La doble víctima 65. Destino sellado
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65. Destino sellado

Destino sellado

Nada más terminar la vista de medidas cautelares, los dos agentes de policía se llevaron a la detenida a los calabozos de los juzgados. Acto seguido, el juez Belmonte y la fiscal se retiraron en silencio a sus respectivos despachos.

Santiago cerró la puerta y se afanó en redactar lo más rápido posible el auto en el que plasmaría su decisión sobre el futuro inmediato de Alba Ferrero. Sabía que, al otro lado del pasillo, junto al mostrador de su juzgado, los dos abogados esperaban ansiosos la resolución.

Veinte minutos más tarde, Paula volvió a consultar su reloj de pulsera por enésima vez.

Aquella tardanza no era buena señal; por lo general, un auto de puesta en libertad se escribía enseguida.

Lo difícil era fundamentar el ingreso en prisión provisional.

Intentaba no imaginarse a Alba en la cárcel, pero era incapaz de quitarse esa imagen de la cabeza.

¿Cómo sobreviviría esa pobre chica allí dentro?

Solo tenía dieciocho años y había sufrido tanto en los últimos tiempos… Jamás volvería a ser la misma.

Se acordó de cómo la había mirado al salir de la sala de vistas.

Aterrorizada. Hundida. Presa de un temblor incontrolable.

Como si ya intuyera que su destino estaba sellado, que la próxima vez que se vieran lo harían tras unos gruesos muros.

Poniéndose en su papel de abogada, ella había intentado esbozar una sonrisa alentadora, pero no lo había logrado.

Era consciente de que caminaban sobre el alambre, que la situación era límite, y no había podido disimular su congoja.

Suspiró y se volvió hacia su compañero. Álvaro se mantenía callado y daba pequeñas vueltas en círculo con la cabeza gacha. Félix Villar se había colocado a varios metros de ellos y, aunque fingía estar absorto en su teléfono, Paula lo conocía y sabía que también estaba nervioso.

De pronto se oyó un taconeo en el interior de la oficina judicial, alguien se acercaba.

Paula levantó la vista y las pulsaciones se le aceleraron.

Era la tramitadora a cargo del procedimiento.

Traía noticias. La abogada intentó adivinar en su rostro la decisión del juez, pero su expresión era de puro hermetismo.

—Letrados —dijo, y le hizo un ademán a Félix Villar para que se aproximara—. Ya les hemos notificado la resolución por vía telemática, ¿de acuerdo? La recibirán mañana.

—Sí, pero ¿qué…? —farfulló Paula con el peor de los presentimientos.

La mujer la observó por encima de sus gafas de montura plateada.

—Prisión provisional, letrada. Sin fianza.