70. Abrirse en canal
Abrirse en canal
Santiago Belmonte removió el café y levantó la vista hacia el televisor de la cafetería donde se encontraba.
En la pantalla, una reportera conectaba con sus compañeros en plató para informar de que el juicio del «crimen del Carnaval» había comenzado.
Lo hacía con tono exaltado desde una de las entradas del palacio de justicia, ubicado a menos de dos minutos a pie del lugar donde él estaba.
El juez dio un pequeño sorbo y se pasó la lengua por los labios.
Por fin se juzgaba a Alba Ferrero. Él había finalizado la instrucción varios meses atrás, dándole la máxima prioridad, pero los recursos presentados por la abogada Paula Soler habían demorado la celebración de la vista.
Eso sí, una tras otra, la Audiencia Provincial había ido desestimando todas las alegaciones con las que la letrada intentaba echar abajo la investigación judicial, y él había salido reforzado.
En ese tiempo, su imagen había aparecido con frecuencia en los telediarios, y podría decirse que hasta se había hecho famoso.
Cuando jugaba los partidos de liga con su equipo de pádel, algunos contrincantes lo reconocían y lo felicitaban por el buen trabajo que, según los medios de comunicación, había hecho.
Ya no era el juez que dejó escapar a aquellos proxenetas por un error garrafal, eso parecía haber caído en el olvido.
Todo marchaba viento en popa, y la relación con su mujer, que al inicio de la investigación llegó a deteriorarse de forma alarmante y a pender de un hilo, volvía a ser la de antes.
En ese instante, Macarena debía de hallarse en el interior de la sala de vistas.
Había cubierto el «crimen del Carnaval» desde el comienzo y, por supuesto, no iba a dejar que nadie la sustituyera en el momento cumbre.
En cierto modo, la envidiaba. A él también le habría gustado estar allí contemplando cómo, poco a poco, la culpabilidad de la acusada se confirmaba.
En realidad, podía acceder como público, pero había otros asuntos que reclamaban su atención.
Además, que el juez de instrucción asistiera al juicio oral de un caso suyo resultaría muy raro y podría ser interpretado como una muestra de inseguridad, casi como si quisiera cerciorarse de no haberse equivocado.
Y él, desde luego, no iba a dar esa impresión.
Consultó el reloj. Amanda Moreno, la inspectora de Estupefacientes, había quedado en llamarlo en un rato para ponerle al día de las novedades de la operación Leo, la investigación antidroga abierta un año atrás a raíz del seguimiento a Rafael Santamaría, el amigo de Nacho Guerra.
Desde entonces habían descubierto que el taxista al que vieron vendiendo estupefacientes a ese chaval contaba con un alto y variado número de clientes, principalmente en la zona de El Sardinero.
Pero eso no era más que la punta del iceberg.
Gracias a largas vigilancias y a escuchas telefónicas que él había autorizado recientemente y que aún se mantenían, habían averiguado que aquel tipo, Mario Linares, alias Hamilton, como el piloto de Fórmula 1 por su afición a la velocidad, no estaba solo.
Formaba parte de una red de taxistas que suministraba droga por toda la comunidad cántabra.
El cabecilla de esa organización era su hermano, Máximo, que respondía al apodo de DiCaprio por su parecido razonable con la estrella de Hollywood.
DiCaprio era el enlace con tres narcotraficantes de nacionalidad colombiana que llevaban siete años afincados en Santoña y que, en colaboración con otros compinches que tenían en A Coruña, introducían en España droga procedente de Sudamérica.
DiCaprio era uno de los transportistas estrella de los narcos colombianos.
Se ocupaba de recibir la mercancía que estos le pasaban cada cierto tiempo y luego la repartía entre sus compañeros taxistas, incluido su hermano, que tenían dividido el territorio para el posterior trapicheo.
Tirando de aquel hilo descubierto casi por casualidad en el marco de la investigación del «crimen del Carnaval», la policía había logrado perfilar toda la red, a sus integrantes y su funcionamiento, y también tenía identificados a los narcos colombianos y a sus colaboradores en Galicia.
Para esto último se cooperaba con la autoridad judicial competente en A Coruña, y además se estaban desarrollando labores conjuntas con la Guardia Civil.
