80. Familias adineradas
Familias adineradas
—Letrada, cuando quiera —le dijo Murrieta a Paula.
Ella se giró un instante hacia Alba, que la contemplaba con los labios entreabiertos y las manos entrelazadas y en tensión.
Acto seguido, se enfrentó a los ojos acuosos de la testigo.
La saludó con tono formal. Para ella, la situación era incómoda, porque había actuado en varias ocasiones en el juzgado que Olivia Canals dirigía y se le hacía extraño verla allí, a su merced.
—¿Cuándo comenzó su hijo a estudiar en el colegio Picos de Europa? —preguntó al fin.
—En septiembre de 2022. Nos acabábamos de mudar de Barcelona.
—¿Cómo diría que fue para su hijo el cambio de ciudad y de centro escolar?
—Difícil.
—¿Podría ser un poco más precisa, por favor?
—Él tenía allí sus amigos, su vida… Aquí no conocía a nadie.
Al principio incluso se negó a venir. Supongo que como le habría pasado a cualquier adolescente —musitó—.
Pero el trabajo de su padre lo hacía necesario.
Para mí tampoco era el cambio ideal… Pero se trataba de una gran oportunidad para Samuel, y en las familias hay que arrimar el hombro. Al final, logramos que lo entendiera.
—Una duda: ¿su hijo había tenido algún tipo de problema en Barcelona? —inquirió Paula.
Olivia la miró molesta.
—No, ninguno. Esa no fue la razón del traslado, si es lo que insinúa.
—Cuando llegaron aquí, ¿le costó hacer amigos?
—La verdad es que no. Enseguida hizo pandilla con tres chicos de su clase: Andrés, Miguel y Rafa.
—¿Salía mucho con ellos?
—No sé lo que es mucho para usted —dijo Olivia, desafiante—. Solían quedar los viernes y los sábados, como cualquier chaval de su edad, supongo.
—¿Y por la noche? ¿Iban de fiesta?
—Sí. Se lo repito: como cualquier chaval de su edad.
Paula desvió la vista hacia el magistrado.
—Señoría, si se puede exhibir el folio 578 de la causa, por favor. Es el expediente académico de primero de bachillerato de Nacho Guerra.
Tras unos segundos, el documento se proyectó en una gran pantalla plana.
—Señora Canals, su hijo suspendió seis asignaturas en la primera evaluación. Sin embargo, en su antiguo colegio de Barcelona parece que los estudios le iban mejor. No sé si es necesario que le mostremos ese expediente también…
—No, no hace falta —contestó la mujer con brusquedad—. Sí, estábamos muy disgustados, no se lo voy a negar.
—¿Tuvieron alguna discusión por este motivo?
—preguntó, y se imaginó a algunos miembros del jurado torciendo el gesto.
Era consciente de que tratar de arrojar una sombra de sospecha sobre los progenitores de la víctima resultaría impopular, pero debía hacerlo, y creía que existían razones para ello.
—Por supuesto que las tuvimos, como cualquier padre cuando descubre que su hijo va mal en clase.
—Hace un rato le ha mencionado a la fiscal que, después del episodio del 20 de enero, lo castigaron sin salir y que él se escapó. Antes de aquello, ¿no lo habían hecho ya como consecuencia de las malas notas o los primeros insultos a Alba?
La testigo cambió de posición en la silla.
—Ya he dicho que no era un chico fácil. Se ponía agresivo, y esas medidas tan drásticas no funcionaban con él, podían ser contraproducentes… De hecho, esa tarde se marchó. Le dio igual nuestro castigo…
—Sin embargo, unas horas después rectificó, supuestamente. ¿Por qué cree que lo hizo?
—No lo sé… Quiero pensar que lo entendió… Aunque un mes después, en esa fiesta…
Paula esperó a que continuara, pero la mujer se quedó callada. La mandíbula le vibraba y la frente se le había perlado de sudor.
La abogada repasó su guion de preguntas y escogió la siguiente.
—¿Cuánto solían darle de paga a la semana?
—Eh…, depende. Alrededor de sesenta euros. De eso solía encargarse mi marido.
—¿Tanto?
—Quizá le parezca mucho, pero sus amigos pertenecen a familias adineradas y salían mucho de bares, iban a merendar, de cena, al fútbol, tomaban algo en la cafetería del colegio…
Bueno, eso nos decía él, y no queríamos que fuera menos que los demás.
Sobre todo después de haberlo obligado a venir a Santander —dijo muy seria—. No sé si me entiende.
—Sí, supongo que sí. ¿Y cómo describiría su relación con su hijo el día de los hechos? Según ha dicho, habían tenido varias discusiones…
—Estaba mejorando. Ya le he explicado a la fiscal que su comportamiento con Alba había cambiado, y eso era lo más importante para nosotros.
