La doble víctima 57. Darle la vuelta
42%

57. Darle la vuelta

Darle la vuelta

Todo había salido tal y como estaba previsto.

Una vez realizadas las transferencias bancarias, los acusados habían entrado en la sala de vistas de la Audiencia Provincial y habían dado su conformidad con los términos del acuerdo.

La pena impuesta, al no superar los dos años, quedaba suspendida y no irían a prisión.

La satisfacción de los clientes de Paula no era plena, pues seguían sin considerarse responsables del terrible suceso que los había conducido hasta allí, pero ¿qué se puede hacer cuando tu abogada te dice que, si sigues adelante con el juicio, cabe la posibilidad de que acabes entre rejas?

Al abandonar la sala, le estrecharon la mano.

—Gracias, Paula —murmuró el más veterano con expresión de alivio—. Somos conscientes de que, sin tu actuación, esto habría sido imposible. Cuando puedas, mándanos la factura, por favor.

La letrada les respondió que había sido un placer y se despidió de ellos con una sonrisa mientras se quitaba la toga y la guardaba en el maletín.

En cuanto echó a andar por el pasillo en dirección a los calabozos de los juzgados, su semblante se tornó tenso.

La mañana había pasado volando entre todos aquellos trámites, y el momento en que Alba tendría que declarar estaba cerca.

Según le habían comunicado, comparecería ante el juez Belmonte a la una.

Antes quería hablar con ella y asegurarse de que, dentro de lo posible, se encontraba tranquila y decidida a seguir la estrategia que habían trazado.

Por el camino aprovechó para consultar el móvil. Tenía un mensaje de Antonia.

¿Qué tal lo del escape de gas? Mucha suerte con la declaración de Alba. Lo harás genial. Como siempre.

Paula le respondió al instante:

Buenas noticias. Acuerdo y suspensión de la pena. Lo de Alba, veremos. Gracias.

Antonia, que estaba en línea, contestó mientras ella subía unas escaleras que se sabía de memoria:

Nuestro fichaje irá a verte. Trátalo bien.

Paula ni siquiera tuvo tiempo de procesar la información.

En cuanto pisó el último peldaño, Álvaro Silva, el antiguo fiscal sustituto, le salió al encuentro.

Era delgado, alto, bien parecido, con barba morena de unos días y unas ligeras entradas.

Sus ojos, de un marrón muy oscuro, sonrieron al verla.

—Hola, Paula. Pensaba que aún seguirías en la Audiencia. Iba a buscarte —dijo, y se inclinó para darle dos besos—. Ya sabrás la noticia.

—Sí, bienvenido al despacho —lo saludó con tono cálido—. Perdona que el lunes no pudiera…

—No pasa nada. Ya me dijo Antonia que estabas hasta arriba. Enseguida tienes la declaración de esa chica, ¿no?

Paula compuso una mueca de disgusto.

—Sí, Alba. Voy a verla ahora. Y también a mendigar en el juzgado más detalles sobre la instrucción, aunque no creo que me los den.

—Pero ¿vais a declarar? —preguntó él arqueando las cejas.

—No, no. Pero cuanta más información, mejor.

—Ya me ha dicho Antonia que el asunto pinta feo.

A Paula no se le escapaba que su jefa tenía razón, pero aun así el comentario la soliviantó.

—Da igual. Le daremos la vuelta —aseveró, y por un instante pareció que hablaba consigo misma, como si quisiera convencerse de ello.

—¿Quieres que te acompañe a la sala de detenidos?

—Mmm… Creo que Alba no se sentirá cómoda delante de un desconocido.

—De acuerdo. Te espero entonces en la sala de vistas.

—Perfecto, aunque no estoy segura de que te dejen pasar —dijo ella.

—Bueno, Belmonte me conoce. Y le explicaré que voy como compañero tuyo.

Tras despedirse, Paula reemprendió el camino a los calabozos del juzgado.