58. Cambiar de bando
Cambiar de bando
—Esa es la fiscal, ¿no? —murmuró Sofía a su lado con voz trémula cuando Inés Calderón apareció por el extremo opuesto.
Paula les había explicado a los padres de Alba que no era necesario que se desplazaran a los juzgados.
Como a cualquier otra persona ajena al procedimiento, no les estaba permitida la entrada a la sala de vistas durante la fase de instrucción, pero ellos habían insistido en presentarse.
Querían que su hija los viera allí fuera, apoyándola.
Ni siquiera las hordas de reporteros que esperaban en la puerta del edificio los habían disuadido de su propósito.
Según le habían contado, ambos se habían negado a hacer declaraciones y, con la ayuda de varios vigilantes de seguridad convertidos provisionalmente en guardaespaldas, habían conseguido dejarlos atrás.
—Sí, es ella —respondió la abogada con sequedad. Su relación con Sofía se había tensado sobremanera la tarde anterior, cuando les comunicó que su hija no iba a declarar.
Se giró al oír pasos a su espalda. Divisó a Alba y a dos agentes que la llevaban esposada y casi a rastras, no porque ella se resistiera a que la condujeran ante el juez, sino porque le costaba caminar, como si las fuerzas la hubieran abandonado y el cuerpo no le respondiera.
Se fijó en su rostro. Tenía la mirada empañada y los párpados hinchados y enrojecidos de tanto rascárselos, y la barbilla le temblaba con violencia.
Cuando vio a sus padres, las piernas le flaquearon y los policías tuvieron que sostenerla para evitar que se desplomara. Sofía profirió un gemido y amagó con echar a correr hacia su hija. Paula la agarró del hombro a toda prisa.
—Déjala, déjala. No puedes hacer nada… —le susurró mientras la sujetaba.
Julio, a su lado, apretaba los puños y los labios con gesto desencajado.
En silencio, contemplaron cómo los agentes seguían las instrucciones de la funcionaria del juzgado y entraban con la detenida en la sala de vistas. Paula intentó establecer contacto visual con su clienta, pero iba con la cabeza gacha y ni siquiera la miró.
—Ustedes son los abogados, ¿verdad? —dijo la funcionaria dirigiéndose a Paula y a Villar.
Los dos respondieron que sí.
—Bien, pueden pasar. Y ustedes… —Observó con extrañeza a Inés Calderón y a Álvaro Silva—. Vaya, ¿vienen dos fiscales?
—Oh, no, no —se apresuró a aclarar él—. Ahora trabajo en un despacho de abogados. Vengo con ella —añadió señalando a Paula—. Si su señoría me permite pasar también…
La mujer se retiró un instante para comentarlo con el juez.
—Dice su señoría que no hay problema. ¡Y que menuda sorpresa!
Inés Calderón, que tenía en mucha estima a su antiguo compañero, apuntó sonriendo:
—Y que lo diga. Se nos ha cambiado de bando.