86. Otros métodos
Otros métodos
El ascensor se detuvo en la tercera planta del palacio de justicia. Al salir, Santiago casi se dio de bruces con el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Cantabria, Alfredo Sotomayor.
—Ah, justo vengo del juzgado de guardia —le dijo el hombre, que ya superaba la sesentena y vestía un traje gris marengo—. Te estaba buscando.
Esa mañana Santiago llegaba más tarde de lo habitual, y eso que entraba de guardia. Se había retrasado porque la cuidadora de su madre se había dormido.
—He visto que Murrieta y tú me habéis llamado. Estaba de camino, disculpa.
—Sí. ¿Sabes lo del anónimo? —le preguntó Sotomayor.
Santiago hizo una mueca de incomprensión y el presidente del Tribunal Superior de Justicia le contó que, unos minutos antes, Murrieta se había reunido con él porque alguien le había dejado una nota a uno de los miembros del jurado en su casa.
—No me jodas. ¿En serio? ¿Y qué dice?
Sotomayor le informó del contenido del documento.
—La ha recibido una mujer que tiene un negocio de peluquería en su propio chalet —añadió—, así que es fácil hacerle llegar algo así.
Suponemos que por eso la escogieron a ella.
Se la dejaron en el jardín metida en un sobre cerrado.
Seguramente lo lanzaron por encima del muro.
Lo encontró a las once de la noche, cuando salió a tirar la basura.
—¿Había cámaras?
—No, al menos en la vivienda no. Lo tienes todo en el juzgado de guardia.
—De acuerdo, me pondré con ello. ¿Qué va a hacer Murrieta?
—Va a informar de lo ocurrido al abrir la sesión.
—¿Con toda la prensa delante? —exclamó Santiago, atónito.
—Sí. De hecho, debe de estar haciéndolo ahora mismo.
—Joder, pero tendría que decírselo solo a los abogados y a la fiscal, ¿no? En privado. ¿A qué viene tanta transparencia?
Sotomayor hizo un gesto ambiguo.
—Lo estuvo valorando, pero al final decidió no ocultar nada.
No quiere arriesgarse a que algún periodista se entere por sus propios medios y lo filtre, o que haya un veredicto de no culpabilidad y después los padres de la víctima monten un escándalo poniendo en tela de juicio la independencia del jurado.
En un caso con tanto impacto, me parece una postura razonable, la verdad.
Y ya sabes que la decisión depende de él, según la ley.
Santiago chasqueó la lengua. Lamentaba no haber estado en esa reunión.
—Dando pábulo a ese anónimo solo conseguirá generar dudas y dar alas al responsable.
¿Y si los jurados reciben más o alguien intenta manipularlos de otro modo?
El caso está claro y bien atado, Alfredo —masculló contrariado—.
Alguien pretende darle la vuelta jugando sucio, y no deberíamos permitirlo.
Mientras hablaba, una idea se abrió paso en su mente.
¿Y si la autora de la nota era la abogada de la acusada?
¿Y si, ante las dificultades para ganar respetando las reglas, había recurrido a otros métodos?
Estuvo a punto de verbalizar sus pensamientos, pero Sotomayor apreciaba a Paula Soler y a su jefa, y era consciente de que el comentario no le agradaría.
—También por eso Murrieta ha querido hacerlo público, para lanzar un aviso de que esto no se va a tolerar —dijo Sotomayor—. En fin, quería que lo supieras antes de que lo sacara la prensa.
Santiago le dio las gracias por la deferencia y se despidieron.
Después se quedó quieto en el pasillo pensando en todos los tertulianos, incluida su esposa, que esa tarde se dedicarían a hacer cábalas sobre el misterio del anónimo, probablemente con los miembros del jurado escuchando con atención al otro lado de la pantalla.