83. Las tardes con Penélope
Las tardes con Penélope
Mientras Paula se reunía con los padres de Alba en su despacho, a varios kilómetros de allí dos maquilladores daban los últimos retoques al rostro de Macarena Ortiz.
Aunque se encontraba en los estudios de la emisora, esa tarde su voz no viajaría a través de la radio.
Iba a debutar en televisión. En concreto, en el famoso programa Las tardes con Penélope , que esa semana iba a dedicar todos los días un espacio a analizar lo ocurrido en el juicio.
El caso del «crimen del Carnaval» había acaparado tanto interés mediático que los directivos del grupo audiovisual para el que trabajaba habían decidido echar mano de ella, una de las periodistas radiofónicas más destacadas de la región, y colocarla delante de las cámaras.
Desde luego, no pensaba desaprovecharlo.
Eso sí, había dejado bien claro que no hablaría de cuestiones personales relacionadas con su marido ni de nada que no fuera estrictamente el procedimiento judicial.
Estaba allí como comunicadora de reconocido prestigio que, además, residía en Cantabria y era experta en tribunales.
El resto, por mucho que pudiera provocar cierto morbo, era irrelevante, y no estaba dispuesta a medrar valiéndose de su matrimonio. De ninguna manera.
El programa se emitía desde el plató de Madrid y ya estaban allí todos los colaboradores, salvo ella, que se conectaría desde Santander.
—¿Lista? —le preguntó un técnico vestido de negro.
—Sí —susurró ella. A pesar de su dilatada trayectoria, notó cómo el corazón le bombeaba con fuerza en el pecho.
El hombre se llevó el dedo índice al pinganillo que tenía en la oreja e hizo un asentimiento con la cabeza. Otro técnico se acercó a ella y colocó una cámara a menos de un metro de su cara. Una luz roja parpadeaba junto al objetivo.
Tras hacer algunos ajustes, el cámara hizo una señal con la mano y el otro miró fijamente a Macarena.
—Pues entramos en tres, dos, uno…
Por el pinganillo de Macarena sonó una sintonía pegadiza y los nervios le treparon por el estómago.
—Bienvenidos a Las tardes con Penélope —abrió el programa con entusiasmo la presentadora, que a continuación dio paso a los colaboradores que la acompañaban aquella tarde.
Cuando llegó su turno, Macarena trató de dirigir a la cámara una sonrisa elegante, segura, y luego saludó a la audiencia con un cálido «Buenas tardes».
Poco a poco se relajó y fue sumándose a las intervenciones para aportar su visión sobre el primer día de juicio.
Al haber estado en la sala de vistas como reportera, su información era privilegiada, de primera mano, y no tardó en ganar protagonismo.
—Creo que ha habido varias sorpresas esta mañana, ¿no, Macarena? —le dijo la presentadora—. ¿Tú cómo has visto a la acusada? Cuéntanos, por favor.
Macarena cruzó las piernas y dejó pasar unos segundos para aumentar el suspense.
—Creo que «como en una montaña rusa» lo definiría bien.
Al principio, estaba alicaída y desorientada, como si le costara hacerse a la idea de que aquello era real.
Pero después, cuando su abogada ha tomado la palabra, su ánimo ha cambiado un poco, dentro de lo que era la situación y su gravedad, obviamente.
—Según parece, Paula Soler ha destapado varios errores en la instrucción de la causa, ¿no es así? —De fondo, en una pantalla gigante, apareció una fotografía de la letrada tomada esa misma mañana.
—Bueno, yo no diría tanto como eso —respondió Macarena, que no quería que la conversación virara hacia la labor desempeñada por su marido—. Pero sí, ha puesto de relieve algún punto que genera dudas. Y con ello ha dado una buena pista de por dónde irá su defensa…
Mientras la presentadora volvía a intervenir, en Liencres, en el salón de su casa, Santiago Belmonte se levantó del sofá.
—Mamá, ¿te preparo una infusión?
—No, no —respondió ella sin apartar los ojos de la pantalla.
La mujer, de edad avanzada y con la movilidad muy reducida, estaba pasando una temporada en Cantabria con ellos y adoraba a Macarena.
Santiago también se alegraba del salto de su esposa a la televisión, y era consciente de la ilusión que aquello le hacía.
Por eso se había esforzado en apoyarla al máximo y no ponerle ningún reparo ni hacer comentarios que pudieran irritarla o desanimarla.
Hacía meses que se había prometido cuidar su relación.
Del mismo modo, también se convenció de que tenía que reducir sus arrebatos y, en resumen, la intensidad con que lo vivía todo, incluidos los casos que llevaba.
Aun así, en aquel momento no pudo evitar sentir cierta incomodidad. ¿Y si le preguntaban a Macarena directamente por él, a pesar de los límites que ella había marcado? En la práctica, sería muy difícil de esquivar.
Y luego estaba la otra cuestión. ¿Y si las nueve personas que iban a juzgar a Alba Ferrero estaban viendo el programa en ese instante y empapándose de cada palabra que aquellos periodistas pronunciaban?
¿Qué efecto podía causar en el jurado una opinión vertida en un sentido o en otro?
Porque, a diferencia de lo que mucha gente creía, en España no se llevaba al jurado a un hotel al finalizar cada sesión para mantenerlo aislado.
No. Hasta el momento de la deliberación, sus integrantes regresaban a casa con total normalidad.
Y allí nadie podía controlarlos.