75. Abrir fuego
Abrir fuego
Paula hizo girar el bolígrafo entre los dedos al tiempo que daba un repaso somero al listado de preguntas que había preparado.
La mayoría, incluida la primera que tenía anotada, ya habían sido formuladas por la fiscal y el letrado contrario, así que ahora debía escoger otra con la que empezar.
Era consciente de que con un testigo tan experimentado y hostil carecía de sentido mostrarse amable o dar rodeos.
Lo mejor era abrir fuego sin contemplaciones, poner en cuestión el relato de los investigadores desde el principio.
Los ojos se le dilataron ligeramente antes de lanzar el primer golpe.
A su lado, Alba clavó los dedos en la mesa con nerviosismo y el color sonrosado de sus uñas, mordidas e irregulares, desapareció.
—Buenos días, inspector —dijo—. Hace un momento ha hablado con la fiscal del arma blanca supuestamente utilizada aquella noche, que nunca llegaron a encontrar. ¿Hay algo más que echaran en falta en la escena del crimen?
El policía la observó con cautela, como si intuyera hacia dónde se dirigía el interrogatorio.
—Sí, el teléfono de la víctima.
—¿Tampoco estaba allí?
—No. Ni entre sus ropas ni en los alrededores.
—¿Está seguro?
—Sí, completamente.
—¿Y en la vivienda familiar o en el chalet donde se organizó la fiesta? ¿Buscaron en esos lugares?
—Sí, y tampoco lo encontramos.
—Antes le ha dicho a la fiscal que registraron el domicilio de mi defendida. ¿Lo hallaron allí?
El inspector volvió a darle una respuesta negativa. A cada segundo que pasaba, el rostro del hombre se ensombrecía más.
—Entonces ¿no han localizado el móvil del fallecido por ninguna parte?
—No. El informe de la operadora indica que la última conexión se produjo a una hora en la que estaba en el Babylon. Según su amigo Andrés Gil, Nacho lo cogió cuando estaban volviendo a casa, pero se había quedado sin batería. Al parecer, no le funcionaba bien desde hacía un tiempo.
—De modo que no han podido acceder a la memoria del teléfono…
—No.
—¿Y no había una copia de seguridad en la nube?
—Solicitamos a Apple la más reciente, pero no nos la envió.
Se acogió a su política de privacidad estadounidense, como es habitual —lamentó con semblante serio—.
En cualquier caso, sus padres nos dijeron que hacía medio año que Nacho tenía el espacio lleno, así que las copias no podían hacerse.
Hay que pagar una suscripción para ampliar la capacidad.
Ellos ya le habían contratado la básica, pero Nacho pedía aún más.
Según nos contaron, se negaron porque querían que aprendiera a administrarse y que borrase lo que no le hiciera falta. No era una cuestión de dinero.
—¿No disponía también de una cuenta en la nube de Google, por ejemplo?
—Sí, la versión gratuita que se crea cuando se da de alta un correo de Gmail. Aunque, al tratarse de un iPhone, hay muchas cosas que no se guardan en ella. Esa sí la recibimos, pero no había nada de interés.
—Entiendo. A lo que sí pudieron acceder es al teléfono de la acusada, ¿no?
—Sí.
—Y dígame: ¿encontraron algún tipo de contacto entre ambos? Me refiero a mensajes, envío de imágenes, vídeos… Cualquier cosa que, por ejemplo, por contener amenazas, a mi clienta no le interesara que saliera a la luz.
—Solo vimos algunos mensajes de Instagram en los que Nacho la insultaba.
—¿Y ella respondía?
—No, no lo hacía —reconoció el inspector, ceñudo.
—Entonces ¿qué explicación dan a la desaparición del móvil de Nacho Guerra? ¿Por qué querría Alba llevárselo y esconderlo si no había nada que la comprometiera?
Hubo algún murmullo de inquietud en el público.
—¿Inspector? —lo presionó Paula.
—Mire, que en el móvil de la acusada no diéramos con nada comprometedor no significa que no lo hubiera en el de Nacho. Está sacando conclusiones precipitadas y, permítame que se lo diga, totalmente sesgadas —contestó Sorozábal con tono frío.
Paula celebró en su fuero interno aquella reacción altanera del policía. Denotaba inseguridad y eso, creía, jugaba a su favor ante el jurado.
—Yo no he sacado ninguna conclusión, inspector. Solo le estoy pidiendo una explicación para algo que no encaja en su tesis, y usted no quiere dármela.
—¡Porque no puedo! —acabó reconociendo en un arrebato colérico—. Quizá lo perdió antes, no lo sé.
—Hombre, inspector, si su amigo lo vio con el teléfono cuando iban a casa… Sería una pérdida muy repentina y sorprendente, ¿no cree?
El policía no respondió y Paula comprendió que no merecía la pena insistir. Decidió pasar a otro punto:
—Bien, esa noche, según ustedes mismos reflejaron en el atestado, se celebró en el hotel Lábaro una fiesta del Colegio de Psicología.
