La doble víctima 64. Luchar
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64. Luchar

Luchar

La chica afirmó que, en cuanto entró en casa, se fue directa a su habitación y se tumbó en la cama mientras intentaba olvidar todo lo que había sucedido en la fiesta.

No se movió de allí, y ni siquiera se cambió de ropa.

Sentía un cansancio inmenso, pero a la vez no podía dejar de pensar, de revivirlo.

Permaneció así, sin incorporarse, hasta que, unas horas después, la puerta se abrió y apareció su madre acompañada de una policía que quería hablar con ella. Para entonces, ya era de día.

La fiscal le aguantó la mirada durante unos segundos, como si estuviera midiendo su sinceridad. Después, para sorpresa de Paula, anunció que no tenía más preguntas.

A continuación, el juez le dio la palabra a Félix Villar y le rogó que fuera breve.

El letrado, que se había percatado de que Belmonte y Calderón estaban sirviéndose para su interrogatorio de información declarada secreta, no quiso poner a prueba la paciencia del instructor y rehusó intervenir. En su opinión, no hacía falta.

—Perfecto —celebró Santiago, satisfecho por no tener que escuchar preguntas improcedentes o redundantes.

Una vez más, aquel abogado le demostraba que no solo conocía el derecho, sino que también sabía manejarse con soltura y sagacidad en los tribunales, calculando cuándo debía hablar y cuándo quedarse callado.

Paula Soler también era una buena profesional, aunque en ocasiones le resultaba demasiado insistente, terca. Extendió la mano hacia la abogada.

—Letrada, puede proceder.

Paula se puso recta. Tras las intervenciones del juez y la fiscal, poco tenía que añadir.

Ellos habían agotado las preguntas y, en su opinión, Alba se había defendido bien a lo largo del interrogatorio.

Solo pareció flaquear en esas dos cuestiones por las que se había interesado Inés Calderón; dos cuestiones que para ella eran un enigma y en las que no se atrevía a profundizar.

No estaba segura de si Alba había dado algún paso en falso sin que ninguna de las dos se diera cuenta, pero desde luego ella no iba a contribuir a que la chica se despeñara.

Aunque ¿cómo iba a quedarse callada? Tenía que decir algo, luchar.

—Letrada, ¿va a hacer alguna pregunta o no?

—Sí, sí, disculpe, señoría.

Paula hundió la mirada en las pupilas de Alba. Seguía de pie ante el micrófono y agarraba la base como si le sirviera para sostenerse y no precipitarse al suelo.

—Buenos días —la saludó con tono dulce, en un intento por tranquilizarla—. Con la venia de su señoría, ¿nos podría decir cuánto tiempo llevaba Nacho Guerra sin insultarla ni humillarla desde el último conflicto?

Santiago frunció el ceño al instante.

—Vamos a ver, letrada. Eso ya está contestado.

—Sí, pero…

—No, ya está contestado, no insista —la detuvo él en seco—. ¿Algo más?

Paula pensó la siguiente pregunta.

—Durante la fiesta, ¿presenció usted algún tipo de conflicto entre Rafael Santamaría y la víctima? ¿Un reproche, alguna salida de tono que indicara que luego acabarían peleándose en una discoteca?

El juez le lanzó una mirada gélida y Félix Villar hizo un aspaviento.

—¡Señoría! —protestó el abogado—. Estamos interrogando a la detenida sobre lo que ella hizo. Además, aquí no consta ninguna pelea en ninguna discoteca.

Santiago movió la mano para apaciguarlo.

—Tiene razón, letrado. Señora Soler, no voy a admitir esa clase de preguntas, ¿de acuerdo?

—Pero, señoría, tenemos derecho a que se investiguen otras líneas.

—Y se investigan, pero por parte de la policía.

Y, como comprenderá, aquí no vamos a dedicarnos a analizar gestos, salidas de tono y ese tipo de sutilezas.

Mire, más sencillo —agregó Santiago volviéndose hacia Alba—.

Señora Ferrero, ¿durante la fiesta vio usted que se produjera alguna pelea, riña o agresión entre esas dos personas a las que se ha referido su abogada?

Alba bajó la cabeza.

—No…

—Pues aclarado —zanjó el juez—. ¿Quiere hacer alguna otra pregunta, letrada? Pertinente y útil, por favor.

Paula hizo girar su bolígrafo mientras buscaba alternativas, algo con lo que dar un vuelco a la situación y garantizarse la puesta en libertad de su clienta. Pero nada acudía a su mente.

Santiago tamborileó con los dedos en la mesa, impaciente. Al ver que la abogada no reaccionaba, dijo:

—Bien, damos por concluida la declaración.

Paula sintió el impulso de protestar, aunque lo cierto era que no sabía qué añadir.

—Ahora —comunicó el juez—, damos paso a la vista de medidas cautelares. Señora Ferrero, puede sentarse.

La primera en formular sus alegaciones fue la fiscal.

Tal y como se había figurado Paula, Inés Calderón no ahondó mucho en los indicios que había contra Alba, puesto que debía respetar el secreto de sumario y no revelar datos confidenciales.

Sin embargo, sí incidió en el intento de la detenida de apuñalar a la víctima durante la fiesta cuando la estaba ridiculizando.

También en el detalle de que había huido de la casa con un cuchillo que podía ser el arma que acabó con la vida de Nacho Guerra.

No desveló si había aparecido o no, pero sí afirmó que, si se ponía a la sospechosa en libertad, el riesgo de ocultación y de destrucción de pruebas era evidente.

