvelara lo que Alba diría en su intervención, pero ese era otro fallo típico de un debutante.
Salvo que la victoria esté muy clara, hay que guardar silencio hasta el último instante, no dar pistas, no telegrafiar los pasos.
Así se evitan los contraataques y las manipulaciones.
En eso Antonia siempre había sido tajante: los juicios son como una batalla, y no siempre gana el que está mejor armado, sino quien mejor prepara la estrategia.
Sin embargo, Paula tampoco renunciaba a improvisar y a dejarse llevar por su instinto si apreciaba cualquier resquicio que ayudara a esclarecer lo ocurrido.
Por ese motivo presionaba tanto a los testigos.
Había abogados que nunca preguntaban aquello cuya respuesta no conocieran de antemano.
Pero ella no estaba de acuerdo: a veces, el azar, las casualidades y las contradicciones son esenciales incluso para salvar a un inocente, y solo aparecen si se buscan.
En aquel instante no habría sabido decir si se trataba de una casualidad o de algo más inquietante, pero desde luego no se esperaba lo que Murrieta les anunció en cuanto Rafa abandonó la sala cabizbajo.
—Lamento informarles de que el tercer testigo del día, Andrés Gil, no podrá comparecer ante este tribunal.
Se oyeron algunos susurros. Los gestos de confusión fueron generalizados.
¿Cómo que Andrés no iba a comparecer? Paula, que tenía bastantes preguntas preparadas para él, le pidió explicaciones al magistrado.
Murrieta se tomó unos segundos antes de responder, como si estuviera escogiendo las palabras adecuadas.
—Es un asunto de fuerza mayor. La madre del testigo ha llamado hace unos minutos a la oficina judicial para avisar. Lo han hospitalizado de urgencia.
—¿Hospitalizado? —repitió Paula, atónita—. Pero ¿qué…?
—De momento no conozco más detalles —atajó el magistrado dirigiéndose también a la fiscal y al abogado de la acusación—. Aunque eso no debe impedirnos continuar. Pasaremos al siguiente testigo.
Pese a su desconcierto, Inés Calderón y Villar se mostraron conformes.
Ambos consideraban que podrían obtener un veredicto de culpabilidad sin esa prueba.
En cambio, Paula se quedó callada. La mente le bullía mientras hilvanaba ideas.
¿Qué demonios estaba pasando? El anónimo, la hospitalización de Andrés…
¿De veras era una mera coincidencia, una enfermedad repentina?
¿Y si había algo más? ¿Y si alguien no quería que declarara?
—Señoría, solicitamos la suspensión del juicio —dijo con tono solemne.
Los ojos del magistrado se dilataron.
—Letrada, no podemos paralizar el proceso por un testigo. Ya han declarado los otros dos amigos de la víctima y en los próximos días lo harán más personas que estuvieron en la fiesta.
—Pero, señoría, Andrés Gil es el único que puede confirmarnos si Rafael tenía o no un arañazo en el cuello cuando acabó la pelea.
Y también es el único que puede decirnos si Nacho llevaba encima el móvil antes de morir.
Además, fue el último que lo vio con vida…
No es un testigo más. Es fundamental para la causa.
Murrieta se recolocó las gafas. Ya no parecía tan seguro.
—Le insisto en que el testigo está hospitalizado. Y lo que no voy a admitir es que el juicio quede suspendido sin fecha. Además, si la suspensión se prolongase cinco días o más, habría que disolver el jurado, como prevé la ley.
—Pero ¿su vida corre peligro? —inquirió Paula, y se desataron nuevos cuchicheos.
—Ya le he dicho que no tengo más información. Estamos a la espera de que la madre vuelva a llamar. —Se detuvo unos instantes, reflexionando—. Mire, de momento seguiremos adelante, y si el testigo se recuperara antes de concluir las sesiones se le citará de nuevo, ¿de acuerdo?
—¿Y si no recibe el alta a tiempo?
—Entonces dictaré la resolución que proceda —zanjó sin miramientos.
Paula hizo un leve asentimiento. Al menos había ganado cierto margen de tiempo. La fiscal Calderón y Villar no se opusieron.
De pronto, una idea asaltó a la abogada.
Acababa de afirmar que Andrés fue el último en ver con vida a la víctima, tal y como se deducía del atestado y de lo que él mismo declaró durante la instrucción, aunque, ¿y si en realidad Nacho y él no llegaron a separarse?
¿Y si estuvieron juntos todo el tiempo, hasta el final del camino? ¿Y si Andrés…?
Se acordó entonces de Saturnino Cuevas, el anciano que vivía a escasa distancia del punto donde se encontró el cadáver. Aquella noche el hombre oyó voces. Una, según él, era la de Nacho. Pero había alguien más.
Alguien con quien la víctima parecía discutir.