63. El interrogatorio
El interrogatorio
Alba pegó los labios al micrófono y, en apenas un susurro, confirmó que iba a declarar. El juez respondió con un aséptico «De acuerdo» y, mientras pasaba algunas páginas del atestado policial, inició el interrogatorio.
Lo hizo de forma cautelosa, con tacto y dando rodeos.
Pese a que aparentaba estar relajado, Paula sabía que estaba concentrado y que lo único que buscaba con esa pose era ganarse la confianza de la detenida.
A menudo, el éxito en los interrogatorios no radica tanto en la agresividad y la confrontación como en lograr que el interrogado se sienta cómodo y se exprese con naturalidad, sin cortapisas.
La abogada, que seguía lamentando aquel giro de los acontecimientos, trató de sosegarse.
¿Y si su clienta lograba convencer a Belmonte, después de todo?
A lo largo de una hora, la chica fue desgranando los pormenores de la noche del crimen.
Comenzó hablando de forma atropellada, con tartamudeos continuos y más titubeos de lo aconsejable, pero, a medida que transcurrían los minutos, ganó seguridad.
Negó con rotundidad haber matado a Nacho Guerra y repitió todo lo que le había contado a Paula en su primera entrevista.
Lo hizo con claridad y sin dejarse ningún detalle y, por un momento, la letrada se permitió acariciar la idea de la puesta en libertad.
Sin embargo, los pensamientos de Santiago discurrían por derroteros muy diferentes.
A él esa adolescente no lo engañaba: había mentido en dos aspectos fundamentales.
No veía necesario incidir en ellos, dado que la investigación estaba bajo secreto de sumario y la abogada se lanzaría a protestar si sacaba a colación datos que ella no conocía, de modo que decidió cederle el turno a la fiscal.
Él se había figurado que Inés declinaría hacer preguntas, pero se equivocaba.
—Buenos días —saludó a la detenida sin revelar ninguna emoción—. Me gustaría que nos aclarara un par de cosas. La primera es sobre su indumentaria el día de los hechos. Antes ha manifestado que iba disfrazada de un personaje de los cómics de Batman, ¿es así?
—Eh, bueno, sí…
—Harley Quinn, ¿no? Una psiquiatra que acaba convirtiéndose en una criminal, según le he entendido.
—Sí…
—Mi pregunta es: ¿de qué piezas se componía el disfraz que usted llevaba?
—¿Piezas?
—De ropa, quiero decir —precisó la fiscal.
—Mmm… Pues… unos pantalones azules y rojos. Y un cinturón, una camiseta y una chaqueta.
—¿Y no incluía una cazadora?
Paula tuvo la impresión de que aquella pregunta dejaba a Alba sin respiración.
—¿Cazadora? —repitió la chica, como si quisiera ganar tiempo.
—Sí, eso mismo.
—Pues…, no, no.
—Pero solo con una chaqueta usted pasaría frío, ¿no? En pleno febrero… Además, tengo entendido que la fiesta fue en un sótano muy grande y sin calefacción.
—¡Señoría! —protestó Paula, desorientada—. ¿Qué tiene que ver si hacía frío? Mi clienta ya ha explicado todo lo que pasó.
—Letrada, la ropa que llevaba la detenida, como usted comprenderá, es importante. Señora fiscal, prosiga.
—Bien —repuso Inés Calderón, que volvió a posar la vista en Alba—. ¿Llevaba usted esa noche una cazadora o no?
La muchacha agachó la cabeza.
—Sí…
—¿Y cómo era?
—Azul. Azul con rayas rojas —respondió con voz temblorosa.
—A juego con el disfraz, más o menos, ¿no?
Alba asintió, pero en esta ocasión el juez no le pidió que contestara verbalmente.
—Y dígame una cosa —continuó la fiscal—: cuando usted se fue corriendo de la fiesta, ¿la llevaba puesta?
—No… no estoy segura —titubeó de nuevo.
—Bueno, digo yo que, si se la hubiera dejado en la casa, se habría dado cuenta, ¿no? Sentiría frío por el camino y en ese banco en el que dice que estuvo sentada.
Paula se retrepó en el asiento.
—Señoría, por favor, la fiscal está pidiendo a mi clienta que haga hipótesis. Ya ha dicho que no está segura.
—Sí, sí…, creo que la llevaba —gimió Alba antes de que el juez se pronunciara sobre la protesta de la abogada—.
Un poco antes acompañé a mi amigo Carlos a la calle para que fumara.
En el sótano éramos muchos y hacía algo más de calor, pero cuando volvimos no me la quité. Estaba destemplada… Ahora me acuerdo…
Paula le lanzó una mirada de censura; si ella protestaba ante una pregunta de la fiscal era por algo. Pero Alba seguía sin dirigir la vista hacia ella.
—Antes le ha dicho a su señoría que al volver a casa no se encontró en ningún momento con la víctima —continuó Inés Calderón sin darle tregua—. ¿Es así?
Alba se lo confirmó.
—De acuerdo. Cuando subió, ¿dónde dejó usted la cazadora?
Aquella pregunta tan directa alarmó a Paula.
Repasó en su mente el registro que unos días antes se había llevado a cabo en la vivienda de la chica.
Recordaba que la policía halló el disfraz en el cesto de la ropa sucia, aunque ¿incluía eso la cazadora?
No, diría que no. Los agentes también habían registrado el armario de su habitación, pero no lograba acordarse de si se llevaron una prenda así.
Desde luego, en la sala de interrogatorios de la comisaría Alba no la tenía, y durante el registro vestía una de color negro. Notó que el pulso se le aceleraba.
—No… no lo sé —farfulló Alba—. No me fijé…
—Ya, no se fijó —repitió Inés con un deje malicioso—.
Y supongo que tampoco en dónde acabó, claro…
—agregó, y a continuación hizo una pausa teatral—.
Bien, vayamos a la otra cosa que quería preguntarle.
Verá, me gustaría que nos detallara qué hizo cuando llegó a su casa, además de desprenderse de la cazadora, imagino.
Alba la observó como si no comprendiera a qué se refería.
—¿Cuando llegué a mi casa?
—Sí. ¿Se desmaquilló, se fue a dormir, volvió a salir…?
Paula ahogó un respingo de inquietud. ¿Por qué demonios le preguntaba a Alba si aquella noche volvió a salir?
¿Acaso disponían de algún dato que lo indicara?
La aclaración que Inés Calderón solicitaba no podía ser casual.
Tenía la sensación de que era una trampa.
Miró a su clienta para recordarle con un gesto lo que le había advertido cuando preparaban la declaración: «No mientas.
Y, sobre todo, si ves que vas a perjudicarte, no contestes».
Pero Alba contestó.