68. La acusación
La acusación
El magistrado Edmundo Murrieta, perteneciente a la sección primera de la Audiencia Provincial de Cantabria, era quien dirigiría las sesiones.
Su función consistía en controlar que se respetaran las reglas.
Él no resolvería si la acusada era inocente o culpable.
Eso le correspondía al jurado. Una vez alcanzado el veredicto, él se encargaría de redactar la sentencia, pero no podría apartarse de la decisión que hubieran tomado esos nueve ciudadanos.
Tras recolocarse las gafas, le hizo un gesto al hombre que estaba sentado a su lado. También vestía toga, y pertenecía al cuerpo de letrados de la Administración de Justicia, antes denominados secretarios judiciales.
—Proceda a dar lectura a los escritos de acusación y defensa, por favor —le indicó el magistrado.
Era habitual que los jueces se saltaran ese trámite, pero Murrieta creía en la importancia de seguir el procedimiento y aplicaba las normas a rajatabla, especialmente en casos tan mediáticos como aquel, con la mirada de todo el país sobre ellos.
El letrado de la Administración de Justicia asintió sin rechistar y empezó a leer los cargos formulados contra Alba por la fiscalía y el abogado de la acusación particular.
Ambos le atribuían la muerte de Nacho Guerra y lo consideraban un delito de asesinato por la aparente imposibilidad de defenderse que tuvo la víctima. Sin embargo, discrepaban en la gravedad de la pena cuya imposición solicitaban.
Inés Calderón pedía quince años de prisión. Villar, veinte.
Paula se inclinó hacia Alba y le agarró la mano.
Estaba gélida, como si no le corriera la sangre.
La abogada levantó la vista y se encontró con unos ojos desvaídos y carentes de emoción.
Se había convertido en una sombra de sí misma, y en ese momento, tan delgada, con los hombros hundidos, el pelo sucio y revuelto y las pupilas extraviadas, se asemejaba más a un cuerpo amortajado que a una chica en la flor de la vida.
—Todo irá bien, ya lo verás —le susurró al tiempo que le apretaba la mano.
La joven no respondió y Paula se inquietó.
Los días anteriores, Alba le había dicho que pelearía en el tribunal y que colaboraría en todo para demostrar su inocencia.
Eso incluía mantener una actitud serena y concentrada, algo a lo que los jurados y los periodistas solían prestar mucha atención.
Sin embargo, de repente parecía marchita, agotada, devastada, como si la grandilocuencia del juicio y la gravedad que se respiraba entre aquellas paredes la hubieran aplastado, como si todo estuviera perdido.
Paula pensó en los padres de la chica. Quizá su presencia hubiera ayudado a levantarle el ánimo.
Pero ellos no declararían hasta el día siguiente y, al igual que el resto de los testigos, tenían prohibido acceder a la sala de vistas hasta que fuera su turno.
—Todo saldrá bien —le repitió a Alba como si fuera un mantra.
El letrado de la Administración de Justicia pasó a leer el escrito de defensa, en el cual Paula pedía la absolución de la acusada.
Cuando hubo concluido, el magistrado carraspeó y abrió el trámite de alegaciones previas.
—Señora fiscal, cuando quiera.
En la práctica, esas palabras suponían el pistoletazo de salida del juicio, el momento en que la fiscalía y los abogados se dirigirían por primera vez al jurado.
Se abría el telón y comenzaba la representación. Todo cuanto se había ido descubriendo a lo largo de la instrucción pasaba a ser anecdótico; ahora lo que de verdad importaba era lo que cada uno consiguiera probar allí.
Nada más.
Se empezaba de cero.
Todo quedaba sometido al escrutinio de los nueve miembros del jurado, más los dos suplentes, que en esos instantes se removían incómodos en la bancada.
Inés, con muchos años de experiencia a sus espaldas, sabía bien cómo desenvolverse en ese tipo de situaciones.
Sentía la presión, pero la disimulaba bajo una expresión ceñuda e inquisidora.
Se inclinó sobre el micrófono que tenía delante, se colocó la melena detrás de la oreja y escrutó a los miembros del jurado muy despacio, uno por uno.
En España, los fiscales y los abogados no tenían permitido levantarse ni dar paseos por la sala, pero existían otras formas de ganarse la atención de esas personas y persuadirlas de lo que deberían resolver en unos días.
—Señoras y señores del jurado —comenzó la fiscal con voz potente mientras alzaba un dedo—.
Hoy están aquí para cumplir un deber, un deber que les impone la ley y que entraña una gran responsabilidad.
No debe preocuparles si están o no familiarizados con el mundo del derecho, si han visto muchos juicios, pocos o ninguno.
Eso no importa, no es necesario. Lo único que se les pide es que apliquen la razón y la lógica y, a la luz de las pruebas que se les presenten, decidan si la acusada mató de dos puñaladas a Ignacio Guerra Canals la noche del 18 al 19 de febrero de 2023.
Dedicó los siguientes minutos a instruirlos sobre el funcionamiento de aquella clase de procedimientos judiciales y los derechos que la ley les reconocía, como la posibilidad de intervenir en cualquier interrogatorio para pedir aclaraciones o formular preguntas. Luego añadió con gravedad:
—En los próximos días escucharán numerosos testimonios de personas que les hablarán de la acusada y de la víctima.
