La doble víctima 85. La nota
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85. La nota

La nota

El caos se desató en cuanto los vieron cruzar la calle.

Los periodistas arremolinados en torno a las puertas del complejo judicial rompieron filas y corrieron hacia ellos en tropel.

Julio y Sofía recordaron las consignas que la abogada les había dado la tarde anterior, aunque llevaban escuchándolas ya más de un año: «Nada de declaraciones.

Nada de entrevistas. Lo que tengáis que decir, se lo diréis al jurado».

—Señora Ponte, ¿qué va a decir hoy? ¿Su hija es inocente?

—Señor Ferrero, ¿qué opina de la familia Guerra? ¿Quiere transmitirles algún mensaje? ¿Va a decirles algo allí dentro?

Ambos apretaron el paso haciendo caso omiso de los micrófonos y las cámaras que ya los rodeaban.

Al cabo de unos segundos, lograron escabullirse y cubrir el camino que los separaba de la entrada.

En realidad, ellos no estaban citados para declarar hasta el final de la mañana, pero querían estar en el edificio desde primera hora y aguardar en los pasillos a que llegara su turno.

Sofía le había prometido a Paula que mantendría la compostura y que no se repetiría lo ocurrido en la instrucción, cuando Alba declaró ante el juez Santiago Belmonte y ella comenzó a chillar de forma descontrolada.

La abogada llegó al palacio de justicia un poco después.

El pasillo de la sala de vistas estaba abarrotado de gente, y había más cobertura mediática que el día anterior.

Faltaban cinco minutos para las nueve, y se fijó en que los padres de Alba ya se encontraban allí.

Los saludó y miró a su alrededor. La fiscal Calderón, Villar y los padres de la víctima estaban juntos, ligeramente apartados, junto a unas escaleras.

Cerca de la puerta divisó a Miguel y a Rafa, dos de los amigos de la víctima, que le estaban mostrando su carnet de identidad a la funcionaria de la Audiencia Provincial.

Ellos serían los primeros en declarar. Después lo haría Andrés, el otro integrante de la pandilla, a quien no veía por ninguna parte.

Paula se puso la toga, que llevaba guardada en su maletín, y se aproximó con discreción a la sala de vistas. La puerta estaba entornada y quería comprobar si todo estaba preparado para empezar puntuales. La mañana sería larga.

Al asomarse, advirtió que el magistrado y los miembros del jurado estaban de pie al fondo de la estancia, junto al estrado.

Murrieta conversaba con semblante preocupado con uno de ellos, una mujer de mediana edad que le estaba mostrando una bolsa de plástico transparente con cierre hermético, como las que se usan para llevar bocadillos. Dentro había un sobre blanco.

Intrigada, Paula se acercó aún más, pero la funcionaria, que ya había terminado de revisar los carnets, apareció por su espalda y le espetó:

—Oiga, retírese de aquí, ¿de acuerdo? Ya la avisaremos cuando esté todo listo.

La abogada dio un respingo e intentó hacerse la despistada, pero ya era tarde para eso. Entonando una disculpa, se encaminó al otro lado del pasillo.

Sofía, que no había dejado de observarla y parecía al borde del colapso, dio unos pasos hacia ella y le preguntó con un balbuceo si todo iba bien.

—Sí, eso creo —respondió meditabunda, sin comprender qué podía significar lo que acababa de presenciar. ¿Qué era ese sobre?

Media hora más tarde, todos continuaban en el pasillo. Habían visto al magistrado abandonar la sala en dos ocasiones con gesto tenso, y Paula no dejaba de preguntarse qué demonios estaba pasando.

Al fin, la funcionaria anunció que la fiscal y los abogados podían pasar.

Acto seguido, lo hicieron los periodistas y el público.

Después, dos agentes de policía condujeron a la acusada al interior de la sala.

Alba estaba aún más lívida que la jornada anterior y tenía los labios violáceos, como si hubiera estado expuesta al más crudo frío invernal.

