82. La vida por delante
La vida por delante
Eran las cuatro de la tarde cuando Paula entró en el edificio del bufete.
Le habría gustado subir las escaleras y encontrarse a Antonia aguardándola para comentar juntas los detalles del juicio de esa mañana, cada resquicio que se abría y se cerraba, como en los viejos tiempos, pero por el momento eso no era posible.
Y no estaba segura de si en un futuro próximo volvería a serlo.
Antonia continuaba sufriendo aquella horrible enfermedad.
Se había sometido a dos intervenciones quirúrgicas y a un duro tratamiento oncológico cuyo resultado aún era incierto.
Había perdido todo el pelo y mucho peso, y presentaba una debilidad sobrecogedora.
A lo largo de ese año había hecho ademán de incorporarse al trabajo, aunque fuera echando una mano, pero le fue imposible.
No lograba concentrarse y se mareaba. Costaba imaginársela recuperada, haciendo vida normal y ejerciendo otra vez de capitana del despacho, aunque ni sus compañeros ni su familia perdían la esperanza de que al fin llegara la ansiada mejoría, el retroceso del cáncer.
De hecho, las últimas analíticas habían salido mejor de lo esperado, y el jueves recibiría los resultados de otras que, según los médicos, permitirían conocer en qué punto se hallaba.
En el hospital confiaban en un escenario favorable. El otro, nadie quería planteárselo.
En todo ese tiempo a Paula no le había quedado otro remedio que hacerse con las riendas del bufete y trabajar con ahínco para mantenerlo en la cúspide, como su jefa se merecía.
Lo estaba consiguiendo y por eso, pese a que no veía a su hijo y a Teresa tanto como le gustaría, se sentía orgullosa.
Antonia necesitaba todo su apoyo en el peor momento de su vida, y ella se lo estaba dando.
No podía negar que en ocasiones le venía a la memoria aquel proceso de selección en Iberian Labs que dejó pasar, pero en el fondo no se arrepentía de su decisión.
Para ella, la lealtad era lo primero. Eso lo tenía claro.
Por fortuna, Teresa la seguía apoyando sin fisuras, y el pequeño Martín, aunque alguna vez protestaba por sus prolongadas ausencias, siempre la recibía con carcajadas y unas ganas interminables de jugar a cualquier cosa. Su risa era un bálsamo para ella.
En el despacho también se sentía respaldada.
Con Marina, la secretaria, la relación siempre había sido inmejorable.
Esa tarde Paula la saludó afectuosamente nada más cruzar el umbral.
Acto seguido, fue a ver a Álvaro, la gran apuesta de Antonia para suplir su baja.
No solo se había revelado como un profesional competente e incansable, sino también como un compañero agradable y cercano, e incluso un amigo.
—Ah, llega la celebrity —dijo él con sorna, y le guiñó un ojo.
Paula esbozó una leve sonrisa y se dejó caer en una silla al otro lado del escritorio.
—Estoy reventada.
Tras aquella mañana maratoniana, el cuerpo le demandaba una tregua, pero hasta el sábado no podría dársela.
Ese juicio era el más importante de su carrera y no estaba dispuesta a dejar nada al azar ni a la improvisación.
Tenía la intención de encerrarse y dedicar toda la tarde a repasar la estrategia y los interrogatorios del día siguiente.
Para la sesión del martes estaban citados como testigos los tres amigos de la víctima, el director del colegio Picos de Europa, el jefe de estudios, el profesor de Matemáticas que instruyó el expediente disciplinario contra Nacho Guerra, así como los padres de Alba.
Sería otra jornada extenuante y tan crucial para el veredicto como la primera.
Además, ni los amigos de Nacho ni los miembros del colegio habían aceptado reunirse con ella para preparar el juicio, y no era fácil predecir qué iban a declarar.
El único con el que había logrado hablar por teléfono unas semanas atrás era Joaquín, el jefe de estudios, y la breve conversación que mantuvieron la tranquilizó en cierta medida, aunque no debía confiarse.
El hombre le reconoció que sus compañeros y él no tenían inconveniente en entrevistarse con ella, pero que el consejo de administración se lo había prohibido y debían acatar la orden.
En las altas esferas académicas no querían que diera la impresión de que la institución estaba colaborando con la acusada.
En cualquier caso, él le prometió transparencia y no dejarse influir por la presión que flotaba en el ambiente para que se hiciera justicia, fuera lo que fuera eso.
Se limitaría a decir lo que recordaba de Alba y Nacho.
Eso, creía ella, era positivo, porque resultaba obvio que Joaquín no le profesaba ningún aprecio a Nacho.
En cambio, con los padres de Alba tenía buena relación, como quedó demostrado un año atrás cuando aceptó reunirse con ellos tras la detención de la chica.
Y la situación de Alba, a juzgar por sus palabras, parecía afectarle.
Paula intuía que las declaraciones de los amigos de Nacho perjudicarían a Alba, pero confiaba en que tanto los tres empleados del colegio como los padres de la chica sirvieran de contrapunto y le permitieran mantenerse viva en el combate judicial un día más.
—¿Has hablado con Antonia? —le preguntó Álvaro sacándola de sus pensamientos.
—Eh, no. No me ha cogido el teléfono. Estará en la siesta. Luego volveré a intentarlo. Quiero que me dé su opinión.
—Por lo que he leído, hoy no te ha ido mal, ¿no?
Paula balanceó la cabeza. Le costaba ponerse en el lugar de los miembros del jurado.
¿Qué estaría pasando por su mente después de lo que habían escuchado?
Si tuviera que apostar, diría que la mayoría, si no todos, se inclinaba por el veredicto condenatorio a pesar de las lagunas y las incoherencias que habían aflorado. Por ahora.
