La doble víctima 81. Un despiste
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81. Un despiste

Un despiste

La madre de Nacho Guerra no abandonó la sala.

Ocupó uno de los pocos asientos reservados en la primera fila y contempló con el rostro inflamado la entrada de su esposo.

Él caminó dando pasos cortos y se sentó en la silla.

Vestía un traje gris con corbata y se había peinado con una impecable raya a un lado, pero esa elegancia contrastaba con el nerviosismo que exudaba.

El magistrado le hizo las correspondientes advertencias legales y, a continuación, fue el turno de la fiscal, que condujo el interrogatorio del mismo modo que con Olivia.

Samuel corroboró punto por punto lo que había dicho su mujer y admitió lo mucho que les angustió la conducta de su hijo durante aquellos días, sobre todo porque no acertaban a corregirla.

—Quisimos ir a un psicólogo con él, pero fue imposible…

—¿Llegó usted a temer por su puesto de trabajo?

Samuel meditó la respuesta.

—Lo cierto es que sí. No tenía dudas de que los del consejo de administración confiaban en mí, pero Julio era el director general desde hacía años y había acaparado mucho poder…

—Si no me equivoco, en este momento es usted quien ocupa ese cargo.

—Sí. Pero le aseguro que preferiría no serlo y que nada de esto hubiera pasado.

—La noche de los hechos —continuó Inés mirando de reojo a la abogada—, ¿a qué hora llegó usted a casa?

—Ah, se refiere a la hora que marcó el datáfono del taxista, ¿no? —adivinó él.

—Sí, exacto.

—Aquello fue un despiste. Cuando declaré ante la policía, estaba convencido de que serían algo más de las tres y media. Supongo que, salvo que el aparato estuviera mal, se nos hizo un poco más tarde.

Paula lo examinó desde su sitio. ¿Estaba diciendo la verdad? Se retorcía las manos, aunque lo llevaba haciendo desde que había comenzado a testificar.

—Se comprobó y la hora que registró era correcta: las tres y cincuenta y seis minutos —informó la fiscal para despejar cualquier duda.

—Pues entonces sería esa, sí. Pero de lo que dije, todo lo demás es cierto: me bajé del taxi, abrí la puerta de la verja y luego entré en el portal. No miré hacia la cuesta.

—No vio, entonces, a Alba en el banco, ni tampoco a su hijo, claro —quiso cerciorarse Inés.

Él respondió que no.

—¿Tampoco oyó nada cuando entró en casa y se preparó para acostarse? Algún grito…

La barbilla del hombre tembló.

—No. Ojalá hubiera escuchado algo. Así quizá habría evitado que…

La garganta debió de cerrársele, pues dejó la frase flotando en el aire.

Durante unos segundos, la sala quedó suspendida en un silencio desgarrador. La fiscal consideró que aquella era una buena manera de terminar y le hizo un gesto elocuente al magistrado.

—Letrado de la acusación particular, su turno —indicó Murrieta.

Con semblante sereno, Villar esperó a que su cliente se recompusiera. Luego le pidió algunas aclaraciones que tampoco aportaron demasiado.

A continuación, Murrieta dio paso a Paula.

—Letrada, solo cuestiones útiles y pertinentes, por favor —la apercibió mientras se ceñía las gafas al puente de la nariz.

—Sí, señoría —dijo ella, y paseó la mirada por la sala hasta posarla en los miembros del jurado. Todos la observaban en estado de alerta. Eso, según su experiencia, indicaba que dudaban, que no tenían el veredicto decidido y que estaban abiertos a escuchar, a cuestionarse la versión de la policía.

Se giró hacia Alba. De pronto estaba lívida y con los ojos apagados como dos pozos negros. Sin duda, era consciente de que aquella sería la última intervención de la mañana. Luego se la llevarían de vuelta a la cárcel hasta el día siguiente.

—Señor Guerra —comenzó Paula con voz autoritaria—, la noche del crimen usted vio a su hijo por el centro de Santander, ¿verdad?

—Sí, eso fue lo que le dije a la policía —contestó Samuel, que seguía retorciéndose las manos—. Creo que eran alrededor de las tres, pero ya no me atrevo a asegurarlo. No consulté la hora, si le soy sincero.

—¿Podría concretarnos dónde se encontraba usted en ese momento?

—En un bar al principio de la calle Castelar, a pocos metros de la rotonda de Puertochico. Estaba fumando con unos compañeros en la entrada y pasó un grupo de chavales. Iban disfrazados, pero lo reconocí.

—¿Recuerda con quién estaba su hijo?

El hombre entrecerró los ojos, haciendo memoria.