Cuando la chica se colocó a su lado, Paula le acarició el hombro y le sonrió.

Apenas tuvo unos instantes para interesarse por su estado, puesto que el magistrado empezó a hablar con voz potente y atrajo toda su atención.

—Buenos días. Silencio, por favor —ordenó, y se ajustó las gafas al puente de la nariz con aire torvo—. Antes de comenzar con la primera testifical, debo informar a las partes de un hecho inesperado y desagradable —dijo mirando a la fiscal y a los abogados con expresión de gravedad.

De soslayo, Paula vio que Calderón y Villar parecían tan desconcertados como ella. ¿Qué significaba aquello?

Con ademanes lentos, Murrieta cogió un papel de su mesa y lo mostró.

—Anoche, un miembro del jurado recibió una nota como esta en su domicilio. Sin firma.

Hubo un momento de estupor generalizado durante el que nadie habló. Luego los murmullos estallaron e invadieron toda la sala.

Paula leyó el texto, escrito a ordenador, con letras grandes, mayúsculas y en negrita.

AYER LOS PADRES DE LA VÍCTIMA MINTIERON.

HOY OTROS TESTIGOS LO HARÁN.

NACHO TENÍA SECRETOS.

Contuvo el aliento y lo releyó mientras calibraba el impacto que ese documento podía tener en el juicio.

Examinó el rostro de los jurados. Todos parecían alterados, aunque la más afectada, sin duda, era la mujer que unos minutos antes le estaba enseñando la bolsa de plástico al magistrado.

Estaba claro que era quien había recibido la nota.

De pronto, Samuel Guerra se levantó de su asiento, en la primera fila. Había enrojecido y tenía los puños apretados.

—¡Esto es un escándalo! —exclamó al tiempo que clavaba la vista en su abogado, como si le demandara que hiciera algo—. ¡Nosotros no hemos mentido!

—Señor Guerra —dijo Murrieta—, tranquilícese y haga el favor de sentarse.

Samuel amagó con desobedecer, pero el magistrado le dirigió una mirada feroz y el hombre acabó acomodándose de nuevo junto a su esposa, que había perdido todo rastro de color en la cara.

Paula aprovechó para intercambiar un gesto de asombro con Alba, que la observaba con los ojos como platos.

—Pero ¿tú sabes quién…? —musitó la chica.

La abogada negó con la cabeza.

—No tengo ni idea.

—Este magistrado no va a permitir que se ponga en riesgo la independencia del jurado —dijo Murrieta muy serio—, y se abrirá la oportuna investigación.

Por lo demás, los miembros del jurado son conscientes de que esto no debe afectar al veredicto.

El juicio, pues, continúa. Simplemente quería ponerlo en conocimiento de las partes.

Ni la fiscal Calderón ni Villar protestaron, aunque su malestar por lo acontecido con aquella nota era evidente.

—Que pase el primer testigo, por favor: Miguel Vega —ordenó Murrieta.

El magistrado pretendía dar por zanjado el asunto del anónimo por la vía rápida, pero Paula, como muchas otras personas allí, aún seguía pensando en ello.

¿De veras los padres de Nacho habían mentido?

Y, de ser así, ¿en qué parte de su testimonio y por qué razón?

¿Y qué otros testigos se suponía que también faltarían a la verdad esa mañana?

El autor del texto no daba nombres, ni siquiera se identificaba.

Tampoco proporcionaba una sola pista sobre esos supuestos secretos de Nacho.

¿Qué le llevaba a actuar de forma tan enigmática?

¿Acaso era todo un embuste? ¿Acaso solo buscaba confundir al jurado?

Las confusiones y las dudas, en general, beneficiaban a la defensa.

La funcionaria abrió la puerta de la sala para llamar a Miguel Vega.

Desde su posición, Paula divisó a Julio al otro lado del pasillo.

La miraba fijamente.