54. El trato
El trato
El rumor de las teclas del ordenador se esparcía por la salita mientras Paula escribía a toda velocidad. Aún no había amanecido y la abogada ya se había levantado para trabajar.
La tarde anterior, después de hablar por teléfono con los padres de Alba, se había marchado al despacho para preparar su alegato en el juicio del escape de gas.
Sin embargo, al cruzar la puerta principal recibió una llamada que alteró sus planes por completo.
Era el abogado de los empleados de la empresa de mantenimiento: al comprender que el procedimiento se les volvía peligrosamente en contra, había logrado que sus clientes y la propia empresa se lanzaran a la desesperada a buscar financiación para pagar las indemnizaciones y alcanzar un acuerdo con el que los dos hombres pudieran eludir la cárcel.
En el fondo, a Paula esa maniobra no la había sorprendido.
El acuerdo de última hora era habitual en los juicios penales.
Aunque, en este caso, la situación tenía una particularidad: el abogado sostenía que, por más que lo habían intentado, ellos no podrían hacerse cargo de la totalidad de la indemnización, solo del ochenta por ciento.
Por tanto, los clientes de ella tendrían que asumir la parte restante.
Si no lo hacían de ese modo, no habría acuerdo y todos quedarían a expensas de la sentencia que dictara la Audiencia Provincial.
Paula dejó de teclear y consultó su teléfono bajo la luz del flexo.
Nada, ningún mensaje. Suspiró. Habían pasado unas doce horas desde que había hablado con sus defendidos para exponerles la situación.
El juicio estaba saliendo bien, sí, pero no había garantías de que fueran a obtener una sentencia que les diera la razón y los absolviera.
Ante los tribunales nunca existía la certeza absoluta.
Si querían la seguridad de no acabar en la cárcel, la única opción era pactar, abonar el veinte por ciento de la indemnización y declararse culpables de los delitos junto con los empleados de la empresa de mantenimiento.
A cambio, el fiscal y la acusación particular rebajarían su petición de condena y se mostrarían favorables a la suspensión de la pena, lo que en la práctica supondría que nadie entraría en prisión.
Al escuchar la propuesta, ellos le habían pedido tiempo para meditarlo y ver si podían conseguir los fondos necesarios.
De la respuesta que le dieran esa mañana dependía que tuviera que seguir defendiendo su inocencia o comparecer ante el tribunal para anunciar que habían llegado a un acuerdo.
Siendo egoísta, ella prefería esa segunda opción.
Aunque no le parecía probable que sus clientes acabaran en la cárcel, no quería correr riesgos.
—Pero ¿ya estás aquí?
Quien había lanzado aquella pregunta a modo de reproche era Teresa, que entró en la salita con el pelo revuelto y frotándose los ojos.
La abogada se giró en la silla y la recibió con una sonrisa.
—Cada vez trabajas más —murmuró Teresa al tiempo que la besaba en los labios y se sentaba sobre sus rodillas—. Y ahora sin esa oferta…
—Bueno, quizá en el futuro. No sé, ya te dije que tampoco me cerraron la puerta definitivamente… —Se interrumpió al oír que su móvil comenzaba a vibrar en la mesa—. Perdona, tengo que cogerlo. Puede ser importante.
Teresa apretó los labios con resignación y se levantó mientras Paula se llevaba el teléfono a la oreja.
—¿Sí?
—Ya está. Aceptamos el trato.