La doble víctima 79. Un chico difícil
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79. Un chico difícil

Un chico difícil

Agustín Rodríguez, el jubilado que encontró el cadáver de Nacho Guerra, entró muy alterado en la sala de vistas. Era un hombre bajito y enjuto, y caminó varios metros tambaleándose. Cuando llegó a la altura del micrófono, se dejó caer en la silla como si fuera un fardo.

Para alguien ajeno al mundo judicial, ese comportamiento podría haber sido motivo de sospecha.

Sin embargo, a Paula ni siquiera se le pasó por la cabeza semejante idea.

Los tribunales, por su propia naturaleza, imponen cierto temor reverencial, y hasta al más inocente se le dispara el pulso cuando cruza sus puertas.

Además, la investigación policial y los datos que los padres de Alba habían recabado sobre aquel vecino descartaban su implicación en la muerte de Nacho Guerra: más allá de las veces que ambos se hubieran cruzado por el barrio y de la admiración que la esposa de Agustín profesaba a la madre del muchacho como escritora, nada parecía vincularlos.

—Diría que no, pero, eh…, la verdad es que tampoco estaba pendiente. Coincidíamos muy de vez en cuando. Yo no me quedo por allí. Suelo irme a Peligros, a Mataleñas…

La abogada dio por finalizado su turno y el magistrado informó a Agustín de que podía permanecer en la sala si lo deseaba. Él rechazó el ofrecimiento y se marchó cabizbajo. Fue entonces cuando Murrieta dijo con solemnidad:

—La siguiente testigo es Olivia Canals. Que pase.

Paula advirtió que el público se agitaba en sus asientos.

Los murmullos fueron creciendo y el magistrado tuvo que llamar al orden cuando la mujer, alta y corpulenta, franqueó la puerta acompañada de la funcionaria y caminó con lentitud hacia el estrado.

Su rostro demudado contrastaba con el tono oscuro de su ropa y el negro intenso de su pelo.

Tenía los ojos rojos, como inyectados en sangre, y el sufrimiento grabado en la mirada.

Cuando se sentó frente al micrófono, lanzó un rápido vistazo al jurado.

Después, ignorando a Alba, fijó su atención en el magistrado, al que sin duda conocía, y pronunció un tibio «Buenos días».

Murrieta devolvió el saludo a su colega y le hizo las advertencias protocolarias sobre el deber de decir verdad. Luego le indicó a la fiscal que podía comenzar el interrogatorio.

Inés no mostró la menor vacilación al repasar con la mujer las horas previas y posteriores a la muerte de su hijo.

Olivia Canals detalló con voz tenue lo que recordaba de aquellos días de febrero y no pudo evitar llorar al revivir algunos instantes.

Casi al final del relato, se derrumbó por completo.

Fue en ese momento cuando un hombre del público pareció olvidarse de que se hallaba en mitad de un juicio y, tras ponerse en pie, empezó a aplaudir para transmitirle su apoyo.

Murrieta, descolocado, tardó unos segundos en reaccionar, pero acabó expulsándolo de la sala.

Ya no se repetiría una escena así en lo que quedaba de juicio.

La fiscal trató de retomar el hilo y posó de nuevo sus ojos en aquella mujer que ese día declaraba como una ciudadana más, situada al otro lado del estrado y desprovista de toda autoridad.

Sentada allí, en aquella silla desangelada y a una altura inferior, encogida sobre sí misma y sin la toga, a Inés se le antojaba pequeña y quebradiza, muy diferente de la jueza que solía caminar con ímpetu por aquel edificio.

Solo era una madre en estado de postración que acudía a testificar para que se hiciera justicia.

Nada más. Su trabajo en ese mismo palacio de justicia y los cientos de miles de ejemplares que vendía de sus novelas ahora resultaban irrelevantes, una mera anécdota, por mucho que los medios de comunicación no dejaran de resaltarlo.

—Estaba usted diciendo que su hijo y la acusada empezaron a tener problemas a partir del 9 de enero de ese año —continuó Inés—. Antes de esa fecha, ¿él nunca la había insultado ni faltado al respeto?

—No. Que nosotros sepamos, no —contestó Olivia con tono lúgubre.

—¿Su comportamiento fue a peor a medida que transcurrían los días?

La interrogada dejó caer la cabeza a un lado, como si no pudiera soportar el peso de aquellos recuerdos sombríos.

—Eso se lo podrá explicar mejor el equipo directivo del colegio… —musitó tratando de esquivar la pregunta.

—Ya, pero usted, como madre, estaba al corriente de lo que pasaba —insistió la fiscal, que consideraba imprescindible ahondar en ello para acreditar las motivaciones homicidas de la acusada y, en concreto, la rabia que acumuló durante semanas—.

Hubo problemas con su hijo, ¿no? Por insultos, mofas y humillaciones reiteradas a Alba Ferrero.

La mujer cabeceó de forma casi imperceptible.

—Sí…

—En la documentación que ha aportado el colegio consta un expediente por acoso que, tras varios incidentes, se le abrió el día 20 de enero —prosiguió Inés.

