62. Una espiral
Una espiral
Los dos policías encargados de escoltarla la sujetaban con fuerza, igual que cuando la condujeron por primera vez a la sala de vistas.
Sin embargo, ahora Alba apenas reparaba en cómo sus dedos firmes se le clavaban en la piel y la obligaban a avanzar; tampoco en los abogados impecablemente trajeados, los procuradores y el personal del palacio de justicia que se hacían a un lado en el pasillo y la observaban con curiosidad indisimulada, como si protagonizara una suerte de viacrucis.
No, ahora todo era diferente, y su mente se hallaba muy lejos de allí, girando sin parar, envuelta en una espiral infinita de dudas.
Ya no acudía ante el juez solo para guardar silencio y confiar en la habilidad y las dotes de persuasión de su letrada.
Iba a hablar, a prestar declaración, a defenderse, y eso —Paula ya se había encargado de que se le quedara grabado a fuego— marcaría su futuro.
Enfiló el último tramo de pasillo y se estremeció al pensar en el peor escenario posible. Los últimos consejos de la abogada resonaron en sus oídos.
«No mientas. Y, sobre todo, si ves que vas a perjudicarte, no contestes».
Era consciente de que había cosas que no le había contado a nadie, ni siquiera a Paula, pero ¿y si se quedaba sola? ¿Acaso era mejor que diera más detalles? Aunque ¿cuáles?
Respiró hondo y se dijo que ya era tarde para eso, que en breve todo habría pasado y quedaría libre.