55. El cerco
El cerco
No eran más que las nueve y cinco de la mañana, pero la entrada de los juzgados ya estaba llena de periodistas. Santiago los esquivó como pudo mientras ascendía la pequeña rampa.
Una de las pocas personas que no se le acercó micrófono en mano y que se mantuvo en segundo plano fue Macarena. La noche anterior habían vuelto a discutir por culpa de aquel maldito caso y todo lo que lo rodeaba.
La mujer revivió la pelea mientras veía a su marido dejar atrás la nube de reporteros.
¿Y si la única manera de salvar su relación era que a partir de ahora se dedicara a informar de otros temas, por ejemplo de política?
Pero no, por ahí no iba a pasar, desde luego que no.
Él también podía cambiar de especialidad si lo deseaba y ocuparse de asuntos menos mediáticos, como las reclamaciones civiles o los divorcios.
Ella disfrutaba con todo lo relativo a sucesos y tribunales, era su pasión, y no pensaba dar un paso a un lado por Santiago.
Ajeno a las tribulaciones de su esposa, el juez se dirigió a su despacho. En la puerta lo esperaba Sorozábal.
—Inspector, ¿qué hace…?
—Buenos días, señoría. Vamos a ponerle a disposición a la detenida enseguida. Y ya tiene el atestado.
Santiago abrió la puerta y lo hizo pasar. Cuando se sentaron, el juez lo observó extrañado.
—Se lo agradezco, pero no hacía falta que viniera hasta aquí para informarme de eso.
—No estoy solo por eso —respondió Sorozábal mientras abría una mochila y sacaba una carpeta de cartón. Señaló el escritorio del juez—. ¿Me permite, señoría?
—Claro, claro.
El policía extendió una decena de folios sobre la mesa. Santiago se inclinó para examinarlos.
—Son imágenes de una grabación de seguridad —dijo el inspector con evidente euforia, y a continuación blandió un DVD—. También le traigo el vídeo. Lo captó la cámara de vigilancia instalada en un chalet en El Sardinero. Aunque no debería, graba un pequeño trozo de calle, y mire…
—¿Es Alba?
—Sí —confirmó Sorozábal al tiempo que le mostraba uno de los folios—. Aquí está ampliado. Aunque era de noche y está casi al borde de la imagen, se distingue su cara con claridad. Ah, y lleva puesta la cazadora.
Santiago lo celebró en su fuero interno. Luego se fijó en los datos que figuraban en la parte inferior derecha: «Domingo. 04.15 AM».
—¿No se supone que a esa hora la chica ya estaba en su casa?
—Eso le dijo a la subinspectora Soto, sí —corroboró Sorozábal—, que se fue a la cama entre las tres y media y las cuatro. Pero vamos, ya ve que no fue así.
—Tal vez se retrasó un poco y se confundió… —adujo entonces Santiago, pensando en voz alta.
—No sé si se retrasó o no, señoría, pero la chica va en dirección contraria a su domicilio. No estaba volviendo, sino que se dirigía a otro lugar.
El juez lo miró sin pestañear.
—¿Cómo sabe que iba en dirección contraria?
Sorozábal sonrió.
—El chalet está en la calle Duque Santo Mauro y, por la disposición de la cámara, queda claro que caminaba en dirección a la avenida Reina Victoria.
Santiago levantó la mano.
—Espere, en Reina Victoria es donde se hizo la fiesta —exclamó—. Donde tienen la casa los Hermoso.
—Correcto. Y no solo eso. Allí está la playa de Peligros, con toda esa vegetación y el arbolado que hay en la ladera, de camino a la arena.
En muchos puntos los jardineros tienen la hierba cortada al milímetro, pero en varios lugares hay zarzales, arbustos, restos de troncos, muros con recovecos… Es un buen sitio para esconder algo.
Santiago bajó la vista hacia las imágenes impresas. Por desgracia, no se apreciaba bien si la chica llevaba algo en la mano, como un cuchillo.
—Eso explicaría por qué al día siguiente no encontramos el arma en su casa —murmuró el juez—. Y también por qué no ha aparecido en el vertedero, a diferencia de la cazadora…
—Exacto. Y puede que también se deshiciera allí del teléfono de la víctima.
—Y de su propia cartera. Aunque sigo sin entender por qué coño querría ocultarla. ¿Han peinado esa zona?
—Sí, pero no en profundidad —reconoció Sorozábal—. Nos hemos centrado en otros lugares más próximos a la vivienda de la sospechosa.
—Pues pónganse con ello de inmediato.
—Ya lo he ordenado, señoría. Aunque necesitaremos tiempo. Es una zona complicada.
Santiago asintió y se puso en pie. Coincidía en que, evidentemente, no sería una tarea sencilla, pero tenían que intentarlo.
En todo caso, aunque el cuchillo y el teléfono no aparecieran, los indicios que se estaban acumulando contra la chica comenzaban a ser difíciles de rebatir.
A Alba Ferrero se le estrechaba el cerco.
—La cámara no la grabó a la vuelta —añadió Sorozábal—, así que suponemos que regresó por la otra acera, o que quizá lo hizo por la misma, aunque un poco más alejada. En cualquier caso, tenemos lo más importante.
El juez no pudo estar más de acuerdo.
—Buen trabajo, inspector. Si hay alguna novedad, avíseme.