—Pues… creo que estaba con Andrés y que justo detrás iban otros chicos.

—Ya sabrá que se dirigían a la discoteca Babylon, muy cerca de donde usted se hallaba. En concreto, al otro lado de la rotonda…

El semblante de Samuel se endureció.

—No entiendo qué importancia tiene eso.

—Podría tenerla. ¿Recuerda de qué hablaban?

—¿Quiénes? ¿Andrés y mi hijo?

—Sí.

—No lo sé. No estaba pendiente.

Ella ladeó la cabeza como si sopesara la siguiente pregunta, aunque no era más que una pose para que el testigo se relajara creyendo que el interrogatorio comenzaba a languidecer. Se dispuso a asestar el primer golpe.

—Dígame: ¿no es cierto que usted escuchó a uno de esos chicos, quizá a su propio hijo, comentar algo sobre el nuevo incidente con Alba?

—¿Qué? ¡No! Pero ¿qué…?

—¿Tampoco lo vio consumiendo drogas por la calle?

—¡No, no! ¡Nosotros no sabíamos nada! ¿Cómo se atreve a…?

—Usted declaró ante la policía que volvió a casa en un taxi que compartió con tres compañeros de trabajo. ¿Dónde lo cogieron? —preguntó ella sin darle un respiro.

Samuel se mostró desconcertado ante el cambio de rumbo que había dado la abogada.

—Eh…, enfrente del bar. Llamamos por teléfono.

—Pues hay una parada bien cerca. Enfrente del Babylon, de hecho.

—Bueno, nosotros llamamos por teléfono. Por comodidad. No le miento. Si quiere le enseño el registro. Aunque haya pasado un año, supongo que lo tendré…

—No es necesario, gracias. Acláreme una cosa: ¿usted fue el primero en bajarse?

—¿Del taxi? No, el último. ¿Por qué?

Ella hizo caso omiso a la pregunta del testigo.

—¿Cuánto duró el viaje aproximadamente, teniendo en cuenta los desvíos que me imagino que tomarían? —inquirió.

—Pues no estoy seguro. Quizá unos veinte minutos o así. Puede que algo menos.

Paula asintió satisfecha. Era la respuesta que esperaba.

—O sea, que usted debió de subirse al taxi alrededor de las tres y treinta y seis minutos, si los cálculos no me fallan.

—Por ahí, sí.

—Se lo comento porque su hijo se marchó de la discoteca justo a esa hora…

El hombre parecía aún más desorientado, como si no acertara a comprender a dónde quería ir a parar la abogada.

—¿Y qué más da eso?

—Pues mire, eso significa que Nacho y usted llegaron a Joaquín Costa prácticamente a la misma hora. Si usted sabía que su hijo iba a aparecer en cualquier momento, pudo decidir esperarlo en la calle.

Samuel enrojeció hasta las raíces al entender lo que estaba insinuando la abogada. Ella se dispuso a concretarlo para asegurarse de que los miembros del jurado seguían su razonamiento:

—Señor Guerra, ¿no es cierto que usted no quería molestar a su esposa y que, tras bajarse del taxi, aguardó a Nacho junto al portal y que todo se descontroló cuando…?

—¡Letrada! —bramó el magistrado, furioso—. Es un testigo, no un acusado. ¡No puede hacerle esas preguntas!

—Señoría, en la instrucción pedimos que se le investigara y…

—¡Eso es irrelevante y usted lo sabe! —le espetó Murrieta antes de girarse hacia el jurado—.

Esas dos últimas preguntas no podrán tenerlas en consideración, ¿de acuerdo?

Olvídenlas. Quedan inadmitidas ahora mismo.

Y, letrada, como vuelva a hacer algo así le impondré una multa por mala fe, ¿me ha entendido?

Paula simuló estar arrepentida, aunque sabía que aquellas personas no olvidarían lo que acababan de escuchar.

—¿Ha terminado? —gruñó el magistrado.

—Sí, señoría.

—Bien. Damos por terminada la sesión. El jurado puede retirarse.

Se formó un gran estrépito mientras todo el mundo se levantaba.

Paula vio que los agentes encargados de la custodia de Alba se acercaban a ellas y se apresuró a pasarle el brazo por el cuello y apretarla contra sí.

—Todo irá bien, te lo prometo —le susurró—. Esto acaba de empezar…

La chica, que había roto a llorar de forma silenciosa, se aferró a ella como si quisiera quedarse allí para siempre.

Pero eso no era posible. Al cabo de unos segundos, los policías las obligaron a separarse y Alba salió de la sala arrastrando los pies y con la cabeza gacha, de vuelta a la cárcel.