En teoría, terminaba a las cuatro y media de la mañana y, como seguro que sabrá, el lugar no está lejos de la escena del crimen, a unos quinientos metros.
Mi duda es la siguiente: ¿investigaron a dónde se dirigió cada uno de los asistentes cuando salió del hotel?
Por ejemplo, ¿se plantearon la posibilidad de que alguno de ellos se marchara un poco antes del final, fuera hacia la calle Joaquín Costa y se cruzara con la víctima?
—Hicimos un muestreo. Eran muchos invitados y no había un listado oficial.
—Ya, un muestreo —repitió ella arrastrando las palabras—. Quiere decir que, como ya tenían sospechas que apuntaban a mi clienta, prefirieron evitarse el trabajo de identificarlos e interrogarlos a todos, ¿no?
—Letrada, haga el favor de ahorrarse esa clase de comentarios —la amonestó el magistrado. A continuación, girándose hacia el otro lado, dijo—: Señores del jurado, no podrán tener en cuenta esa observación, ¿de acuerdo?
Las once personas de la bancada asintieron solícitas.
—Letrada, formule la siguiente pregunta.
—Sí, señoría, disculpe.
Paula escrutó de nuevo al policía y tomó aire.
—En el procedimiento consta que las operadoras de telefonía les remitieron el registro de todos los números que estuvieron conectados esa noche a las antenas de esa zona de El Sardinero.
—Correcto.
—¿Examinaron ustedes si había algún teléfono que no correspondiera a un vecino, a un huésped de ese u otro hotel o a algún asistente a la fiesta del Colegio de Psicología? Es decir, ¿comprobaron si había alguien que no tuviera un motivo de peso para encontrarse allí en mitad de la noche?
Sorozábal exhaló un suspiro, como si se armara de paciencia.
—Como he dicho antes, cuando nos llegó la información de las operadoras vimos que había muy pocas antenas y que el área que cubrían era demasiado amplia.
Aparecían muchísimos números conectados.
Tendríamos que haber analizado una gran cantidad de documentación y llamado a muchas puertas para cotejarlo todo.
Y la fiesta a la que usted se refiere lo complicaba aún más… No, no era algo viable.
—Cuando dice que no era viable, ¿quiere decir que habría sido laborioso?
—Nos habría llevado mucho tiempo —reconoció Sorozábal con un gruñido—, y probablemente tampoco habríamos conseguido averiguarlo todo.
Paula decidió dar por finalizado ese bloque del interrogatorio.
Había logrado su objetivo de demostrar que la policía no se había esforzado lo suficiente a la hora de abrir otras líneas de investigación.
Si el resto de los interrogatorios salían según lo previsto, el viernes le hablaría al jurado de lo que los abogados solían denominar «sesgo confirmatorio policial»: la peligrosa tendencia de algunos agentes a orientar sus pesquisas en la dirección que marcaban sus hipótesis, orillando todo lo demás.
—¿Alguna otra pregunta, letrada? —la presionó el magistrado.
—Sí. En el informe de ADN, el laboratorio certifica que los restos de piel hallados bajo las uñas de la víctima pertenecen, con una certeza del 99,999 %, a Rafael Santamaría, el amigo de Nacho. ¿Lo interrogaron ustedes, inspector?
Ambos se midieron con la mirada durante unos segundos.
—El informe al que usted se refiere tardó más de tres meses en llegar —dijo Sorozábal—, y, cuando lo recibimos, la verdad es que no nos sorprendió en absoluto.
Al día siguiente del hallazgo del cadáver ya sabíamos que la víctima y Rafael se habían peleado aquella noche en la discoteca, y poco después descubrimos que Nacho lo arañó en el cuello.
Eso explicaba sobradamente la piel bajo las uñas.
—¿Y cómo habían averiguado todo eso?
—Vimos la pelea en las grabaciones de una cámara de seguridad colocada junto a la puerta de la discoteca.
Uno de los porteros nos contó que había sido por una chica, la novia de Rafael.
Y un amigo del fallecido nos confirmó lo del arañazo.
Además, si se acuerda, usted misma se presentó en la comisaría acompañada de otra joven, Esmeralda Martos, que también afirmaba haber presenciado el altercado.
—Sí, lo recuerdo perfectamente, y también que usted me pidió que les dejáramos trabajar. ¿Lo hicieron?
—Por supuesto. Interrogamos a más testigos y pusimos vigilancia a Rafael Santamaría durante algún tiempo. Pero no realizó ningún movimiento sospechoso. Y unos días más tarde nos permitió registrar su domicilio sin necesidad de orden judicial. No encontramos nada.
Paula puso los ojos en blanco.
—Hombre, quizá para entonces ya había tenido tiempo más que suficiente para deshacerse de lo que quisiera, ¿no le parece?
—Le repito que lo teníamos controlado.
—Sí, pero no el domingo, el día que apareció el cadáver, ¿verdad?
El inspector guardó un silencio revelador.
—Responda a la pregunta, por favor —le ordenó el magistrado.
—No, el domingo no.