La doble víctima 78. Hasta el veredicto
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78. Hasta el veredicto

Hasta el veredicto

Murrieta había decretado un receso de veinte minutos.

Mientras Alba permanecía custodiada por las fuerzas de seguridad, Paula aprovechó para ir al aseo y hacerse un café en la máquina del pasillo.

Al llevarse el vasito humeante a los labios, sintió sobre ella la mirada de los periodistas y los curiosos y pensó que estaría menos expuesta en la sala del Colegio de la Abogacía.

Con la toga en el brazo, esquivó a la muchedumbre, dobló una esquina y enfiló un largo pasillo que se abría junto a un claustro ajardinado.

Respiró aliviada cuando empujó la puerta y descubrió que la estancia se encontraba vacía.

Allí podría estar tranquila, rodeada de aquellos voluminosos tomos de repertorios de jurisprudencia que atestaban las estanterías.

En realidad, hacía décadas que nadie los utilizaba para consultar sentencias, sustituidos por las más eficaces bases de datos electrónicas, pero como objeto decorativo eran inigualables.

A Antonia, su jefa, le encantaban, y en el despacho muchas veces la había visto pasar la mano sobre los lomos con veneración.

Al acordarse de ella, se dijo que esa tarde, cuando terminara la primera sesión del juicio, la llamaría para interesarse por su estado.

Pese a que llevaba un año entre operaciones y diversos tratamientos, seguía arrastrando la enfermedad, que se resistía a abandonarla.

Notó que la garganta se le cerraba y se obligó a apartar esos pensamientos de su mente. No era el momento.

Hundió los tacones en la alfombra que cubría buena parte de la sala y se acercó a la mesa de madera labrada situada en el centro.

Alguien había dejado un periódico desplegado.

En una de las páginas se veía una imagen enorme de Alba esposada.

Paula apartó el diario negando con la cabeza y se sentó.

Dio otro sorbo a su café, que ya se había quedado frío, y al levantar la vista con aire distraído chasqueó la lengua.

Había olvidado que allí, en la pared, colgaban algunas fotografías de los últimos decanos del Colegio de la Abogacía.

La anteúltima correspondía a Félix Villar.

El abogado la miraba con una media sonrisa, confiado, como si le estuviera advirtiendo de que cualquier esfuerzo que hiciera en el juicio sería en vano.

Paula suspiró y caviló sobre las tres testificales que aún tenía por delante esa mañana. La primera era la de Agustín Rodríguez, el jubilado que descubrió el cadáver. Después declararían los padres de la víctima.

Intuía que el rostro descompuesto de Olivia Canals abriría todos los telediarios y ocuparía cada portada.

Era la candidata perfecta para explotar el interés del público.

No se le escapaba que la mayoría de la gente se mostraría conmovida con su dolor y que, si la atacaba con un interrogatorio agresivo, despertaría sentimientos de desagrado e incluso de animadversión.

Pero ¿qué otra cosa podía hacer? No tenía más remedio que ir a por todas: presionarla, buscar su nerviosismo, ahondar en los problemas que rodeaban a su hijo, explorar los posibles conflictos familiares…

Soportaría ser otra vez la mala de la película. A fin de cuentas, los abogados de la defensa siempre lo son.

Por lo menos, hasta que se dicta el veredicto.