72. Giro de guion
Giro de guion
El magistrado Murrieta se recostó en su butaca y lanzó una ojeada a los miembros del jurado.
En el pasado había visto a algunos que no se tomaban en serio su función.
Solían ser personas que no aceptaban de buen grado el nombramiento y que, resignadas, se limitaban a esperar a que el juicio concluyera para emitir su veredicto por la vía rápida, sin ninguna reflexión, y marcharse de allí a seguir con su vida.
Doce hombres sin piedad , una de sus películas favoritas, retrataba como ninguna esa clase de comportamientos en los tribunales.
Él estaba convencido de que aquel proceso no sería tan sencillo como algunos periodistas vaticinaban.
Por eso le parecía fundamental que esos ciudadanos seleccionados asumieran su responsabilidad y no perdieran la atención.
En España se requieren siete votos para declarar culpable al acusado y cinco para declararlo no culpable.
En los últimos años, el noventa por ciento de los veredictos habían sido de culpabilidad.
En principio, se le antojaba improbable que aquella muchacha saliera libre de allí.
Sin embargo, su abogada era impetuosa y perseverante, y sabía que no claudicaría con facilidad.
Le complació comprobar que ningún miembro del jurado perdía detalle de lo que acontecía en la sala.
—Bien, antes de empezar con las testificales, ¿tienen alguna cuestión previa que plantear o nuevas pruebas que proponer? —preguntó dirigiéndose a la fiscal y a los abogados.
Aunque, según la ley, las pruebas deben proponerse en los escritos de acusación y defensa presentados meses atrás, cabe la posibilidad de que, justo antes de comenzar con los interrogatorios, se añadan otras de última hora, y Murrieta tenía la obligación de ofrecérselo a la fiscal y a los abogados.
Era consciente de que algunos letrados solían hacer uso de ese derecho para esconder sus cartas hasta el último momento y coger por sorpresa al contrincante.
Los periodistas, que aguardaban ansiosos el primer giro de guion, observaban con los bolígrafos en alto.
Inés Calderón y Félix Villar contestaron que no tenían nada que manifestar. Sin embargo, Paula se echó hacia delante y dijo:
—Con la venia, señoría, la defensa solicita una prueba adicional.
El magistrado la escrutó por encima de las lentes y la abogada notó cómo la tensión crecía a su alrededor.
—Se trata de la testifical de don Saturnino Cuevas Romero —anunció—. Queremos que acuda a declarar.
Murrieta hizo un asentimiento y comenzó a remover papeles.
—¿Podría decirnos quién es? —le pidió a Paula.
—Es un testigo al que la policía interrogó unas horas después del crimen. Un vecino de El Sardinero.
—¿Y no se le menciona en el atestado?
—No, señoría. Por eso no lo hemos propuesto hasta ahora. Hemos sabido de su existencia en fechas recientes. La policía y el juzgado de instrucción omitieron cualquier referencia a él —respondió ella con acritud.
El magistrado entrelazó las manos.
—¿Y por qué considera usted que es relevante?
Paula no titubeó. Tenía ensayada la respuesta.
—Todo indica que aquella noche la víctima pasó junto al piso del señor Cuevas, en el número 13 de la calle Joaquín Costa, antes de bajar la cuesta donde apareció sin vida.
En teoría, se había separado de su amigo Andrés un poco antes.
Eso nos llevaría a pensar que estaba solo.
Sin embargo, este testigo asegura que, a una hora que no es capaz de determinar pero que podría encajar con las tres o las cuatro de la madrugada, oyó voces en la calle.
Como una discusión. Y que una de ellas pertenecía a Nacho Guerra.
Mi clienta jamás subió hasta allí, así que cabe preguntarse: ¿quién o quiénes acompañaban a la víctima, señoría? Por eso es importante.
Un rumor recorrió la sala.
Murrieta pidió al público que guardara silencio. Luego, con voz pastosa, dijo:
—La señora fiscal y el letrado de la acusación particular pueden alegar lo que consideren oportuno sobre la admisibilidad de la prueba.
Inés Calderón apoyó los codos en la mesa con un rictus de indignación.
—Señoría, es perfectamente normal que la policía no recoja en los atestados el resultado de las diligencias que se revelan inútiles.
Y esta, sin duda, lo fue. No hay ninguna irregularidad en ello, como parece insinuar la letrada —afirmó tajante, y lanzó a Paula una mirada torva—.
Es más, casualmente esta fiscal estaba presente cuando la subinspectora Andrea Soto informó a su superior de la entrevista que había tenido con el señor Cuevas.
Según ella, el hombre no podía afirmar a qué sexo correspondían las supuestas voces, y mucho menos lo que se decían.
Es evidente que unas voces sin identificar, a una hora inconcreta y además sin que se entendiera lo que decían tienen una trascendencia nula para la investigación.
Por no mencionar que, según comprobó la policía, el señor Cuevas padece principio de demencia.
En fin, señoría, nos resulta muy difícil creer que ahora, de repente, casi por arte de magia, el señor Cuevas haya recuperado la memoria y con semejante precisión.
Es una prueba inútil y que solo busca confundir al jurado. Solicitamos su inadmisión.
Mientras los periodistas escribían con excitación en sus libretas, Félix Villar se adhirió a la petición de inadmisión formulada por la fiscal. Acto seguido, el magistrado posó las manos en la mesa y miró al frente con aire reflexivo. No parecía seguro de su decisión.
Tras unos segundos que a Paula se le hicieron interminables, proclamó:
—Se admite.