74. Impulsos homicidas
Impulsos homicidas
El abogado de la acusación particular no quiso perder el tiempo con preguntas reiterativas.
Fue directo a analizar lo que, en su opinión, aún restaba por abordar y podía conducir a un veredicto de culpabilidad: la quebradiza personalidad de Alba, sus problemas en el colegio anterior y el modo en que había afrontado el «conflicto» —así lo denominó— con Nacho.
—Enseguida averiguamos que la acusada sufría mucho por su aspecto físico —respondió Sorozábal—.
En realidad, no es nada raro. Lo vemos cada vez con más frecuencia: adolescentes obsesionadas con su imagen por culpa de las redes sociales, los filtros y esa absurda aspiración al cuerpo y a los rasgos perfectos.
Bueno, lo que esos influencers les inculcan que es perfecto, claro.
Se juzgan con crueldad y eso las convierte en personas vulnerables, lo que, en situaciones límite, puede desencadenar impulsos homicidas.
Paula se giró hacia su defendida. Vio que Alba negaba con la cabeza y que los ojos se le anegaban en lágrimas.
A la abogada se le encogió el corazón, pero, al mismo tiempo, el hecho de que la chica no se agarrara la nariz del modo en que solía hacerlo cuando se alteraba la tranquilizó.
Antes del juicio le había insistido en que lo evitara.
Ese comportamiento podía suscitar extrañeza y causar rechazo en el jurado.
La psicóloga de la joven le había explicado que, como consecuencia del acoso sufrido, Alba había desarrollado una fijación con esa parte de su anatomía que la llevaba al extremo de apretar y retorcérsela en algunos momentos, como si creyera que así podría mejorarla e incluso reducir su tamaño al incrustársela.
Era una idea absurda, pero al parecer no podía evitarlo cuando estaba sometida a situaciones de estrés.
Paula le cogió la mano y se la apretó. Estaba demostrando que era más fuerte de lo que todo el mundo creía.
—Nacho la llamaba «la Cuervo», ¿verdad? —se interesó Villar.
—Sí. Y lo hacía sin disimulo, incluso con los profesores delante —contestó Sorozábal.
—¿Les consta si algún estudiante ya utilizaba ese mote en su antiguo colegio?
—Eso es lo que se desprendía de la denuncia por acoso que Alba interpuso en su día contra cuatro compañeros. Pero lo cierto es que el juez de menores no lo consideró acreditado, así que poco más puedo decirle. Nuestra tarea no consistía en volver a investigar aquello.
El abogado pegó la espalda al respaldo de la silla y comunicó que no tenía más preguntas.