Nadie podrá asegurarles que fue ella, Alba Ferrero, quien asestó las puñaladas mortales, pues no hubo ningún testigo ocular.
Sin embargo, no se lleven a engaño: eso no impide que ustedes la declaren culpable, ni mucho menos —les advirtió al tiempo que golpeaba en la mesa con la mano—.
La defensa les insistirá en que la fiscalía y la acusación particular tenemos la carga de probar que la acusada fue la autora del crimen.
Les dirá que, si existe una duda razonable, deberán considerarla inocente, y es cierto.
Pero eso no significa, señoras y señores, que ustedes necesiten una prueba plena y directa del delito, una evidencia manifiesta y rotunda.
Muy pocas veces se descubre al asesino sosteniendo la pistola humeante.
No, lo habitual es que los hechos se cometan sin dejar apenas rastro, poniéndoselo difícil a la justicia.
Y ahí es donde entra en juego la teoría de la prueba indiciaria, la teoría que ustedes deberán aplicar para no dejar impune este crimen.
La fiscal se detuvo y paseó de nuevo la mirada por la bancada.
—Si, vistas todas las pruebas, ustedes llegan al convencimiento de que existe una pluralidad de indicios que apunta hacia la acusada, deberán declararla culpable —proclamó—.
Y eso, les repito, a pesar de que nadie la viera empuñar el cuchillo y hundirlo hasta en dos ocasiones en el cuerpo de la víctima —remató—.
A lo largo de estas sesiones, señoras y señores del jurado, acreditaremos todas y cada una de las circunstancias que, inevitablemente, les llevarán a esa convicción: fue ella, Alba Ferrero, quien mató a Ignacio Guerra, o Nacho, como lo conocían sus amigos, y así deberán declararlo en su veredicto. Muchas gracias.
Durante unos segundos nadie habló, y Paula descubrió con desazón que dos miembros del jurado, un universitario con coleta que estudiaba Física y una mujer de mediana edad que trabajaba como contable, intercambiaban un asentimiento, como si ya tuvieran clara su decisión.
—Tiene la palabra el letrado de la acusación particular —anunció el magistrado al tiempo que miraba a Félix Villar, sentado a la izquierda de Paula.
El abogado carraspeó, murmuró el tradicional «Con la venia de su señoría» y comenzó a parafrasear a la fiscal.
Al principio lo hizo con tono melifluo y ademanes suaves, pero poco a poco fue endureciendo su discurso.
Buscó despertar la emoción del jurado con continuas alusiones al fallecido y a su familia, y, al repasar las pruebas que se presentarían durante el juicio, dijo:
—Recuerden que la acusada no solo tiene derecho a guardar silencio, sino también a mentir.
Ella puede mentirles con total impunidad y, por eso mismo, deberán poner en cuarentena todo lo que diga.
No se dejen engañar, que no les confunda —recalcó—.
Respecto a la prueba testifical, han de saber que los testigos tienen la obligación de decir la verdad y, si incumplen ese deber, cometen delito de falso testimonio.
No obstante —se apresuró a puntualizar con un gesto teatral—, a veces eso no resulta suficiente para asustar a algunas personas.
Llevo muchos juicios en mi carrera profesional y, créanme, les puedo garantizar una cosa: hay testigos que mienten.
Más de los que puedan imaginarse. Algunos lo hacen deliberadamente; otros sin tener conciencia de ello, por un fallo de memoria.
Por eso, les ruego que estén atentos y que tomen sus afirmaciones con la debida cautela.
Y si en algún momento les surgen dudas sobre cómo valorar las pruebas, sepan que deben dar prevalencia al testimonio de los expertos, es decir, a lo que digan la policía judicial y los forenses, que nada se juegan aquí y son plenamente objetivos.
Pero no se inquieten: muy pronto comprobarán que las evidencias biológicas y tecnológicas contra la acusada son claras.
Ella asesinó a Nacho Guerra. Y deberá ser declarada culpable. Gracias.
El magistrado Murrieta se volvió hacia Paula. La abogada aspiró con avidez y se llenó los pulmones de aire. Había llegado su momento.
—Adelante —dijo el magistrado.
Paula estudió a los miembros del jurado durante unos instantes, tal y como había hecho la fiscal.
Reparó en que todos la observaban con interés, aunque en varios de ellos apreció un rictus de rechazo.
Se recordó que era normal que nada más comenzar muchos estuvieran en su contra.
¿Acaso ella no habría pensado lo mismo de estar en su lugar?
¿No era lógico suponer que la policía había hecho bien su trabajo?
Las manos le sudaban. Sabía que era clave empezar con buen pie, había mucho en juego.
Echó un último vistazo a sus notas, al discurso que tenía preparado.
Siempre lo redactaba por si a la hora de intervenir no se sentía inspirada y con confianza.
Eso le proporcionaba seguridad, aunque era consciente de que hablar directamente al jurado, sin leer, resultaba mucho más eficaz, más convincente.
Iba a despegar la vista del papel y a articular las primeras palabras cuando notó el contacto de unos dedos en su muñeca. Eran de Alba.
Giró el rostro hacia ella y celebró en su fuero interno que, por primera vez esa mañana, la chica pareciera reaccionar. Advirtió que tenía los ojos vidriosos y que en su cara se había abierto paso una expresión suplicante.
La abogada le sostuvo la mirada y asintió seria.
No se rendirían. Presentarían batalla.