59. Un grave error
Un grave error
La puerta de la sala se cerró con un crujido y Sofía empezó a dar vueltas por el pasillo. De un lado a otro. Una y otra vez. ¿Y si no volvía a ver a Alba fuera de la cárcel hasta dentro de muchos años?
Cerró las manos con fuerza y sintió el impulso de estrellar los puños contra la pared de pura impotencia.
¿Cómo habían consentido que su hija se callase como una vulgar delincuente?
¿No era eso lo que hacían los culpables?
¿En qué estaban pensando? Ahora se arrepentía de no haber pedido una segunda opinión a otro abogado, pese a la negativa de su marido.
¿Acaso Paula esperaba que no hicieran nada mientras Alba no se defendía de una acusación injusta?
Se acercó a la puerta y colocó la mano sobre el tirador.
Iba a entrar.
Iba a detener esa farsa.
Le ardía la sangre al pensar en la escena casi jovial que había presenciado hacía unos segundos.
No podía creer que, antes de intervenir en un acto que sería crucial para la vida de su hija, el juez y la fiscal se permitieran hacer bromitas sobre la incorporación de ese joven al despacho de Paula.
¡Y la abogada ni se había inmutado, como si aquello le pareciera normal!
Entendía que aquel era el día a día de todos ellos, pero aun así…
¿Es que no veían que estaba en juego el futuro de una niña?
¿No se daban cuenta de todo el daño que aquello estaba provocando, de la agonía que estaban pasando?
—Pero ¿qué haces? —exclamó Julio, que acababa de descubrirla con la mano sobre el tirador de la puerta. Dio cuatro zancadas hacia ella y la sujetó del antebrazo—. No puedes entrar, Sofía. ¡Quítate de ahí!
—Esto es un error —sollozó ella—. Es un error… Hay que explicar lo que pasó. Alba, ¡tienes que explicarlo! —comenzó a chillar de repente, convencida de que, por muy gruesa que fuera aquella puerta, su hija la estaría oyendo—. ¡Tienes que contar la verdad! ¡Eres inocente!
Siguió gritando a pleno pulmón mientras su marido intentaba hacerla callar.
De pronto, la puerta se abrió.
Era la funcionaria, que les lanzó una mirada furiosa.
—¡Señora, no puede hacer eso! —le espetó, e hizo un aspaviento—. Guarde silencio ahora mismo o pido que la desalojen. ¿Me ha oído?
—¡Mi hija es inocente! ¡Cometen un grave error! —vociferó Sofía, totalmente descontrolada y con el rostro anegado en lágrimas—. ¡Es inocente! No ha hecho nada…
—Llévesela ahora mismo —le ordenó la funcionaria a Julio.
Pero él era incapaz de hacerla entrar en razón y no estaba dispuesto a utilizar la fuerza. Dos vigilantes de seguridad irrumpieron en el pasillo y la tomaron por los brazos.
Sofía comenzó a forcejear y clavó los pies en el suelo, tratando de resistirse. Mientras tanto, chillaba como un animal apaleado.
—¡Señora, por favor! —masculló uno de los guardias con tono amenazante.
Julio, estupefacto, se hundió los incisivos en los labios. ¿Qué demonios estaba haciendo su mujer?
—Sofía, cálmate, ¡joder! ¿No ves que estás perjudicando a Alba? El juez… Su cara… —La puerta de la sala se había quedado abierta y Julio lo había visto sentado al fondo con expresión colérica.
Al escucharlo, Sofía enmudeció y lanzó una mirada a Santiago Belmonte. Sintió sus pupilas incandescentes sobre las suyas.
—Perdón, perdón —gimió al tiempo que se encogía sobre sí misma—. No diré nada más, nada más. ¡Lo prometo!
Pero la decisión de los vigilantes de seguridad era irrevocable:
—Vamos.