Le dolía interrogar a una madre hecha trizas, pero debía ser profesional y dejar el sentimentalismo a un lado—.

Todavía se encontraba en trámite cuando… , bueno, cuando se produjo el crimen.

Olivia no dijo nada y dejó que la vista se le perdiera al frente, a la altura del retrato del rey Felipe VI que colgaba por encima de la cabeza del magistrado.

—¿Qué ocurrió esa mañana, la del 20 de enero? —inquirió Inés.

La madre de la víctima aspiró profundamente.

—El jefe de estudios me contó que todo sucedió cuando iba a comenzar la clase de Lengua.

Mi… mi hijo se dirigió a ella —dijo mirando a Alba—.

Utilizó ese mote tan horrible, la Cuervo.

Después la insultó, sí, y también la empujó.

El profesor ya estaba en el aula y lo vio, y por eso llevó a Nacho a jefatura de estudios.

La fiscal volteó un folio.

—Aquí se indica que le suspendieron el derecho a ir a clase durante cinco días, como medida cautelar. ¿Es correcto?

—Sí.

—¿Fue usted a recogerlo?

—Me llamaron por teléfono y me pidieron que fuera al colegio para informarme de lo ocurrido y llevármelo a casa, sí.

—¿Y qué le dijo su hijo?

La mujer, avergonzada, bajó la mirada.

—Que Alba se lo merecía…

Hubo susurros en el público.

—¿Y ustedes tomaron cartas en el asunto? —preguntó Inés.

—Ese mediodía, cuando su padre regresó de la oficina, tuvimos una discusión muy fuerte con él y le dijimos que ese fin de semana no saldría de casa.

Ya habíamos hablado con Nacho en otras ocasiones, pero de forma más suave…

Tal vez ese fue el problema… —murmuró, como si de pronto conversara consigo misma.

—Según parece, hasta la noche del crimen su hijo no volvió a molestar a Alba. Entiendo que eso quiere decir que había recapacitado, ¿no? Al menos temporalmente.

Olivia suspiró. Después, con un hilo de voz, respondió:

—No fue tan inmediato como usted lo cuenta.

Esa tarde, la del 20 de enero, Nacho se escapó…

Se fue sin que pudiéramos hacer nada por impedirlo.

Se puso muy agresivo y nos gritó que le importaban una mierda nuestros castigos, que él no iba a quedarse metido en casa el fin de semana.

Se marchó corriendo, supongo que a ver a sus amigos.

Lo esperamos hasta muy tarde, las cinco de la madrugada, creo.

Cuando llegó, se fue directo a la cama, no hubo manera de hablar con él.

Pero al día siguiente, cuando se levantó, todo cambió, todo fue distinto…

—farfulló, y los ojos se le empañaron—. Nos pidió perdón y nos prometió que no volvería a insultarla.

Parecía arrepentido y, como usted dice, no hubo más problemas con ella.

Ni uno solo. Hasta la noche del 18 al 19 de febrero…

—agregó, y la voz se le quebró. Durante unos minutos, no se oyó nada más que sus plañidos y el roce de los pañuelos con los que intentaba enjugarse las lágrimas—.

No sé… no sé por qué tuvieron que coincidir en esa fiesta…

Quizá debimos estar más pendientes, quizá…

No pudo continuar y la fiscal le agradeció el esfuerzo que había hecho. Después comunicó al magistrado que no iba a formular más preguntas.

Murrieta dejó pasar unos segundos para que la testigo se repusiera. Mientras tanto, algunos periodistas escribían sin parar en sus libretas y otros buscaban el mejor plano para inmortalizar el momento.

Cuando Olivia hubo guardado los pañuelos en el bolsillo, su abogado, Félix Villar, empezó su interrogatorio.

—Me gustaría que me explicara cómo les trataron a usted y a su marido los padres de Alba Ferrero a partir del primer incidente entre Nacho y ella. ¿Cómo se comportaron?

La mujer, en un discurso que debía de haber ensayado al milímetro con el letrado, contó que los padres de Alba reaccionaron desde el principio de una manera desmesurada.

En cuanto el jefe de estudios los puso al corriente de lo ocurrido, se presentaron en su casa pidiéndoles explicaciones a gritos, y en la empresa, dado que Julio era el superior de Samuel, las relaciones se volvieron muy complicadas.

—Julio incluso dio a entender que lo despediría, aunque no sé si se lo habrían permitido…

—dijo, y luego aferró la tela de su pantalón con ambas manos—.

Era imposible hacerles entrar en razón, ¿sabe?

Como padre llegas hasta donde puedes, y ellos parecían incapaces de entenderlo.

Claro que intentábamos que nuestro hijo la dejara en paz, pero no era tan sencillo.

Además, para nosotros fue todo muy rápido, muy inesperado, y no sabíamos cómo…

—Se interrumpió para tragar saliva—. Me duele mucho decirlo aquí, cuando él ya no está —añadió con voz ronca—, pero no era…

Nacho no era un chico fácil. No estoy orgullosa…

—¿Alguna vez se pusieron violentos? Los padres de Alba, quiero decir.

—No, tanto como eso no, aunque estaban muy preocupados. Y nosotros también.