—Y si su comportamiento con mi clienta había mejorado y ya no había ningún tipo de problema, ¿por qué le mencionaron su nombre a la policía casi al instante? —le espetó Paula sin contemplaciones—. ¿Qué les llevó a pensar en ella?
Villar se abalanzó sobre el micrófono.
—Señoría, esa pregunta es improcedente y capciosa. Está insinuando que querían dirigir a la policía y…
—Letrado, quien decide lo que es improcedente y capcioso soy yo, ¿de acuerdo? Que no se le olvide —le cortó el magistrado con frialdad. Luego miró a la testigo—: Conteste a la pregunta, por favor, es procedente. ¿Por qué dieron a los investigadores el nombre de la acusada?
Paula celebró por lo bajo la decisión de Murrieta de admitirla. Aguardó expectante la respuesta de Olivia.
—Pues porque la policía quería saber si Nacho podía tener enemigos —contestó sin arredrarse—. Fue el único nombre que se nos ocurrió. Pero eso no significa que nosotros…
—¿No es cierto que su hijo también había tenido disputas con otros compañeros en el colegio, incluso peleas? —la interrumpió la abogada, que no quería que se extendiera en excusas.
—Sí, pero hacía algún tiempo de eso. En cambio, lo de Alba…
—Ya, ¿y ustedes no tenían noticia, por ejemplo, de que Nacho había tenido problemas con su supuesto amigo Rafa?
—¿Rafa? No, no… Nosotros creíamos que se llevaban bien. Pero lo de Alba era algo conocido, ¿comprende? Lo sabíamos por el equipo directivo del colegio…
—Ya está contestado, gracias —terció Murrieta.
Tras las palabras del magistrado, la abogada decidió abordar otras cuestiones.
—Señoría, ¿puede exhibirse el folio 675 de la causa, por favor?
Se refería al informe definitivo de la autopsia; en concreto, al apartado en el cual el médico forense recogía el resultado de los análisis realizados por el Instituto Nacional de Toxicología.
—¿Estaban ustedes al tanto de que su hijo consumía drogas? —inquirió Paula a bocajarro cuando el documento apareció en la pantalla.
Olivia Canals tensó los labios.
—No.
—¿No? Los análisis muestran que aquella noche había consumido cannabis y otras sustancias que, según indica el forense, suelen componer un estupefaciente denominado «tusi».
La mujer agachó la cabeza y pareció respirar con dificultad, como si de pronto algo le oprimiera los pulmones.
—De eso nos enteramos después de su muerte… Nuestro abogado nos enseñó el informe. Y también salió en la prensa —se lamentó.
—Exacto. Me imagino que habrá leído que el tusi es una droga que se comercializa en forma de polvo de color rosa brillante. Y supongo que también sabrá que es bastante caro… En Santander, unos sesenta o setenta euros el gramo, dicen. Aproximadamente la mitad el medio gramo.
—Letrada, ¿cuál es la pregunta? —se impacientó Murrieta, y se pasó la mano por la frente.
—Sí, a eso iba, señoría —dijo Paula—. Señora Canals, ¿ustedes sospechaban que su hijo podía estar gastándose en drogas parte del dinero que le daban?
—¡No! No teníamos ni idea —exclamó Olivia al tiempo que se revolvía en el asiento.
—¿Nunca encontraron una bolsa con ese estupefaciente, pastillas o algo similar en el dormitorio de Nacho?
—No, no, ¡jamás!
—¿Y marihuana?
Ella negó de nuevo.
—¿Tampoco le vieron consumir o con síntomas de haberlo hecho?
—¡No! —respondió ella con creciente indignación.
—¿Y su marido?
—¡No, no!
Paula hizo una mueca de incredulidad.
—¿No les dio una pista la agresividad con la que se comportaba? Usted misma se ha referido a ello.
—No. Nosotros confiábamos en él…
La abogada se pegó al borde de la mesa, lista para pronunciar las frases que daban sentido a todo su interrogatorio.
—¿No es posible, señora Canals, que ustedes ya lo sospecharan? ¿No es posible que aquella noche, al regresar a casa, su marido coincidiera con Nacho en la calle y…?
—¡No! ¡Claro que no! —se enfureció Olivia, y agarró con fuerza los brazos de la silla.
—Letrada —intervino el magistrado con tono gélido—. La testigo ya le ha contestado que no sabían nada de las drogas y le ha explicado que esa noche estaba durmiendo. No siga por ahí.
—Pero, señoría, su marido declaró en fase de instrucción que regresó a casa en taxi en torno a las tres y media de la madrugada, cuando consta que el pago con tarjeta se realizó casi a las cuatro —replicó Paula—. Queremos que se nos aclare por qué…
—Eso podrá preguntárselo al propio interesado. ¿Algo más?
La abogada se echó hacia atrás en el asiento con frustración.
—No, nada más.