La doble víctima 89. Euforia
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89. Euforia

Euforia

—Señor Vega, puede marcharse o permanecer en la sala —le ofreció Murrieta a Miguel cuando Paula terminó su interrogatorio.

El chico contestó que prefería irse. Se despidió de los padres de Nacho con un gesto y abandonó la estancia.

—Que pase Rafael Santamaría, por favor —le pidió el magistrado a la funcionaria.

Sin embargo, la mujer no salió en su busca, sino que se acercó al estrado.

—¿Qué ocurre? —preguntó Murrieta cuando llegó a su altura, sin darse cuenta de que no había bajado la voz.

La funcionaria, más cuidadosa, se aproximó al oído del magistrado y le murmuró algo que resultó inaudible para los demás.

Murrieta la miró con perplejidad. Luego levantó las palmas de las manos con resignación y le reiteró que llamara al siguiente testigo. Ella asintió y se dirigió a la puerta mientras Paula intercambiaba una mueca de incomprensión con Villar. ¿Qué estaba ocurriendo?

Rafa entró en la sala de vistas siguiendo a la mujer.

Vestía de forma parecida a Miguel y lucía un corte de pelo idéntico, aunque él era moreno y tenía unas cejas mucho más pobladas y unos rasgos duros, intimidantes.

Se le notaba más nervioso que a su amigo.

Al sentarse, cruzó los brazos sobre el pecho en actitud defensiva.

La fiscal no le presionó ni le planteó cuestiones complicadas o comprometedoras.

No le interesaba arrojar aún más sospechas sobre él, e intentó pasar de puntillas por el asunto de la pelea en la discoteca.

El chico le facilitó una versión sobre lo ocurrido aquella noche muy similar a la proporcionada por su amigo Miguel.

Después, el magistrado dio paso a Villar, quien también sometió al testigo a un interrogatorio amable que no aportó ninguna novedad.

—Letrada, su turno —le dijo Murrieta a Paula—. Y cíñase a lo que nos ocupa, ¿de acuerdo? —le advirtió con tono agrio.

Ella hizo un leve asentimiento. Tendría que escoger muy bien sus preguntas.

Decidió comenzar con suavidad, como un depredador en busca del mejor momento para atacar a su presa.

Sin embargo, enseguida comprobó que el chaval no bajaría la guardia.

Cambió de estrategia y trató de apretarlo con el asunto de los celos, pero él se enrocó en que jamás le habría hecho nada a su amigo, ni aunque le hubiera quitado la novia.

Aseveró que el arañazo se lo hizo Nacho durante la pelea a la puerta del Babylon y que después no volvieron a verse.

—Una duda: ¿por qué no cogió usted un taxi? Tenía un trayecto bastante largo hasta su casa.

—Acababa de sucederme eso con Nacho, ¿qué quiere? Necesitaba andar, tranquilizarme —masculló él, que cada vez se mostraba más irritado—. No creo que eso sea nada sospechoso. Andrés y él tampoco lo cogieron, ¿no?

—Usted no está aquí como sospechoso, señor Santamaría —trató de apaciguarlo el magistrado—. Letrada, no voy a permitir que siga así, ¿entendido? Le digo lo mismo que ayer: es un testigo, no un acusado.

Paula asintió y lanzó una ojeada a la bancada del jurado. Los rostros de aquellas once personas le resultaron indescifrables.

De pronto, notó que algo se movía a su lado. Era Alba, que se estaba encogiendo en su asiento como si quisiera hacerse invisible, como si deseara desaparecer. Sin duda, se daba cuenta de que aquella declaración se les escurría entre los dedos.

Se resistió a dar el interrogatorio por perdido y buscó otra vía.

—Pese a la pelea, usted era íntimo de Nacho, ¿verdad? Supongo que se contarían muchas cosas.

Él la miró con desconfianza.

—Algunas.

—De acuerdo. Es que no acabo de entender por qué un día, de repente, Nacho la tomó con Alba, luego la dejó en paz durante casi un mes y en la fiesta volvió a la carga. ¿Hay alguna explicación para esos cambios de comportamiento?

El chico fue tan esquivo como Miguel y no concretó el motivo.

—¿La tarde del 20 de enero usted estuvo con él? —quiso saber Paula—. Me refiero al día en que lo echaron del colegio.

—Sí. Si no recuerdo mal, esa tarde fue a casa de Miguel. Jugaron un rato a la Play y luego fuimos los cuatro al centro.

A Paula le sorprendió que durante su interrogatorio Miguel no hubiera aludido a ese tiempo que pasó con la víctima, aunque lo cierto era que nadie le había preguntado por ello.

—¿Y Nacho no les habló de lo ocurrido con Alba por la mañana ni del castigo que le habían impuesto?

—Sí, pero tampoco mucho. No parecía preocupado, la verdad. De hecho, estaba contento, eufórico.

Paula frunció el ceño. ¿Contento? ¿Eufórico? ¿Por qué?

Se dijo que, a cada minuto que pasaba, entendía menos cosas.