73. La secuencia del crimen
La secuencia del crimen
Murrieta tardó casi un minuto en sofocar el revuelo que su decisión había provocado en el público.
Mientras tanto, la abogada aprovechó para dirigirle una discreta sonrisa a Alba, que parecía haber recibido un pequeño hálito de vida.
Ella también era consciente de la importancia que aquella prueba testifical tenía para sostener la estrategia que habían trazado.
Su admisión era la primera victoria en la larga guerra que ambas librarían a lo largo de aquella semana.
—Don Saturnino Cuevas será el último testigo de la defensa en comparecer ante este tribunal.
Lo hará el miércoles a última hora de la mañana —indicó Murrieta cuando la sala hubo recuperado el silencio—.
Letrada Soler, usted pidió que la acusada declarara en último lugar, ¿verdad?
O sea, el jueves, después de las periciales.
—Así es, señoría.
Según la normativa vigente en ese momento, la persona acusada debía ser la primera en declarar, pero hacía ya tiempo que el Tribunal Supremo había admitido la posibilidad de que lo hiciera en el turno final si la defensa lo solicitaba.
En casos como aquel, Paula era partidaria de proceder de ese modo, para mantener el factor sorpresa y poder adaptarse a lo que hubiera sucedido los días previos.
—De acuerdo. Comenzamos ahora con los testigos citados para hoy —informó Murrieta, y repasó el listado que le habían preparado en la oficina judicial—. El inspector Enrique Sorozábal, que pase.
La funcionaria fue a buscarlo al pasillo.
Vestido de uniforme y con semblante pétreo, el policía entró y tomó asiento en la silla colocada frente al estrado. Una vez que le ajustaron la altura del micrófono, el magistrado le advirtió del deber que tenía de decir la verdad. A continuación, le cedió el uso de la palabra a la fiscal.
El público había enmudecido. A nadie se le escapaba que, si aquel hombre no era capaz de defender con solvencia la investigación policial, todo se vendría abajo.
Inés Calderón lo saludó formalmente y comenzó con preguntas aproximativas, de toma de contacto. Durante más de una hora, Sorozábal fue desgranando los primeros pasos de la investigación.
—Entonces ¿comprobaron si en la vivienda donde se celebró la fiesta había otros cuchillos similares al que, según usted acaba de explicar, se llevó la acusada?
—Sí. Pero eso lo hicimos después, el lunes —precisó el inspector—.
Tuvimos que esperar a que los propietarios de la casa regresaran de un viaje.
Con su consentimiento, llevamos a cabo un registro y descubrimos que la presunta arma del crimen podía pertenecer a un juego de cinco cuchillos, todos con las mismas características.
—¿Cuántos quedaban?
—Cuatro. Faltaba uno —dijo, y lanzó una mirada penetrante al jurado.
—¿Y los analizaron?
—Sí. El forense podrá explicárselo con más detalle, pero la conclusión fue que las heridas del cadáver eran compatibles con la morfología y las dimensiones de la hoja. Ya le digo que eran todos iguales.
—O sea que, aunque el arma no haya aparecido, el forense y ustedes consideran que en el crimen se empleó ese quinto cuchillo, ¿no? —recapituló Inés—. El que faltaba.
—Exacto. Ese mismo, o, a lo sumo, otro parecido, sí.
La fiscal frunció los labios. Aquella respuesta tan poco categórica, que admitía la posibilidad de que se hubiera utilizado un arma distinta, no le había gustado.
—Solo por aclararlo —dijo con intención de subsanar la falta de contundencia del policía—: en el supuesto de que fuese otro parecido, entonces habría que entender que esa noche desaparecieron de la escena del crimen no uno, sino dos cuchillos, el que Alba se llevó de la fiesta y el que se utilizó para matar, ¿verdad?
—En efecto.
—Ya. ¿Y eso a usted no le parece extraño? ¿Poco creíble?
Paula se levantó de su asiento como un resorte.
—¡Señoría!
El magistrado contuvo el ímpetu de la abogada con un ademán y luego miró a Inés con aire de reproche.
—Señora fiscal, haga el favor de no formular preguntas tendenciosas. Sus opiniones, consideraciones o juicios probabilísticos guárdeselos para el trámite de informe —le dijo, refiriéndose a la fase en la que la fiscalía y los abogados se dirigen al jurado y realizan los alegatos finales.
Para Paula resultó obvio que a Inés Calderón aquella reprimenda no le había afectado lo más mínimo. Pese a que aparentara cierto azoramiento, lo cierto era que había conseguido su propósito: el jurado ya había escuchado lo que ella quería.