Santiago dirigía la instrucción y estaba impaciente por ordenar las detenciones.
Hacía dos meses y medio, cuando se produjo un pase importante de droga, aún quedaba algún fleco pendiente y por eso los agentes no reventaron la operación, como se denominaba en el argot policial al hecho de poner fin a los seguimientos y arrestar a los sospechosos.
Después de aquello tuvieron otra ocasión para intervenir, pero lo descartaron porque aspiraban a asestar un golpe definitivo, uno que condujera a toda esa gente a la cárcel durante muchos años.
Creían tener claro cuándo se presentaría la situación ideal: el sábado iba a celebrarse un concierto multitudinario de dos DJ en Santander y era probable que los camellos quisieran aprovisionarse de cantidades superiores a las habituales.
Para eso, antes DiCaprio tendría que quedar con sus proveedores colombianos, y entonces sería cuando, si nada se torcía, entrarían en acción.
Santiago se había mostrado de acuerdo con el plan. Además, sabía desde hacía tiempo que esa semana se celebraría el juicio contra Alba Ferrero, y la idea de que pudiera coincidir con el estallido de la operación Leo lo seducía.
Al pensar en ello, un hormigueo le recorrió la espalda.
En cuanto trascendiera que había caído una de las principales redes de tráfico de drogas en Cantabria, él, como juez instructor, se anotaría el tanto con el que había fantaseado tiempo atrás, cuando estaba en su peor momento.
Si con la investigación del «crimen del Carnaval» ya había logrado rehabilitar su imagen pública, ahora el impulso sería aún mayor.
—Fernando, cóbrame, por favor —le pidió al dueño de la cafetería.
Unos minutos más tarde, se dirigía hacia los juzgados con la mente aún puesta en la operación Leo cuando distinguió a unos metros a Samuel Guerra y Olivia Canals, los padres del muchacho asesinado. Ambos avanzaban cabizbajos por la otra acera.
Santiago se detuvo de golpe y trató de pasar desapercibido. Aunque Olivia y él eran compañeros, estaba decidido a guardar las distancias hasta el final, hasta que el jurado emitiese su veredicto y el caso quedase resuelto.
Mientras los veía alejarse camino de los juzgados, se dijo que era lógico que estuviesen tan abatidos.
Llevaban más de un año intentando aplacar aquel dolor que jamás los abandonaría, y esa mañana, cuando testificaran, tendrían que revivirlo todo y abrirse en canal.
En el fondo, a ninguno de los dos les había ido mal durante ese tiempo, pero en una situación como aquella nada, absolutamente nada, servía de consuelo.
Según sabía, tras la muerte de su hijo, ella se pasaba las horas encerrada en el juzgado, volcada en su trabajo, y también había buscado refugio en la literatura.
De hecho, su nuevo libro acababa de salir al mercado y lideraba las listas de los más vendidos.
El lanzamiento se había convertido al instante en un vendaval editorial que estaba sacudiendo todas las librerías.
Tristemente, el asesinato de su hijo había aumentado aún más su popularidad.
Eso sí, ella se había negado a participar en cualquier tipo de actividad promocional, a diferencia de lo que venía haciendo. No se veía con fuerzas.
A Samuel lo habían ascendido en su empresa hacía unos meses.
En concreto, ahora ocupaba el cargo de Julio Ferrero, el padre de la acusada, de quien Moguer & Cía.
había terminado prescindiendo, en teoría, por una serie de desavenencias sobre la manera de llevar el negocio.
No obstante, todo el mundo tenía claro que había sido por una cuestión de reputación.
Se rumoreaba que Samuel había dudado durante semanas si aceptar el nuevo puesto, pero al final lo hizo.
Todavía parado en la acera, Santiago se preguntó si, de ser padre y haber sufrido una pérdida como esa, él habría sido capaz de mantenerse a flote e incluso prosperar profesionalmente, como ellos.
No ignoraba que en algún medio de comunicación se les había llegado a tachar de fríos e insensibles.
Aunque ¿acaso no tiene uno el derecho a gestionar sus desgracias como quiera? O, mejor dicho, ¿como buenamente pueda?