La doble víctima 87. Una tontería
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87. Una tontería

Una tontería

Paula desvió la vista hacia la puerta de la sala de vistas justo cuando entraba Miguel Vega.

Era alto y de tez clara, con el pelo rubio y rapado por los laterales, y las prendas que vestía eran anchas y de marca.

A Paula sus ademanes le resultaron arrogantes.

Era obvio que declarar en un juicio no lo impresionaba en absoluto.

Antes de sentarse delante del micrófono, el joven saludó con una inclinación de cabeza a los padres de Nacho.

La abogada se preguntó si aquel chico no sería uno de los testigos que, según el anónimo, iban a mentir esa mañana.

Estaba segura de que en la sala había más gente planteándose lo mismo; quizá incluso el propio Murrieta, que estudiaba al muchacho con los ojos entrecerrados, como si no se fiara de él.

—La letrada de la defensa tiene la palabra —dijo el magistrado cuando Villar dio por finalizado su interrogatorio.

Nadie movía un músculo salvo Alba, que se había puesto rígida y se estaba llevando la mano derecha a la nariz.

Paula le dio un codazo sutil. Desde el inicio del juicio no la había visto tan alterada.

Comprendía que no debía de ser fácil escuchar en silencio a ese chico y soportar estoicamente todo lo que decía, pero cuanto menos nerviosa pareciera, mejor.

Por suerte, Alba la entendió y se retiró los dedos de la cara.

—Tranquila —susurró la abogada.

Luego se concentró en el testigo, que la examinaba con expresión confiada.

—Buenos días, señor Vega —lo saludó con voz de hielo—. ¿No es cierto que su amigo Nacho tenía problemas con varias personas, además de con mi clienta?

—No sé a qué se refiere.

—Me refiero, en concreto, a lo que pasaba entre Nacho y Rafa.

—Eso no eran problemas.

—Ah, ¿no? ¿No tuvieron una pelea en el Babylon la noche del crimen? ¿No la presenció usted?

—Eso fueron solo unos roces. Nada más.

—Ya, unos roces…

—Sí, por unos celos de Rafa con su novia. Una tontería. Es normal que a veces haya alguna movida, ¿sabe? Pasa todos los días en el colegio. Sin más —remató.

—¿También es normal que lleguen a las manos y que se amenacen de muerte?

El rostro del chaval se ensombreció, y no respondió.

—Aquella noche, cuando los estaban separando, los dos se gritaron que se matarían, ¿no? —lo presionó Paula, que no había olvidado lo que le había contado Esmeralda, la hija del jefe de estudios, hacía algo más de un año.

—¡Eso fue un calentón! —replicó Miguel, que poco a poco parecía perder el control de sí mismo—. Ninguno de los dos lo decía en serio.

—¿Y eso cómo lo sabe?

—¡Porque los conozco! —exclamó, y dio una patada al suelo—. Bueno, a Nacho lo conocía —se corrigió mirando a la madre de la víctima como si quisiera pedirle perdón por haber utilizado el presente—. ¡Rafa jamás haría algo así!

—¿Ni siquiera bajo los efectos de las drogas?

—¡Letrada, improcedente! —masculló el magistrado al instante—. El testigo no contestará a eso.

—Pero, señoría, con el debido respeto, es necesario establecer el estado en el que se encontraba Rafael Santamaría. Es posible que, al igual que Nacho, hubiera consumido estupefacientes y…

—No guarda relación con lo que se está juzgando ahora —la cortó Murrieta sin contemplaciones—. Se inadmite.

La abogada encajó la reprimenda en silencio. Ya se figuraba que el magistrado no le permitiría la pregunta, pero el jurado la había escuchado, y eso era lo importante. Esperaba que la idea calase.

—Señor Vega, ¿vio usted si en el curso de la pelea Nacho arañaba a su amigo o le causaba alguna herida similar?

—No, yo no me fijé, pero Andrés sí. Él vio a Rafa sangrando por el cuello. Él podrá decírselo.

Paula tomó nota de ello.

—Señor Vega, ¿sabía usted que Nacho se drogaba?

El chico le aguantó la mirada durante unos segundos. Después bajó la barbilla y respondió que sí, que lo sabía.

—Pero yo no tomo nada —se apresuró a aclarar.

—Ya. ¿Podría decirnos si era la primera vez que Nacho lo hacía?

Al principio, Miguel no contestó, y el magistrado tuvo que obligarle a hacerlo.

—No, no era la primera vez —acabó reconociendo con voz queda.

—¿Y con qué frecuencia consumía?

—No sé… no sé decirle.

—¿De verdad no lo sabe?

Miguel se pasó la mano por el rostro.

—A ver, pues los findes. Algunos.

—Bien. ¿Y desde cuándo lo hacía, más o menos?

—Eso no lo sé.

Ella arqueó las cejas.

—¿No es capaz de decirnos si lo hacía antes de trasladarse a Santander, por ejemplo? ¿Nunca hablaron de ello?

—Letrada, ya le ha contestado —intervino el magistrado con tono de hastío.

La abogada no protestó. No quería desviar la atención de la siguiente pregunta, la que de veras le interesaba.

—Señor Vega, ¿le contó Nacho si sus padres sabían o sospechaban que se drogaba?

El silencio se adueñó de la sala.

—A mí nunca me dijo nada de eso.

—¿Está seguro? ¿No recuerda ningún comentario al respecto o que se mostrara inquieto, preocupado…?

—A ver, yo no sé si sospechaban algo o no, pero, por lo que él decía, tampoco le hacían mucho caso. Su madre estaba siempre con los libros y los juicios, y su padre, con la empresa, ¿entiende?

De pronto, una idea se deslizó por la mente de la abogada.

—¿Es posible que Nacho estuviera molesto por eso, que sus suspensos vinieran de ahí, como una llamada de atención?

Miguel negó con la cabeza.

—Él iba a lo suyo. Con nosotros. Suspendía porque no estudiaba. Sin más.

—Ya —murmuró Paula al tiempo que se dedicaba a revolver sus papeles.

No se le ocurría con qué proseguir. Sin embargo, sentía que ese chaval ocultaba algo. Las palabras del anónimo resonaron en su cabeza. «Nacho tenía secretos». Decidió que no perdía nada por intentarlo.

—Señor Vega, ¿escondía algo su amigo? Algún secreto, alguna deuda, algún enemigo…

Murrieta, que había adivinado a qué obedecía esa pregunta, le lanzó una mirada de censura, pero permitió que el chico respondiera.

Miguel, sin inmutarse, respondió que Nacho no escondía nada, que él supiera.