—Sí, disculpe, señoría —dijo Inés, y acto seguido centró de nuevo su atención en el testigo—. Inspector, ¿cómo se produjo la secuencia del homicidio, según su investigación? ¿Qué sucedió?
El policía se tomó un tiempo antes de contestar, como si estuviera sopesando la mejor manera de resumirlo.
—Primero hay que entender los movimientos que la acusada hizo esa noche.
La información proporcionada por su compañía telefónica nos permitió constatar que, tras la fiesta, ella no fue al centro de Santander, a diferencia de lo que hicieron los demás adolescentes.
No, su móvil estuvo todo el tiempo en la misma zona, en el entorno de Reina Victoria y El Sardinero.
Estuvo conectado a una sola antena con un radio de cobertura amplio, y…
—Perdone que le interrumpa. Dice que permaneció en la misma zona, pero ¿pudieron determinar su ubicación exacta?
—No. Eso solo puede conseguirse con los registros del GPS y a veces con los del wifi, pero su teléfono no los tenía activados en ese momento.
Sin embargo, como le digo, el análisis de los datos de conexión al sistema de antenas sí nos permitió hacernos una idea general del área donde estuvo —aclaró—.
Allí, según descubrimos, hay pocas antenas y están dispersas, de modo que se obtiene una superficie bastante extensa.
Pero en cualquier caso fue suficiente para descartar que la acusada siguiera a la víctima esa noche.
Si se hubiera dirigido a la discoteca Babylon, se apreciaría.
Inés asintió mientras Paula ojeaba los papeles remitidos por la empresa de telefonía tras el ingreso de Alba en prisión provisional. Los registros de conexión no le preocupaban demasiado. Era de lo poco que cuadraba con lo que su clienta le dijo al juez de instrucción.
El inspector pareció leerle la mente, puesto que a continuación dijo:
—La acusada admitió durante su comparecencia judicial que, después del incidente en la fiesta, se fue directa a la calle Joaquín Costa, se sentó en el banco de madera y, sobre las tres, llamó por teléfono a su amiga Raquel.
Como le explicaba, el análisis de los datos de conexión a las antenas no nos permite verificar su posición con ese grado de detalle, pero la propia Raquel nos acabó reconociendo que sí, que estuvieron hablando y que, en el curso de la conversación, la acusada le dijo que estaba sentada en ese banco.
Según el informe de la compañía telefónica, la llamada duró unos cuarenta minutos.
Luego la acusada utilizó las redes sociales alrededor de otros veinte, hasta las cuatro y dos minutos de la madrugada.
—De acuerdo. Inspector, ¿es posible que, tras hablar con Raquel, la acusada subiera a su casa y luego se conectara a las redes sociales? Es decir, ¿cabe la posibilidad de que desde las cuatro menos veinte ya no estuviera en el banco de madera?
—Según hemos podido comprobar, no dejó de usar el móvil en ningún momento, así que todo indica que no se movió de allí.
—Bueno, hay adolescentes que utilizan los teléfonos mientras caminan…
—Sí, podríamos asumir que abrió el portal y entró en casa mientras seguía conectada a las redes sociales. Pero, en ese caso, los movimientos que hizo a continuación no tendrían sentido. Nada encajaría.
—Ahora le preguntaré por eso. Antes hábleme de Nacho, de los pasos que dio.
—Andrés Gil, el amigo de Nacho, nos dijo que salieron juntos de la discoteca Babylon y que se despidió de él un poco antes de las cuatro.
No recuerda la hora exacta, pero sí que a las cuatro y cinco ya tenía puesto el pijama.
A esa hora le mandó un mensaje a su novia para darle las buenas noches.
La copia de ese wasap tiene que estar ahí —dijo señalando el voluminoso expediente judicial que ojeaba el magistrado.
—¿Sabría decirnos cuánto se tarda desde el punto en el que los chicos se separaron hasta el banco de madera donde apareció el cadáver?
—Dos minutos, aproximadamente. Solo hay que avanzar unos metros, seguir por la curva de la calle y bajar en línea recta.
—Entonces ustedes entienden que Alba y Nacho coincidieron allí, a la altura del banco…
—Correcto. Sobre las cuatro y dos minutos.
Inés realizó una pausa efectista y algunos miembros del jurado clavaron la mirada en Alba.
—¿Qué hizo después la acusada? —preguntó la fiscal tras unos segundos.
