La doble víctima 60. Declarar
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60. Declarar

Declarar

Paula la había observado todo el rato. Aunque la chica estaba sentada en una silla, el temblor que le sacudía el mentón hacía unos minutos se había extendido a todo su cuerpo, y ahora jadeaba como si estuviera en mitad de una carrera, como si el pecho le fuera a estallar.

La abogada intentó de nuevo establecer contacto visual con su clienta.

Quería calmarla, hacerle ver que lo sucedido no cambiaba sus planes.

Pero fue imposible: Alba la rehuía de forma deliberada.

Por su experiencia, supo que aquello no era buena señal.

Por lo general, los clientes se refugian en los ademanes y las miradas de sus abogados, y Alba, en lugar de buscarlos, los evitaba.

—Letrada, es inadmisible que pasen estas cosas —la reprendió el juez—. ¿Es que usted no ha hablado con la familia de su clienta?

—Disculpe, señoría. No sabía…

Santiago Belmonte alzó la mano para cortarla, como si no le interesaran sus excusas, y se volvió hacia Alba.

—Señora Ferrero, póngase en pie y acérquese al micrófono.

Alba, con una palidez cadavérica, no reaccionó.

El juez elevó el tono:

—Señora Ferrero. Póngase en pie y acérquese al micrófono.

La chica se estremeció y pareció volver en sí.

—Señora Ferrero, le he pedido que se levante y se aproxime al micrófono. ¿Me está entendiendo?

—Sí, sí, yo…

Con paso tambaleante, la muchacha obedeció.

—Acérquese bien para que sus respuestas queden registradas en la grabación.

—Sí…

—Escúcheme —dijo el juez con tono autoritario—. Hace unos minutos, en presencia de su abogada, el letrado de la Administración de Justicia le ha leído sus derechos, ¿verdad? Y usted ha firmado un documento en el que manifestaba quedar enterada.

Alba asintió con la cabeza.

—No, no haga gestos —la corrigió Santiago—. Diga sí o no, ¿de acuerdo? Los gestos aquí no valen.

—Perdón, sí.

A Paula, sentada a una mesa a la derecha del juez, le dio la impresión de que el rostro de la chica se tornaba cada vez más amarillento y apergaminado.

—Bien —prosiguió Santiago—. Entonces le habrán informado de que tiene derecho a guardar silencio, a no declararse culpable y a no contestar a algunas o a todas las preguntas que se le formulen. ¿Lo ha entendido?

Alba no respondió. En su lugar, se mordió los labios.

Santiago soltó un pequeño suspiro.

—A ver, señora Ferrero. ¿Lo ha entendido? Si no quiere, no tiene por qué declarar. Está en su derecho.

—Sí, lo he entendido —contestó al fin con un susurro.

—De acuerdo. Y ahora le pregunto: ¿va usted a declarar?

La sala quedó sumida en un silencio tenso. Todas las miradas convergían en la adolescente, que volvía a mordisquearse los labios y tenía los ojos clavados en el suelo.

A Paula la sangre le bullía en las venas. ¿A qué diablos esperaba Alba? Ahora no podía cambiar de opinión. Ahora no. Ni siquiera le había ofrecido unas pautas mínimas sobre cómo desenvolverse en sala y sortear las trampas que le tenderían. Si no seguía su consejo, sería un desastre.

Intentó pensar a toda velocidad. ¿Qué podía hacer?

Justo cuando el juez se removía en su butaca, a punto de repetir la pregunta, Paula decidió tomar las riendas.

—Disculpe, señoría, mi clienta no va a declarar.

Santiago la miró irritado.

—Letrada, eso le corresponde decirlo a ella. Señora Ferrero, ¿es así? ¿No desea declarar?

Al fin, Alba negó con la cabeza.

—Señora Ferrero, es necesario que diga sí o no. Ya se lo he explicado.

—No… no voy a declarar —anunció ella con voz estrangulada.

Santiago lo anotó, cerró el expediente de golpe y lo depositó a un lado de la mesa con semblante de contrariedad.

Al entrar en la sala ya se imaginaba que la detenida no declararía, sobre todo porque, unos minutos antes de la comparecencia, él había dado orden expresa en el juzgado de que no se le facilitara a la abogada más información sobre la investigación en curso.

En esa coyuntura, los letrados solían aconsejar a sus clientes que no contestaran a ninguna pregunta, pero, aun así, había mantenido un ápice de esperanza.

Sabía que, cuando los sospechosos declaraban, las investigaciones siempre avanzaban.

En una dirección o en otra, pero avanzaban.

Paula ya se estaba relajando, aliviada por haber salvado la situación, cuando oyó a Alba hablar de nuevo.

—Se… señoría…, sí, sí quiero…

—¿Cómo dice?

El pecho de la muchacha subía y bajaba a toda velocidad, y hubo un instante en que se agarró la nariz y se la retorció con fuerza, como si buscara descargar su nerviosismo en ese punto de su anatomía.

—Que quiero… que quiero declarar.