La doble víctima 77. Paranoia
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77. Paranoia

Paranoia

Diez minutos después, Sorozábal y Soto tomaron asiento en el despacho del juez de instrucción.

La tarde anterior, Santiago Belmonte les había insistido en que, en cuanto terminaran de declarar, subieran a verlo.

Aunque él decía estar convencido de que la investigación que había dirigido aguantaría cualquier ataque, quería estar al tanto de todo.

El juez apartó el monitor del ordenador, colocó las manos sobre el escritorio y se inclinó hacia ellos.

—¿Cómo ha ido?

El inspector, malhumorado, contestó con un lacónico «Bien».

No terminaba de comprender qué hacían allí.

Su trabajo en el «crimen del Carnaval» había concluido y tenían otros asuntos en marcha que requerían su atención inmediata.

Además, comparecer en la sala de un tribunal para defender su labor y aguantar las embestidas de los abogados defensores siempre le dejaba exhausto.

Ese día no había sido una excepción, y lo que menos le apetecía ahora era hacerle un resumen al juez.

¿No tenía para eso a su mujer, la periodista?

Si hubiera sido por él, se habría ido directo a la comisaría.

Sin embargo, su compañera había logrado convencerlo de que les convenía tener una deferencia con Belmonte; a fin de cuentas, aquella no sería la última vez que les tocara compartir una investigación con él, o, mejor dicho, actuar bajo sus órdenes, puesto que, como policía judicial, se hallaban sometidos a su autoridad.

Aunque, bien mirado, esa posibilidad le afectaba más a Soto, porque él, pensó, ya acariciaba la jubilación con las yemas de los dedos.

Siempre había tenido vocación de policía, pero la perspectiva de disponer de todo el tiempo libre del mundo para sí mismo cada día le atraía más.

—¿Ha salido a colación alguna de las cuestiones que nos preocupaban? —preguntó Santiago.

Sorozábal hizo un encogimiento de hombros.

—Si se refiere a la desaparición del teléfono de la víctima, sí, el tema ha salido. Pero ya contábamos con ello. No siempre se consigue una explicación para cada punto de una investigación. Usted lo sabe bien.

—Es cierto, y espero que la fiscal sea capaz de hacérselo entender a los miembros del jurado.

—Si le soy sincero, no he tenido la impresión de que ese cabo suelto le llamara mucho la atención a nadie —comentó Sorozábal—. Todo el mundo cree que lo hizo la chica, salvo su abogada.

—Bueno, o eso da a entender ella —puntualizó Santiago—. No va a decir delante del jurado que su clienta le ha reconocido que es culpable. ¿Se ha comentado algo sobre Rafael Santamaría, el amigo de la víctima?

—Sí. La abogada lo ha mencionado para dejar caer que fuimos negligentes y tardamos en actuar, y que por eso no encontramos nada.

—¿Y qué le ha contestado usted?

—Pues que lo seguimos casi desde el principio, que después los interrogamos a él y a sus amigos y que, por último, registramos su domicilio. No iba a dejar que nos pusiera en entredicho, obviamente —adujo Sorozábal con energía.

Sin embargo, Santiago se mostró contrariado.

—Joder, no tendría que haber hecho referencia al seguimiento.

—¿Y por qué no? No podía quedarme callado, señoría. Tenemos que defender nuestro trabajo.

—Sí, pero le recuerdo que la operación Leo sigue en curso y no podemos ponerla en riesgo, ¿comprende? No olvide que está bajo secreto de sumario. Y es algo gordo.

El inspector se quedó callado, como si no lograra asimilar las palabras del juez.

—A ver, Sorozábal —añadió Santiago con exasperación—, ¿es que no recuerda que todo empezó con la vigilancia que ustedes le pusieron a Rafael Santamaría?

Gracias a eso, descubrimos que Mario Linares aprovecha su condición de taxista para distribuir droga, y a partir de ahí pudimos profundizar en el resto de la trama.

—Sí, señoría, pero sigo sin entender qué…

—Pues es muy sencillo. Si lo que usted ha dicho llega a oídos de Mario Linares y le da por pensar que algún agente lo vio vendiéndole estupefacientes a ese chico, podríamos tener un problema.

Como tenga la más mínima sospecha de que los estamos siguiendo, la operación se nos vendrá abajo.

Y llevamos mucho tiempo tras ellos. Demasiado.

El policía arqueó las cejas. No podía creer que Belmonte se hubiera vuelto tan paranoico. Aun así, trató de ser diplomático en su contestación:

—Señoría, con todo el respeto, sé que esto es importante para usted, pero no tengo ninguna duda de que esa gentuza no estará pendiente de un juicio como este.

Fue evidente que la respuesta no convenció al juez, pero poco se podía hacer ya.

—¿Y usted? ¿Qué sensación ha tenido? —se dirigió Santiago a Soto.

Ella hizo un gesto ambiguo y le resumió las preguntas que la fiscal y la abogada de la defensa le habían hecho.

—No entiendo a qué viene ahora lo del vecino que oyó voces —farfulló el juez—. ¿Quién va a creerse algo así?

La subinspectora se encogió de hombros y Santiago soltó un bufido.

—No, si encima la abogada dirá que ocultamos pruebas para perjudicarla. Hay que joderse. En cualquier caso, las sensaciones han sido buenas, ¿no?

Los dos policías asintieron y el juez pareció reconfortado.

—Gracias —dijo—. Seguimos en contacto.

Sorozábal y Soto inclinaron la cabeza y se retiraron.