61. No mientas
No mientas
Paula no daba crédito a lo que estaba ocurriendo.
—Señoría, solicito reunirme con mi clienta en privado.
Santiago entrelazó los dedos y ocultó la sensación de triunfo que lo invadía ante el cambio de criterio de la detenida. Se figuraba que la fiscal y Félix Villar también lo estarían celebrando en su fuero interno.
—Ya ha tenido ocasión de hablar con ella, letrada.
—Sí, pero todos han presenciado lo que acaba de suceder. Es imprescindible que me reúna con ella otra vez —insistió Paula, y trató de cargar su tono de autoridad para dejar claro que, si el juez no accedía, solicitaría la nulidad de la declaración.
Santiago lo meditó unos instantes y sondeó a la fiscal con la mirada. Ella inclinó levemente la cabeza.
—Muy bien —resolvió mientras se incorporaba—. Agentes, conduzcan a la señora Ferrero a la sala de detenidos. Letrada Soler, no tenemos todo el día, ¿entendido? Nos vemos aquí en quince minutos.
—Pero, señoría…
—Letrada, quince minutos.
Paula se tragó un resoplido y siguió a los policías.
Poco antes del cuarto de hora, reemprendieron el camino de vuelta.
En ese tiempo había sido incapaz de hacer cambiar de parecer a Alba.
Derrumbada y entre sollozos, la muchacha le dijo que la aterrorizaba ir a la cárcel.
Lo único que deseaba era volver con sus padres, abrazarlos, y ellos querían que declarara.
Tal vez, si se explicaba bien, añadió, el juez la creería y la dejaría marchar.
Paula le repitió las advertencias de la tarde anterior, pero no había servido de nada.
En cierto modo, la comprendía y no podía reprocharle que, justo cuando se asomaba al abismo, sintiera miedo.
Tampoco que se viera influida por la postura de sus padres.
Por eso había dejado de insistir y se había concentrado en prepararla lo mejor posible: «No dudes.
No te explayes. No muestres nerviosismo ni te bloquees.
No actúes. No mientas. Y, sobre todo, si ves que vas a perjudicarte, no contestes».