—Sigo pensando que tendríais que haber aceptado el acuerdo que os propuso Inés hace tiempo —murmuró Álvaro mientras se ajustaba el nudo de la corbata.
Ese era uno de los momentos en que a Álvaro se le escapaban ramalazos de su anterior trabajo.
Sí, la lógica invitaba a pensar eso: ante una posible condena a quince o veinte años de prisión, lo razonable era aceptar diez y renunciar a luchar.
Rendirse. Confesarse culpable y no ir a juicio.
Esa era la oferta de Inés, a la que se había unido Villar.
Mejor un mal acuerdo que un buen pleito, solían decir muchos abogados y fiscales experimentados. Pero ¿qué pasaba con los inocentes?
Alba se había negado en redondo a un pacto así, y sus padres la respaldaron sin dudarlo.
Paula no olvidaba la reacción de la chica cuando le deslizó los términos del posible acuerdo por primera vez: las lágrimas asomando a sus ojos, la desesperación que le contrajo el rostro, la forma en que sacudía la cabeza…
La entendía. Si aceptaban, no habría manera de evitar que pasara una larga temporada entre rejas.
Era cierto que podría volver a la calle siendo joven, «con toda la vida por delante», en palabras de Álvaro, pero ¿qué vida era esa?
Desde luego, no la que disfrutaba hasta aquella fatídica noche.
Esa jamás regresaría. La condición de asesina la perseguiría para siempre, hasta el fin de sus días, como una sombra, y nadie creería que se declaró culpable solo para reducir la condena.
La sentencia diría que, con dieciocho años recién cumplidos, mató a un compañero de colegio para vengarse, y ya nadie lo pondría en duda.
Aunque… ¿y si la condenaban a veinte años, como pedía Villar?
—No sé, Álvaro. Al menos eso lo decidieron ellos —suspiró. La tranquilizaba no ser la responsable.
Marina se asomó por la puerta e interrumpió la conversación.
—Paula, los padres de Alba Ferrero están aquí. ¿Qué les digo?
La abogada alzó las cejas. No tenían ninguna cita concertada.
Además, no era conveniente que se vieran con ella.
Tenían la condición de testigos y, según la ley, una vez comenzado el juicio debían evitar todo contacto con otros testigos e incluso con los abogados.
El propósito de esa norma era que quienes fueran a declarar ante el tribunal no tuvieran conocimiento de lo que habían respondido antes otras personas.
De ese modo, en teoría, se evitaba que pudieran contaminarse entre sí o acordar versiones.
Aunque no podía negarse que, en pleno siglo XXI , esa finalidad ya no tenía mucho sentido, especialmente cuando, como en aquel caso, el juicio se extendía a lo largo de varias sesiones y bastaba con encender la televisión o abrir un periódico digital en el móvil para enterarse de casi todo.
Según el Tribunal Supremo, que se produjera una comunicación indebida entre testigos, o entre testigos y abogados, no implicaba la nulidad de la prueba, aunque sí podía afectar a la credibilidad del testimonio si se sospechaba que el declarante no estaba siendo espontáneo y veraz.
Paula, que ya tenía bastante en contra, no quería colocarse en peor situación, pero comprendía la ansiedad de esos padres y el motivo que los había llevado hasta allí.
Al mediodía les había mandado un mensaje para decirles que todo había salido bien, aunque, lógicamente, eso no era suficiente.
Se imaginaba que habrían estado siguiendo los programas especiales emitidos por las principales cadenas de televisión y que se hallarían al borde del ataque de nervios.
En esos cinco días su hija se lo jugaba todo.
Y ellos también. Aunque probablemente eso era lo que menos les importaba.
Tras el escándalo de la detención de Alba, las productoras habían cancelado todos los proyectos con Sofía, y hacía tiempo que las campañas publicitarias, las alfombras rojas y las cenas de gala habían desaparecido de su agenda.
Tampoco sus amigos y sus antiguos compañeros del mundo del cine parecían acordarse de la famosa y carismática actriz. Sofía Ponte había caído en desgracia.
Julio llevaba varios meses sin trabajo, después de que Moguer & Cía.
hubiera extinguido inesperadamente su contrato de alto directivo.
Era incapaz de encontrar otro empleo, y eso lo hundía todavía más.
Su único consuelo era que los ahorros de ambos eran cuantiosos y que la abultada indemnización que le habían pagado en la empresa les daba un amplio margen para buscar el modo de rehacerse.
A Nico, el hijo pequeño, lo habían cambiado de colegio, pero eso no evitaba que fuera blanco habitual de menosprecios y burlas.
Poco quedaba del niño risueño de un año atrás.
Había crecido a marchas forzadas y su humor se había vuelto hosco y sombrío.
Era raro el partido de fútbol en el que no lo expulsaban por su juego violento.
El único horizonte de esa familia parecía ser la fecha del veredicto, que veían como una tabla de salvación. No pensaban en nada más que en ese día y en la absolución de su hija, lo que les permitiría volver a empezar, reconstruir sus vidas.
Eso, como abogada, a Paula la presionaba sobremanera.
La responsabilidad era enorme y sus posibilidades, muy reducidas.
Además, de vez en cuando las dudas se le enroscaban en la garganta.
¿Y si después de todo Alba era culpable?
¿Y si había heredado las extraordinarias dotes de actriz de su madre y no hacía otra cosa que interpretar un papel?
Pero ¿qué pasaba con los datos que no encajaban?
Paula se dijo que, llegados a ese punto, no perdía nada por recibir a esos padres deshechos e insuflarles ánimos. Además, era razonable que, como letrada de su hija, tuviera contacto con ellos.
Y los necesitaba con fuerzas y determinación para el día siguiente.