76. Vaguedades
Vaguedades
La subinspectora Andrea Soto, que también se había vestido de uniforme para la ocasión, se cruzó con Sorozábal en el umbral de la puerta de la sala de vistas.
No intercambiaron ninguna palabra, puesto que no estaba permitido, pero por la expresión de su jefe intuyó que la declaración no había ido del todo bien.
—Conteste a las preguntas del ministerio fiscal —le ordenó el magistrado una vez que se hubo sentado en la raquítica silla frente al estrado.
Por espacio de casi una hora, la subinspectora fue relatando toda la investigación y la fiscal aprovechó para profundizar en algunos aspectos en los que ella había tenido un papel protagonista.
Luego, Inés Calderón se refirió a Saturnino Cuevas, el testigo que había propuesto la abogada de la defensa nada más comenzar el juicio.
—Usted se entrevistó con ese señor poco después del hallazgo del cadáver, ¿no es así?
La policía se mostró perpleja por aquella pregunta. No se la esperaba.
—Sí, sí, lo interrogué cuando estaba buscando testigos. Pero sus respuestas no eran concluyentes. El juez de instrucción quería que fuéramos muy rigurosos, así que lo descartamos.
—Ah, justo a eso iba a referirme ahora —celebró la fiscal—. ¿Qué fue lo que ese vecino le dijo exactamente?
La subinspectora repitió las palabras vagas de aquel hombre sobre la supuesta discusión que esa noche oyó en la calle, y a continuación subrayó su incapacidad para determinar la hora, el tipo de voces y lo que decían.
—Era un hombre mayor y no estaba en sus cabales. Su testimonio no resultaba fiable —remató.
—Gracias. No hay más preguntas, señoría —finalizó la fiscal con tono de suficiencia.
El abogado de la acusación decidió no intervenir, pues consideraba que la credibilidad de aquel vecino que declararía en unos días ya había quedado completamente destruida y que no merecía la pena añadir nada más.
Acto seguido, el magistrado dio paso a Paula, que se recolocó en su asiento.
—Buenos días, subinspectora —la saludó—. Voy a empezar con lo último que le ha respondido a la señora fiscal, es decir, con su entrevista con don Saturnino Cuevas. ¿Cuántas veces habló con él?
—Dos. Volví a hacerlo al cabo de unos días. Y me dijo lo mismo.
—Bien. ¿Y en algún momento probó a ponerle un audio con la voz de la víctima, por si la reconocía?
La policía arrugó la frente.
—Ese hombre ni siquiera podía recordar a qué sexo pertenecían las voces… No veo la utilidad de hacer algo como lo que usted propone, la verdad. ¿De qué habría servido?
Paula esbozó una sonrisa mordaz.
—Yo lo hice. Cuando los padres de mi defendida se enteraron de que ese vecino afirmaba haber oído voces y me lo contaron, fui y le puse una grabación.
Y lo que puedo decirle es que el hombre dio un grito y me aseguró al instante que era la misma voz.
La de Nacho Guerra, sí —apuntaló, e hizo un asentimiento para acompañar sus palabras.
Todos los presentes enmudecieron. La subinspectora hizo una mueca de incredulidad, aunque no replicó. Había acusado el golpe.
—Otra cosa —prosiguió la abogada, implacable—. Cuando ustedes detuvieron a la acusada, ¿se fijaron en si llevaba dinero encima?
—Sí, seiscientos euros —contestó la policía, visiblemente aliviada por el cambio de tema.
—¿Y podría decirnos dónde los tenía?
—En una mochila.
—¿No llevaba cartera o bolso para guardar el dinero?
—No.
—¿Y el DNI?
—No tenía. No quiso darnos ninguna explicación.
—Ya. Y dígame: durante el registro de su domicilio, ¿encontraron la cartera?
—No, tampoco.
Paula miró de soslayo a los miembros del jurado. Como suponía, varios la escrutaban con un rictus de incomprensión.
—Y la noche de la fiesta, ¿le consta si salió de casa con cartera o bolso? —inquirió.
—Mmm… Según las fotos que vimos…, no, creo que no llevaba bolso. Me imagino que al ir disfrazada, bueno…, no le quedaría bien. No lo sé, la verdad —acabó admitiendo Soto.
—¿Y cartera?
—Tampoco sabría decirlo.
—Nada más, señoría.