Culminó su razonamiento agregando que, por otro lado, Alba había tratado de fugarse en una ocasión y que, aunque carecía de recursos económicos, no podía descartarse que volviera a intentarlo.

Por todo ello, se hacía imprescindible decretar el ingreso en prisión provisional.

A continuación, Félix Villar se aclaró la garganta y, con otras palabras, vino a decir lo mismo que la fiscal.

Cuando le tocó hablar a Paula, la sala quedó sumida en un silencio absoluto.

La abogada notaba el aire cargado de electricidad y los ojos y las esperanzas de Alba puestos en ella.

La noche anterior había escrito su alegato, pero en el fondo no necesitaba esos folios.

Sabía lo que tenía que decir. Además, la declaración de Alba había cambiado la situación.

—Señoría, nos oponemos a la medida cautelar solicitada por la fiscalía y la acusación particular —comenzó, y trató de imprimir a su tono convicción y firmeza—.

En primer lugar, queremos manifestar que el secreto de sumario no implica que el juzgado y la policía puedan ocultar la práctica totalidad de la investigación a la defensa. Según el Tribunal Constitucional…

—Letrada, céntrese en las medidas cautelares —la interrumpió el juez, irritado—. Si quiere, presente después los recursos que considere oportunos, pero ahora cíñase a lo que nos ocupa. Haga el favor.

Paula contó hasta cinco para no soltar una impertinencia. Lo que ella alegaba no estaba fuera de lugar, ni mucho menos. Se trataba tan solo de hacer constar una situación que, en su opinión, estaba provocando indefensión a su clienta.

Cruzó una mirada con su nuevo compañero, sentado en los bancos reservados al público, que le hizo un gesto con la mano para darle a entender que era mejor dejarlo pasar. Por su parte, el abogado de la acusación y la fiscal se mantenían impertérritos y no movían un músculo.

—Sí, señoría —prosiguió Paula, y se permitió arrastrar las últimas sílabas para recalcar su contrariedad—.

Como decía, nos oponemos a la prisión provisional y a cualquier otra medida cautelar, y lo hacemos por varios motivos.

El primero, porque todo lo que las acusaciones consideran indicios de la culpabilidad de mi clienta no son más que datos circunstanciales que interpretan caprichosamente a su favor.

Sí, Alba Ferrero participó en esa fiesta, tuvo una disputa con la víctima y se llevó un cuchillo, pero eso es todo, señoría.

No hay ni una sola prueba de que volvieran a coincidir.

Ni una. De hecho, mi clienta lo ha desmentido con contundencia.

Se detuvo unos instantes y señaló a Alba para reforzar sus palabras.

—Y, que sepamos, tampoco hay una sola prueba, señoría, de que ese cuchillo fuera el arma del crimen y no otro —agregó—.

Además, a mi clienta se le cayó en la calle, junto al banco de madera, de modo que cualquiera pudo cogerlo después y emplearlo contra Nacho Guerra.

Porque, señoría, Alba no estuvo sola en esa fiesta.

No era la única persona que tenía problemas con ese joven —enfatizó, y dio un golpecito con el dedo índice en la mesa—.

No se nos ha permitido sacar a colación la pelea con Rafael Santamaría, pero esta defensa conoce y está en disposición de acreditar que esa misma madrugada la víctima y su supuesto amigo, Rafael, llegaron a las manos y se amenazaron de muerte.

Y que luego, con una diferencia de tan solo unos minutos, ambos abandonaron el lugar.

Andrés, otro de los amigos, acompañó a Nacho durante una buena parte del trayecto, y todo indica que se separaron casi al final.

¿Quién nos dice que Rafael no había ido tras ellos y aprovechó el momento en que Nacho se quedó solo para alcanzarle y pelearse de nuevo con él?

Muy cerca, bajando la cuesta, estaba el cuchillo que Alba no había recogido, señoría.

¿Y si llegaron hasta allí discutiendo y él lo empuñó y se lo clavó?

¿O quién nos asegura que no fue otra persona?

—preguntó al tiempo que elevaba las manos—.

El crimen se produjo a pocos metros del domicilio del fallecido, donde cualquiera que tuviera cuentas pendientes con él podía estar esperándolo.

No, señoría, hacer cargar a mi clienta con todas las sospechas y meterla en prisión resulta precipitado, arbitrario y totalmente contraproducente.

Hizo una pausa y observó de nuevo a Alba, que tenía los ojos fijos en el suelo.

—Con el debido respeto, señoría —continuó sin perder la entonación—, no hay ningún riesgo de ocultación ni de destrucción de pruebas.

Según han informado los medios de comunicación, el cuchillo no estaba en la escena del crimen y, salvo que esta letrada esté equivocada, no consta que haya aparecido.

Pues bien, incluso suponiendo que mi clienta sea la asesina, ¿qué iba a hacer con él?

¿Volver a esconderlo? ¿Cambiarlo de sitio?

No tiene sentido, señoría. ¿Y qué otras pruebas peligran?

La respuesta es clara: ninguna. —Volvió a interrumpir su discurso y escrutó al juez, que parecía escucharla con atención.

Eso avivó su esperanza—. En cuanto a la posibilidad de fuga, señoría, es evidente que no es real.

Lo único que mi defendida hizo el pasado domingo fue dejarse llevar por el pánico y correr a refugiarse en la estación de autobuses.

No hubo ningún intento serio de huir y, como ha reconocido la fiscalía, ni siquiera cuenta con medios para hacerlo.

Por todo lo expuesto —concluyó, y se inclinó hacia delante—, solicito la inmediata puesta en libertad.