—Parece que se puso muy nerviosa. Llamó a Raquel tres veces seguidas a las cuatro y ocho minutos, y luego otras dos veces. Pero su amiga no le cogió el teléfono en ninguna de ellas.
—¿Saben por qué?
—Sí, aunque no fue sencillo averiguarlo —dijo Sorozábal, y su rostro traslució orgullo—.
Al principio, Raquel nos lo ocultó todo.
Nos dijo que no tuvo noticias de Alba en toda la noche.
Sin embargo, poco después Alba declaró ante el juez de instrucción que las dos estuvieron hablando un rato sobre las tres de la mañana.
Las versiones de las dos chicas no coincidían.
Esa misma tarde, recibimos el registro de llamadas de la acusada y vimos que sí había habido comunicación entre ellas, así que volvimos a interrogar a Raquel.
Fue entonces cuando nos confesó que había mentido para protegerla.
Reconoció que aquella noche, al irse a la cama, había dejado el móvil en vibración y que Alba la despertó para contarle lo ocurrido en la fiesta.
Estaba llorando, y ella intentó consolarla.
Luego se despidieron y silenció el teléfono porque al día siguiente tenía un partido de tenis.
Ese es el motivo de que no escuchara las cinco llamadas que Alba le hizo más tarde.
Las vio por la mañana, junto con un mensaje en el que su amiga le suplicaba que no le dijera a nadie que la había estado llamando.
Le explicaba que había sucedido algo terrible y le juraba que era inocente.
—Pero, como usted ha mencionado antes, la propia Alba admitió en el juzgado que sí hablaron al menos una vez.
—En el mensaje, Alba no dejaba claro a qué llamadas se refería.
Raquel interpretó que eran todas. Sin embargo, parece que Alba estaba pensando en las últimas cinco, las posteriores al crimen, y por eso no tuvo ningún problema en declarar que las dos estuvieron hablando sobre las tres de la mañana.
De hecho, solo borró esas del historial de su teléfono, además del mensaje.
—Entiendo —murmuró Inés, y aparentó consultar sus notas.
Era consciente de que el jurado aguardaba con avidez la siguiente pregunta—.
Inspector, si no me equivoco, una cámara de un chalet la captó esa noche caminando por la calle Duque Santo Mauro en dirección a Reina Victoria y a la playa de Peligros, ¿es así?
—En efecto, la grabación corresponde a las cuatro y cuarto de la mañana, y seguía ese camino, sí.
Todo apunta a que buscaba un lugar donde ocultar el arma.
Peinamos los alrededores, también la playa y el área boscosa, pero las características del terreno no son las mejores, y tampoco podemos descartar que la lanzara al agua y la corriente la arrastrara.
—O sea, que en ese momento la acusada no podía estar durmiendo en su cama, como afirmó durante la instrucción.
—No. Es obvio que en ese punto también mintió.
La fiscal dejó pasar unos segundos para asegurarse de que el jurado retenía aquellas palabras.
—¿Han valorado que el crimen pudiera cometerse justo cuando ella ya estaba en la calle Duque Santo Mauro, dirigiéndose hacia Reina Victoria, según esa grabación?
—preguntó, haciendo de abogada del diablo—.
Es decir, ¿cabe la posibilidad de que Alba Ferrero no fuera la autora por encontrarse en otro lugar en ese instante?
Sorozábal no dudó.
—Por supuesto que lo hemos valorado, pero entonces habría varias cosas que no encajarían. Para empezar, ¿qué hacía a esas horas en esa calle? Y, sobre todo, ¿cómo se explican las manchas de sangre que encontramos en su cazadora? ¿Cómo llegaron ahí?
—¿Se refiere a la cazadora que hallaron en el vertedero? —preguntó la fiscal muy despacio.
El inspector asintió con vehemencia.
—La acusada se deshizo de ella de camino a la estación de autobuses, después de que la subinspectora Soto la interrogara por primera vez.
Mi compañera la vio esa mañana en la silla de su habitación y, sin embargo, más tarde, en el registro de la vivienda, ya no apareció.
Tras localizarla en el vertedero, se la mostramos a Carlos Alonso, uno de los chicos que estuvieron en la fiesta.
Él aseguró que era idéntica a la que Alba llevaba esa noche. Y los análisis lo confirmaron.
—¿Qué dicen los resultados?
—Que los cabellos que había en la prenda a la altura del cuello son de ella. Y, lo más importante, que la sangre en la manga derecha corresponde a la víctima. A Nacho Guerra —respondió Sorozábal.
La fiscal miró al jurado de forma elocuente.
—No hay más preguntas, señoría.