88. La citación
La citación
A Sofía la espera la estaba consumiendo.
La puerta de aquel salón de actos convertido en la sala de vistas aislaba cualquier sonido y era imposible enterarse de lo que sucedía dentro.
Además, al comenzar el juicio un guardia civil había aparecido por el pasillo y les había ordenado a Julio y a ella que se apartaran.
Luego, el agente se había puesto a pasear de un extremo al otro con aire distraído.
Sofía sospechaba que estaba allí para vigilarlos y evitar cualquier conflicto con Rafa, que se encontraba a unos metros apoyado en la pared, en apariencia absorto en su teléfono móvil.
El joven los ignoraba de forma deliberada, y eso la enfurecía todavía más.
A duras penas podía contener el impulso de correr hacia él, agarrarlo y exigirle a gritos que confesara el crimen.
No soportaba esa sensación de impotencia.
¿Y si su hija no se salvaba? El sistema judicial ya les había fallado una vez, cuando llevaron a los tribunales el anterior caso de acoso.
¿Cómo iban a confiar ahora en la justicia, en esas circunstancias?
Sin embargo, no tenían alternativa, no podían hacer nada más que creer en la capacidad de persuasión de Paula y en el raciocinio del jurado.
Le daba cierta esperanza que algunos medios de comunicación se estuvieran cuestionando su postura inicial y que ya no vaticinaran con tanta seguridad la condena de Alba.
Esa mañana había visto un periódico nacional con un titular en la portada que lo decía todo:
¿UNA DUDA RAZONABLE?
El juicio del «crimen del Carnaval» da un giro imprevisto gracias al trabajo de la defensa. Alba Ferrero, la hija de la afamada actriz Sofía Ponte, cada vez más cerca de un veredicto impredecible.
Esperaba que, con un poco de suerte, ese diario hubiera pasado por las manos del jurado.
Oyó pasos a su espalda.
Eran los tres testigos del colegio Picos de Europa que declararían esa mañana.
Al verla, el director frenó en seco.
—Buenos días —farfulló el hombre. Por un instante, pareció que fuera a decir algo más, pero al final guardó silencio.
Joaquín, el jefe de estudios, dio un paso al frente.
—Sentimos no habernos reunido con la abogada —murmuró con evidente incomodidad al tiempo que se pasaba la mano por la cabeza, sin un solo pelo—. No nos permitieron…
Julio hizo un gesto conciliador. No deseaba ningún enfrentamiento con esos testigos, que podían ser relevantes para la decisión del jurado.
—Alba es lo único que importa ahora. Y que no se cometa una injusticia. Ella nunca haría algo así —se atrevió a decir.
Se formó un silencio incómodo que el guardia civil rompió a los pocos segundos.
—¿Quiénes son ustedes? —inquirió con tono marcial acercándose a los recién llegados.
Los tres se identificaron y le mostraron sus carnets.
—A esta hora solo tengo que estar yo, según la citación —aclaró el profesor de Matemáticas—. Ellos dos están citados para dentro de un rato, pero somos compañeros y hemos venido juntos.
—El juicio va con bastante retraso, tengan paciencia —les advirtió el agente, y señaló un punto del pasillo—.
Colóquense ahí y guarden la distancia, por favor.
Aunque se conozcan, deben evitar el contacto entre ustedes.
Y cuando salgan de la sala, abandonen el edificio sin hablar con los demás, ¿entendido?
Sofía los siguió con la mirada mientras se alejaban. Le sorprendía que el profesor de Matemáticas ya estuviera allí. Andrés, que en teoría declaraba antes, aún no había aparecido.