67. El jurado
El jurado
«¿Jura o promete desempeñar bien y fielmente su función, con imparcialidad, sin odio ni afecto, examinando la acusación, apreciando las pruebas y resolviendo si la acusada es culpable o no culpable del delito, así como guardar secreto de las deliberaciones?».
El juramento que habían prestado todavía revoloteaba en la cabeza de los miembros del jurado cuando se acomodaron en la bancada situada en un lateral de la sala de vistas, en perpendicular a la mesa en la que se hallaba Edmundo Murrieta, un magistrado de gafas ovaladas y edad avanzada encargado de presidir el tribunal.
Eran nueve los ciudadanos llamados a decidir el destino de Alba Ferrero: cinco hombres y cuatro mujeres.
Su nombramiento se había producido el viernes anterior tras un proceso agotador de entrevistas y recusaciones.
Se dedicaban a profesiones muy diversas, todas ajenas al mundo del derecho, y su edad oscilaba entre los veintidós y los sesenta y tres años.
Cinco de ellos tenían hijos. Además había dos suplentes, que, aunque en principio no intervendrían en la deliberación, debían presenciar todo el juicio por si alguno de los titulares enfermaba repentinamente o sucedía algo que comprometiera su imparcialidad.
Paula se encontraba sentada al otro lado del estrado, en una larga mesa que ocupaban la fiscal, el abogado de la acusación, ella misma y la acusada, por ese orden.
Miró hacia la zona destinada al público y el vello se le erizó.
Para disponer de mayor aforo, se había decidido utilizar el salón de actos del palacio de justicia como sala de vistas, pero ni siquiera así era suficiente.
La estancia estaba abarrotada. Al abrirse las puertas, se había desatado una lucha encarnizada por los asientos, y muchas personas habían tenido que quedarse fuera.
En ese momento, numerosos periodistas escribían febrilmente en sus libretas mientras otros movían y disparaban sus cámaras sin cesar.
La atmósfera estaba cargada, y daba la impresión de que faltara el oxígeno.
La abogada se esforzó por abstraerse del circo mediático y estudió a los miembros del jurado.
Parecían nerviosos, algunos incluso apesadumbrados, como si la función que acababan de asumir por imperativo legal ya empezara a hacerles mella.
Paula esperaba que a lo largo de la semana lograran relajarse y concentrarse en lo que ella tenía que decirles.
Porque, pese a las pruebas demoledoras que la policía había ido acumulando contra su clienta, todavía mantenía la esperanza de salvarla.
Eso sí, era totalmente consciente de que quizá se hallaba ante el caso más complicado de su carrera. Partía con demasiada desventaja.
La sangre aún le hervía cuando recordaba cómo se torció aquella declaración ante el juez instructor hacía algo más de un año.
Fue un grave error permitir que Alba contestara a aquellas preguntas.
Tendría que habérselo impedido, haber sido más taxativa.
Sin embargo, en aquel entonces ignoraba que la joven no le estaba siendo sincera, y no podía imaginar que sus respuestas la harían aún más sospechosa.
Ahora, con toda la información de la causa ya disponible, resultaba obvio que su explicación inicial no se sostenía.
Ante el jurado tendría que dar otra, la que, según Alba le había asegurado entre alaridos y lágrimas tras entrar en prisión provisional, revelaba lo que realmente sucedió.
Era algo de lo que por ahora solo estaban al corriente ella, como abogada, y los padres de la chica, y que Alba afirmaba haber ocultado por miedo a que nadie la creyera ante las extrañas circunstancias que se dieron aquella noche.
De primeras, Paula no supo qué pensar. Durante muchos días le insistió en que, si era culpable, debía decírselo.
La defendería igualmente, a pesar de que hubiera intentado engañarla, y buscarían la mejor estrategia.
Que se lo confesara a ella, le recalcó, no implicaba que fuera a acabar condenada.
Sin embargo, cuanto más le repetía esas palabras, más desesperada se mostraba Alba, como si cada sílaba se le clavara en la carne.
Al final había decidido creerla, o eso se repetía a sí misma. Aunque ¿y si estaba equivocada? ¿Podía estar segura de que a lo largo de esa semana no saldrían a la luz más contradicciones, más mentiras? ¿Podía estar segura de que, derrumbada a su derecha, no tenía a la asesina de Nacho Guerra?
Inspiró hondo y la miró de soslayo. Ya era tarde para cuestionarse aquello.
Disponía de cinco días para lograr su libertad.
Los cinco días que duraría el juicio.